martes, 18 de octubre de 2016

Sobre los perdedores

La presente entrada resultó, o tuvo lugar después de lo sucedido en Colombia el día 2 de octubre de 2016, luego de que las personas fueran consultadas sobre su parecer respecto del proceso de paz, el que serviría para terminar con un conflicto de más de 50 años.

Aquel ejercicio democrático, que presentó (al menos formalmente) una única dicotomía como opción para enfrentar este embrollo que resultó siendo la oportunidad de lograr un cese (formal al menos) del conflicto armado interno, reduciéndolo a lo sumo a una persecución de bandas de criminales; este ejercicio mostró en efecto lo que está mal con todos nosotros.

Lo que sorprende, es que los más liberales y considerados en campaña por el "sí" luego sacaron los dientes y las garras ante su indignación, y se les salió, del fondo del alma, aquella personalidad guerrerista que sí, podía establecer un perdón, si se quiere, al bando combatiente, al criminal que negocia, y no a su compatriota que tiene una opinión y convicción diferente (los del "no").

Claro está, esto no fue así en todos los casos, ni pasó en todos los estamentos, aun cuando el fanatismo electoral no distingue credo, nivel de educación o económico.

Estas líneas, esta reflexión tan enredada, va a que la tolerancia, el anhelo de paz, tampoco debe ser excusa para la censura, ni para evitar la confrontación de ideas. He visto que airadamente algunos del "sí" se han indignado (razón de ser de las redes sociales al parecer), pero en términos generales la actitud ha sido de confrontación de ideas, de disensos y búsquedas, con el fin de esclarecer los diálogos que desde la esfera política llevaron al colectivo a tomar esa decisión.

Lo democrático no se trata solo de vencer o ser vencido. De hecho la paz institucional, es aquella que tiene en cuenta el ser y el deber ser, puesto que las personas han de tener cierto grado de auto regulación, no se trata solo de acatar, si no de respetar, de tolerar incluso. Hacer lo que se debe, y desarrollarse sin atropellar tanto al otro, de tal forma que no se le perturbe sin ninguna razón, que no se le cause daño. Así, cuestionar a otros, exigir del gobierno o de los políticos no es dañino, por el contrario es beneficioso y debería ser tomado como una obligación, tanto como salir a usar las herramientas democráticas.

Pero nuestro principal motor de la existencia es la pereza, nos creímos muy bien el cuento de que "la pereza es madre de todos lo vicios, pero es madre es madre y se respeta".

Aquí nos han enseñado a que alguien más se ha de ocupar, y que es de alguien más la culpa. El otro existe solo para correr con culpas y responsabilidades que no se quieren, y aquello como la institución, el Gobierno, es una cosa ajena.

Así, nos han enseñado a obedecer, a callar, a trabajar, pero solo en apariencia, y cuando el que controla está mirando.

En el fondo lo único que habita es rabia, desidia.

La rabia puede canalizarse expresándose, en lo posible con todo el respeto del caso.

Pero la desidia si parece estar metida en lo más profundo de nuestros seres.

Disentir, también es resistir.

Pero a veces siento que los que disentimos somos cada vez más pocos.

jueves, 13 de octubre de 2016

La tolerancia del otro

Dejar ser.

Sí claro.

Alguna vez se me ocurrió escribir sobre la tolerancia, aunque tal vez no con la idea adecuada en términos del alcance del concepto.

Solo basta recordar que tolerar es según el diccionario: "permitir o consentir algo sin aprobarlo expresamente". Esto del alcance puede llegar a ser intuitivo, en la medida en que se habla de permitir o consentir, donde lo contrario es impedir o disentir. Esto lleva a pensar que el concepto comprende dos tipos de tolerancia, una que implica una actitud pasiva desde la posibilidad física de reacción frente a lo que se desaprueba, pero se deja ser; la otra, que se manifiesta en un reproche que no habría de pasar de un escenario de discurso, o incluso desprovisto de éste y que en todo caso podría referir a un ejercicio de reflexión, de dialogo o de simple negación consciente.

