jueves, 10 de noviembre de 2016

10.11.2016

Estamos, siempre, maniatados por la voluntad. Somos la cárcel, el carcelero y la llave. Así, la responsabilidad es tan grande, que mejor nos quedamos encerrados, hacemos la vista a un lado, y nos tragamos la llave.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

09.11.2016

El ser humano es tramposo, los rompecabezas los arma como sea, de tal manera que si le faltan piezas, ¡se las inventa!

martes, 8 de noviembre de 2016

08.11.2016

El dolor no es una expresión de humanidad, al contrario, es una expresión de divinidad. Creamos a un ser superior que nos sirviera para aliviar aquel dolor.

Martes de verdadera reflexión

Me he enfrentado constantemente a esto.

Quizá sea la época, los hechos repetitivos, el sino de la cercanía de un evento en que todo queda a la deriva, o no. He llegado a muchas conclusiones durante todos estos años en que me he dado a la tarea de escribir, de especular de manera más o menos razonada sobre las cosas, sobre los sucesos. En este momento, no tengo claro cosas que antes sí tenía, lo que quiere decir que la cotidianidad está cosechando frutos en mí, que he perdido algunas de las cosas que antes colmaban mi consciencia, que llenaban mi ser.

A esta idea llego luego de consultar los escritos viejos. Es claro que soy yo mismo, pero mis ideas no se encuentran tan agudas como antes, llenas de pensamientos otrora complejos, concepciones formadas, opiniones hechas. Tal vez he empezado a sufrir por cuenta de la anestesia que presenta el mundo, quizá es falta de realizar las actividades que dan profundidad al espíritu, a la vez que consolidan la mente.

Sí, quizá sea eso.

lunes, 7 de noviembre de 2016

7.11.2016

El que no gana, generalmente tampoco pierde, sin embargo se encuentra jugando, lo quiera o no, lo busque o no.

El juego es irreducible, inescapable.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Deshumanización

Hay, en definitiva, muchas cosas que actualmente me hacen reflexionar. Sin embargo, no todas estas cosas logran quedar plasmadas de alguna forma en éste, mi sitio. Pocas cosas logran sacarme del estado de letargo en que me tiene el trabajo, y es que ni modo, hay que lograr el sustento, pues es difícil -o casi imposible- dedicarse de una forma ideal a la contemplación, reflexionar de manera crítica es un ejercicio reservado a aquellos que poco a poco tienen menos cabida en este mundo que busca inflexiones críticas concisas y concebidas a través de un formato preexistente, ojalá a través de un formato económico que ocupe poco tiempo de los otros.

Es raro como la monotonía lo apabulla a uno, el propio aburrimiento. Y es que sobre este tema he lanzado varias y gastadas reflexiones. De ellas, debo decir, que me encantaría que hubieran sido compartidas, vistas al menos, por otros, pero el mismo mal que aqueja nuestras vidas, la sobreproducción, el exceso de información, el lleno absoluto de nuestros tiempos -que incluso deja poco o nulo espacio para el ocio-; todas esas circunstancias han disminuido nuestras posibilidades de dar paso a otros aspectos relevantes de la vida. Y eso mismo impide que podamos buscar algunas palabras de consuelo y desconsuelo. Estoy, quizá, condenado a que nadie lea esto.

Lo importante, es estar ocupado. La cotidianidad se trata de recibir información, variada -quizá-, repetitiva -lo más seguro-; sobre el ambiente, sobre la verdad de otros en relación con las cosas. Sucesos, historias. Vemos con resignación los éxitos de los demás, los que se han convertido en foco de nuestras propias frustraciones. Nos gusta sufrir, hacernos daño, a través de la idea del otro, aquel a quien seguimos, a quien le damos "like", justificando la envidia a través de un sentido de lo bueno, de la prospección del sentido de la vida, y todo otro pensamiento indolente puede llegar a ser visto como una forma tácita de aceptación a una vida que no es la que se debe vivir. Toda forma de indiferencia es vista como una debilidad, y por el contrario la fortaleza se encuentra en aspirar, en desear, en gustar, y por supuesto, en necesitar. Así, la expuesta vida de otros nos recuerda lo pobres que somos, lo fracasados que somos, lo infelices que somos.

