miércoles, 21 de febrero de 2018

Cansancio

Dar con el chiste de la vida es complicado. Uno puede ir por ahí dando todas las vueltas posibles. Concentrado en lo que es, en lo que será, en lo que falta y en lo que se tiene. Las banalidades distraen y sin embargo uno se queda al margen de muchas cosas por cuenta de la condición de ser.

En medio de la rutina existe una entrega insalvable y la del deber. Por desgracia el mundo no permite parar, no de verdad, lo máximo que se puede es hacer pausas, cada una de ellas bajo una estricta supervisión del establecimiento, porque en todo caso una cosnciencia de otra forma, no le permitiria al sistema su creciente poder. No, no se trata solamente de que toda la estructura esté pensada de forma que se asegure el cumplimiento de las disposicioes básicas de lo que la modernidad ha instaurado como justo y necesario.

Porque se ha querido dotar de naturalidad a lo que no lo es, a la predación, al rendimiento y la productividad sin sentido alguno. Se trata de la dominación a través de la idea, lo que es correcto, lo  que es normal.

Pero con independencia del grado de consciencia que se tenga, siempre se tendrá un mayor o menor grado de cansancio ante los embates del sistema.

Conformarme parecería lo menos desgastante, pero aún así seguir la corriente agota. Algo dentro de cada uno de nosotros se subvierte ante la docilidad y las chispas se guardan hasta que el ser estalla y se convierte en una gran conflagración.

Así, de cualquier manera esto cansa. Y es el establecimiento el que está diseñado para zombificarnos, para que el tiempo se nos escurra, para que la vida se nos vaya entre un sinfin de sueños irrealizados y de metas que nada tenían que ver con nosotros en un primer lugar.

Hoy me siento cansado. Y no tengo ni idea si lo que escribí tiene o no, algún sentido.

martes, 20 de febrero de 2018

Un tiempo para todo y para todo quizá haya un tiempo

Esta es quizá otra de tantas entradas que se ocuparán de lo mismo y que tiene que ver con lo que ya dije en mi diatriba contra el internet y las redes sociales. Hablé del tiempo que consumimos en redes sociales y de lo mal que eso nos deja eso plantados en la medida en que si ya es suficiente con todo lo que nos oprime y esclaviza internet, pues peor es si se tiene en cuenta que nuestro escaso tiempo libre se está yendo en consultar una y otra vez el feed de nuestras redes. No obstante, este es un problema que trae otro más grande de lado y por el cual últimamente sufro bastante (y el hecho de que pueda llegar a ser muy dramático no tiene nada que ver). Siento que las redes esclavizan, que el móvil es un lastre terrible que llevamos a cuestas con más tristeza que cualquier otra pena en vida.

Y es peor porque nosotros mismos escogemos el peso y calibre de nuestra cadena. Nos encanta escoger aquel nuevo modelo que estamos seguros de que quedará obsoleto en unos meses. El aparato que, aún con un uso medio (normal), no tendrá más que unas horas de vida dentro del día y que nos hará perseguir cualquier asomo de corriente eléctrica como si del aire se tratara. Y es que la angustia de dejar el teléfono en la casa, la ansiedad de que aquel se encuentre a punto de descargarse; esos, son males con lo que quizá ninguno de nuestros ancestros soñó (o tuvo pesadillas para este caso). Esta tecnología nos facilita la vida, nos permite hacer muchas cosas que antes eran mucho más difíciles. 

Todo lo podemos documentar, pero entonces dejamos de disfrutar con nuestros ojos y lo único que hacemos es tomar videos para las redes sociales, porque esos nunca los volvemos a ver. Le sacamos miles de fotos a los sitios que visitamos y en la mayoría de oportunidades nos metemos en estas para que quede prueba de lo que hicimos, para que quede constancia y le pueda doler a otro, el que nosotros sí visitamos este y otro lugar. Dejamos que la comida se enfríe, aguantamos un poco más de hambre solo para documentar lo que estamos a punto de comer. Y qué decir de todas aquellas reuniones sociales en las cuales se dispone un tiempo largo para las imágenes que tampoco nadie verá, más que cuando se les "etiquete". Tal vez a alguna persona le sirva para dañarse el rato, para hacer show, para acrecentar sus celos.