Pues bien, imaginemos por un momento que cuando se realiza un cuestionamiento, cuando se hace una crítica no se está dejando de consentir.

El consentimiento es la voluntad. Se pueden llegar a aceptar acciones o consecuencias negativas y también se puede autorizar. De esta forma al consentir sin aprobar, como se desprende de la tolerancia, se está teniendo conocimiento de algo, y se está permitiendo, lo que no implica que al respecto no puedan realizarse observaciones.

Las personas asumen que la tolerancia es una medida de pasividad y que se trata únicamente de permitir, sin que pueda hacerse nada más, sin que pueda actuarse, como si las relaciones entre seres humanos fueran pacíficas, univocas, unidimensionales y unidireccionales. Aquel otro, que está del otro lado de la carga perceptiva, debe ser capaz de asumir todo el cúmulo de expresiones y emociones que sean posibles desde y este lado de la relación.

De esta forma se considera que la tolerancia es solo hacia mí, y no del otro. Que tengo derechos absolutos, a expresar cualquier opinión en desarrollo de los principios liberales básicos como la opinión y el desarrollo de la personalidad. Nadie ha de detener la expresión de un emisor absorto en una mecánica de libertad y tolerancia individual, pues de otra manera esta persona -este otro- está atentando contra la persona, no lo está tolerando, no lo está respetando.

Dejemos el respeto para otro día, ya que el mismo es formal, relativo y de una construcción enteramente social. La tolerancia de 'uno', lleva de la mano la posibilidad de ser, y el derecho a que lo dejen ser, a que no se le interrumpa, no se le cuestione, no se le critique, y por supuesto, que jamás se le indique que sus argumentos, el fondo de su expresión, sus ideas, están de alguna forma equivocadas o no son tan coherentes, gráciles, adecuadas, pertinentes como aquel 'uno' lo considero.

Pero si todos son sujetos de tolerancia, si todos deben ser tolerados, el escenario conlleva un conflicto de libertades y de derechos que resulta más harto de lo que esta entrada permite.

¿Dónde queda el otro?

El otro por lo general, no existe. Esta sociedad se ha ocupado de negarlo sistemáticamente, en convertir al mundo en un colectivo de 'unos'. Esto, a partir del reconocimiento del individualismo, por sobre cualquier característica de la individualidad. Es una diferencia tonta, quizá, pero se impone una idea colectiva que no permita la crítica, el dialogo o la construcción desde y hacia el individuo. Así, se le enseñan las ventajas, los derechos, las virtudes de una situación sin permitir una experiencia siquiera cercana al valor propio de lo individual, a los aspectos básicos de la introspección, no, esto no es importante, por tanto la idea del otro tampoco lo es.

Solo se reconoce al otro para hacerlo sujeto de toda esa serie de obligaciones que la escala valorativa personal concibe como 'buenas' o 'justas' frente a quien observa, frente a quien determina, frente a 'uno'.

¿A que va todo esto?

A que a 'uno' no le importa tolerar lo que hace el otro, no le interesa. Está preocupado en que las ideas que gravitan por su cabeza, pero que no concibió, que se auto impuso por cuenta de la corriente mayoritaría, de la tendencia, de la moda, que todas esas ideas transiten libres y nunca sean cuestionadas, pues de otra manera ese otro, es un intolerante.

Y ya  sabemos cual es el remedio para quienes no toleran, a esos no los vamos a tolerar acá.

lunes, 10 de octubre de 2016

El problema somos nosotros

Mario Mendoza, escritor colombiano, curioso explorador del comportamiento humano, presenta una exposición de lo que en términos del plebiscito colombiano significó el ejercicio democrático del 2 de octubre.

Dejo el enlace.

http://mariomendozaescritorcolombiano.blogspot.com.co/2016/10/el-problema-somos-nosotros.html