Qué complique.

Quizá muchas de las personas que ahora sufren de adolescencia eterna, quienes se resisten a crecer, y que sobrepasan por mucho el síndrome de Peter Pan, entiendan mejor que yo lo peligroso que resulta el aburrimiento y como el mismo carcome cada estructura medianamente sana del pensamiento.

Pero el problema se extiende más allá de las costumbres, trasciende a la ciencia de lo social y ya se encuentra profundamente arraigada a lo que nos hace personas. Nos está cambiando.

Quizá todos los adultos ya nos hemos convertido en nostálgicos, a causa del efecto progresivo-destructivo que ejerce la cultura popular, la cual se transforma al mismo ritmo frenético que lo hacen las formas de comunicación. Quizá lo más grave es que la capacidad de crear, de trascender la esfera de lo real se encuentra mediada por un continuo malestar relacionado con el conocimiento que se tiene por cuenta de la corriente de información recibida a diario. Esto es más cierto cuanto más bajamos en la edad de los afectados.

(Paréntesis: Malditos determinismos, nos tocan a todos, pero aun cuando parezca un atentado contra la propia juventud, lo cierto es que el espiral de decadencia que pudo haber comenzado con el mismo advenimiento de la modernidad, y que ha continuado y haciéndose latente a partir de la expansión de las formas de comunicación, de los medios de expresión; ese fenómeno absoluto terminará por destruir mucho de lo que hace que valgamos la pena como sociedad).

De esta forma, no se crea tanto en la medida en que todo puede resultar ya gastado, intrascendente frente a lo que es nuevo. Esto, sumado a que los gustos trascienden a la percepción estética de lo que es o no bueno, de lo que puede llegar a cambiarnos de mayor o menor manera. No hay lugar más que a la aceptación, pues el cuestionamiento es peligroso y está reservado a ese otro que es ajeno, que es común en su diferencia y diferente como precepto de discriminación y eso, por supuesto, genera estructuras desviadas de poder relacionadas con la cohesión. Mejor dicho, si eres como yo, tendrás mejor oportunidad de expresar lo que difiere, de lo contrario, serás rechazado por raro, por extraño.

Vivimos nuestras vidas al ritmo que demandan las vibraciones de nuestros teléfonos móviles, los cuales son tan inteligentes que saben como romper con la dinámica de nuestras vidas. Su influjo se cola por encima de los momentos con aquel que estuvimos esperando por ver o sentir, atraviesa las reuniones con los amigos, daña los instantes en familia. Extrañamos a ese otro, pero no lo disfrutamos cuando está. Renegamos del trabajo, y por tanto lo hacemos a medias mientras consultamos una y otra vez el avance de esa línea de tiempo, definida a través de los estudios de nuestros datos, de las costumbres que entre una y otra opinión, entre una y otra frase rebuscada, entre una y otra imagen gastada de los mismos sucesos que nos llevan solo a pensar que somos miserables, que estamos reducidos a un centenar de metas y sueños sin realizar; entre toda esa información que se desplaza infinitamente al capricho de nuestros dedos, de forma mecánica muchas veces. Entre todo eso se nos va la vida y ya no la disfrutamos.

Las personas se encuentran en cualquier situación de su cotidianidad y a la vez están pendientes de otra latitud, de otras personas. Cada cual se siente con el derecho, ante la inmediatez de la comunicación, para disruptir todo instante personal del otro; cualquier momento es bueno para una conversación sin sentido con estas otras personas con quienes sería mejor charlar un poco sin la intermediación de un aparato. La tecnología nos está haciendo cada vez más introvertidos y está empezando a afectar la forma en que nos relacionamos con otros, a afectar las estructuras de pensamiento y a aislarnos. Y esto es grave, en la medida en que como seres humanos en realidad, somos criaturas altamente sociales.

Nos estamos deshumanizando.

martes, 18 de octubre de 2016

Sobre los perdedores

La presente entrada resultó, o tuvo lugar después de lo sucedido en Colombia el día 2 de octubre de 2016, luego de que las personas fueran consultadas sobre su parecer respecto del proceso de paz, el que serviría para terminar con un conflicto de más de 50 años.

Aquel ejercicio democrático, que presentó (al menos formalmente) una única dicotomía como opción para enfrentar este embrollo que resultó siendo la oportunidad de lograr un cese (formal al menos) del conflicto armado interno, reduciéndolo a lo sumo a una persecución de bandas de criminales; este ejercicio mostró en efecto lo que está mal con todos nosotros.

Lo que sorprende, es que los más liberales y considerados en campaña por el "sí" luego sacaron los dientes y las garras ante su indignación, y se les salió, del fondo del alma, aquella personalidad guerrerista que sí, podía establecer un perdón, si se quiere, al bando combatiente, al criminal que negocia, y no a su compatriota que tiene una opinión y convicción diferente (los del "no").

Claro está, esto no fue así en todos los casos, ni pasó en todos los estamentos, aun cuando el fanatismo electoral no distingue credo, nivel de educación o económico.

Estas líneas, esta reflexión tan enredada, va a que la tolerancia, el anhelo de paz, tampoco debe ser excusa para la censura, ni para evitar la confrontación de ideas. He visto que airadamente algunos del "sí" se han indignado (razón de ser de las redes sociales al parecer), pero en términos generales la actitud ha sido de confrontación de ideas, de disensos y búsquedas, con el fin de esclarecer los diálogos que desde la esfera política llevaron al colectivo a tomar esa decisión.

Lo democrático no se trata solo de vencer o ser vencido. De hecho la paz institucional, es aquella que tiene en cuenta el ser y el deber ser, puesto que las personas han de tener cierto grado de auto regulación, no se trata solo de acatar, si no de respetar, de tolerar incluso. Hacer lo que se debe, y desarrollarse sin atropellar tanto al otro, de tal forma que no se le perturbe sin ninguna razón, que no se le cause daño. Así, cuestionar a otros, exigir del gobierno o de los políticos no es dañino, por el contrario es beneficioso y debería ser tomado como una obligación, tanto como salir a usar las herramientas democráticas.

Pero nuestro principal motor de la existencia es la pereza, nos creímos muy bien el cuento de que "la pereza es madre de todos lo vicios, pero es madre es madre y se respeta".

Aquí nos han enseñado a que alguien más se ha de ocupar, y que es de alguien más la culpa. El otro existe solo para correr con culpas y responsabilidades que no se quieren, y aquello como la institución, el Gobierno, es una cosa ajena.

Así, nos han enseñado a obedecer, a callar, a trabajar, pero solo en apariencia, y cuando el que controla está mirando.

En el fondo lo único que habita es rabia, desidia.

La rabia puede canalizarse expresándose, en lo posible con todo el respeto del caso.

Pero la desidia si parece estar metida en lo más profundo de nuestros seres.

Disentir, también es resistir.

Pero a veces siento que los que disentimos somos cada vez más pocos.

jueves, 13 de octubre de 2016

La tolerancia del otro

Dejar ser.

Sí claro.

Alguna vez se me ocurrió escribir sobre la tolerancia, aunque tal vez no con la idea adecuada en términos del alcance del concepto.

Solo basta recordar que tolerar es según el diccionario: "permitir o consentir algo sin aprobarlo expresamente". Esto del alcance puede llegar a ser intuitivo, en la medida en que se habla de permitir o consentir, donde lo contrario es impedir o disentir. Esto lleva a pensar que el concepto comprende dos tipos de tolerancia, una que implica una actitud pasiva desde la posibilidad física de reacción frente a lo que se desaprueba, pero se deja ser; la otra, que se manifiesta en un reproche que no habría de pasar de un escenario de discurso, o incluso desprovisto de éste y que en todo caso podría referir a un ejercicio de reflexión, de dialogo o de simple negación consciente.

Pues bien, imaginemos por un momento que cuando se realiza un cuestionamiento, cuando se hace una crítica no se está dejando de consentir.

El consentimiento es la voluntad. Se pueden llegar a aceptar acciones o consecuencias negativas y también se puede autorizar. De esta forma al consentir sin aprobar, como se desprende de la tolerancia, se está teniendo conocimiento de algo, y se está permitiendo, lo que no implica que al respecto no puedan realizarse observaciones.

Las personas asumen que la tolerancia es una medida de pasividad y que se trata únicamente de permitir, sin que pueda hacerse nada más, sin que pueda actuarse, como si las relaciones entre seres humanos fueran pacíficas, univocas, unidimensionales y unidireccionales. Aquel otro, que está del otro lado de la carga perceptiva, debe ser capaz de asumir todo el cúmulo de expresiones y emociones que sean posibles desde y este lado de la relación.

De esta forma se considera que la tolerancia es solo hacia mí, y no del otro. Que tengo derechos absolutos, a expresar cualquier opinión en desarrollo de los principios liberales básicos como la opinión y el desarrollo de la personalidad. Nadie ha de detener la expresión de un emisor absorto en una mecánica de libertad y tolerancia individual, pues de otra manera esta persona -este otro- está atentando contra la persona, no lo está tolerando, no lo está respetando.

Dejemos el respeto para otro día, ya que el mismo es formal, relativo y de una construcción enteramente social. La tolerancia de 'uno', lleva de la mano la posibilidad de ser, y el derecho a que lo dejen ser, a que no se le interrumpa, no se le cuestione, no se le critique, y por supuesto, que jamás se le indique que sus argumentos, el fondo de su expresión, sus ideas, están de alguna forma equivocadas o no son tan coherentes, gráciles, adecuadas, pertinentes como aquel 'uno' lo considero.

Pero si todos son sujetos de tolerancia, si todos deben ser tolerados, el escenario conlleva un conflicto de libertades y de derechos que resulta más harto de lo que esta entrada permite.

¿Dónde queda el otro?

El otro por lo general, no existe. Esta sociedad se ha ocupado de negarlo sistemáticamente, en convertir al mundo en un colectivo de 'unos'. Esto, a partir del reconocimiento del individualismo, por sobre cualquier característica de la individualidad. Es una diferencia tonta, quizá, pero se impone una idea colectiva que no permita la crítica, el dialogo o la construcción desde y hacia el individuo. Así, se le enseñan las ventajas, los derechos, las virtudes de una situación sin permitir una experiencia siquiera cercana al valor propio de lo individual, a los aspectos básicos de la introspección, no, esto no es importante, por tanto la idea del otro tampoco lo es.

Solo se reconoce al otro para hacerlo sujeto de toda esa serie de obligaciones que la escala valorativa personal concibe como 'buenas' o 'justas' frente a quien observa, frente a quien determina, frente a 'uno'.

¿A que va todo esto?

A que a 'uno' no le importa tolerar lo que hace el otro, no le interesa. Está preocupado en que las ideas que gravitan por su cabeza, pero que no concibió, que se auto impuso por cuenta de la corriente mayoritaría, de la tendencia, de la moda, que todas esas ideas transiten libres y nunca sean cuestionadas, pues de otra manera ese otro, es un intolerante.

Y ya  sabemos cual es el remedio para quienes no toleran, a esos no los vamos a tolerar acá.