Pero lo peor es la idea de estar disponible todo el tiempo para todos. No se trata solo de que ya de por sí cargar el móvil permite que nos llamaran a toda hora, si no que además se tiene la facilidad de ser encontrado en cualquier momento, en casi cualquier lugar. Sin embargo, para mí lo peor es que siempre nos puedan escribir, siempre nos puedan dejar un mensaje que tiene forma de ser controlado. Se le avisa a su emisor si llego al aparato de la persona en cuestión e incluso puede mostrarle si fue leído. 
Tomado de: https://pixabay.com/es/cadena-herrumbre-hierro-metal-566778/
No hay entonces, nada más esclavizador que el maldito WhatsApp con sus chulos azules y su inexorable capacidad para que se hagan grupos con cualquier propósito. Ya no nos pueden dejar tranquilos. Damos el número de móvil para que nos contacten, sí. Pero aquel otro se cree con la autoridad de escribirnos en cualquier momento, de interrumpir nuestras deposiciones, de dañarnos el rato con la pareja, de molestar cuando estamos concentrados trabajando y muchas veces de alterar el ritmo normal de nuestras vidas. Claro, usted me dirá que cómo rayos no le contesta a su progenitora esos buenos días que le envía a las 7:30 a.m. Y yo tendré que decirle que antes uno tenía que esperar a ver cuando podía ver a su madre para poder hablar con ella. Eso quizá no sea del todo una bendición, pero tanta conexión de mentira, tanta facilidad para comunicar de manera "instantánea" el amor, le quita un poco de chiste al mismo. Este se da por sentado, se entiende inmediato, ahí al alcance del ridículo patrón de desbloqueo que le hayamos puesto a nuestro teléfono, de poner la huella. Es lo mismo que pasa con la información: ahora todo se nos olvida porque ¿qué tan fácil es consultarlo en Google?

Tanta facilidad nos ha hecho perezosos para amar, para pensar, para disfrutar. Nos resulta tan sencillo escribir a nuestras personas cercanas para contarles cualquier estupidez, para compartir nuestros más ridículos pensamientos. Pero lo ideal sería que tuviéramos en cuenta a quienes son más importantes para nosotros y les dedicáramos un espacio. Porque lo que enseña esta modernidad es que puedes tener muchos amigos que lo son porque están dispuestos a chatear contigo, porque pueden servir de apoyo en cualquier momento de soledad y aburrimiento. Aquellos espacios modernos en los cuales nos sentimos sin algo para hacer, desprovistos de cualquier otro esparcimiento que no involucre precisamente al móvil.

¿Será necesario? No lo creo. No pienso que necesitemos de ver las historias de otras personas a las que ni siquiera conocemos, es más, tampoco de las personas a las que en cambio si conocemos. Deberíamos de vivir historias con estas personas. Deberíamos de medir mejor nuestros amigos, porque estos no lo son por tener una excusa para escribirnos a cualquier hora, o en razón a que nos envían memes o porno. Nuestros amigos son aquellas personas con las que disfrutamos estar, con las que nos nace hablar, compartir algo de nuestras vidas. Pero quizá el problema sea ese, que cuando subimos aspectos de nuestras vidas a las redes sociales estamos convencidos de estar compartiendo, cuando lo que estamos haciendo es alimentando el morbo del colectivo, generando ansiedad y envidia en otros y en todo caso aislándonos más, al tiempo que nos perdemos en aquel océano de información en el que parecemos hundirnos sin darnos cuenta y en el que nuestra necesidad vital es a la vez la necesidad por algo que nos daña y nos condena.

viernes, 16 de febrero de 2018

Reflexión sobre inteligencia aplicada: Ser fiel (y leal)

El día de ayer vi una película en donde se planteaba el que llamaré "mito" de las relaciones sentimentales de carácter abierto, aquellas en las que dos personas se quieren, se acompañan pero en también pueden tener sexo con otras personas, siempre, por supuesto, que todo se hable, que todo se sepa. En la película los protagonistas terminan ocultándose cosas y al final también, en un giro un poco cliché, aunque bien contado, se dan cuenta de qué era aquello que en verdad querían en la vida.

Pues bien, en su momento hice una reflexión sobre la fidelidad en donde resalté lo que  a mí juicio era importante (en ese momento) tanto de este concepto como el de lealtad. Aunque he de confesar que me ocupé bastante de los que eran más de lo que en realidad pienso de lo mismo, más allá de mi reflexión inicial conforme con la que su ejercicio hace parte del comportamiento inteligente.

Tomado de: https://pixabay.com/es/amor-par-familia-novios-febrero-2055372/
Pero vamos a ver por qué lo digo. No se trata únicamente del refuerzo de una característica que pienso, es relativa a una persona con esta condición. Esto porque, en principio, siempre he considerado que la inteligencia es un espectro que, además, puede ser entrenado y desarrollado como si se tratara de cualquier otro talento. Pero si me parece que es conveniente, que es interesante, que a su vez es estimulante  y que además es lo correcto. De forma que considero que cumple con requisitos de índole moral, también de carácter, de lo que va de la mano con el desarrollo de la consciencia y el ejercicio de la razón, porque es racional a la vez que corresponde con todo el espectro sentimental de una persona.

Es que son constantes en mi vida las alusiones de otras personas, en su mayoría hombres, aunque varias mujeres también me lo han dicho, en donde se afirma que la fidelidad es un mito, y que una persona no puede ir por la vida sin acostarse (tener sexo, coger, tirar, comerse) con todo aquel que le guste y en cada momento en que se le presente la oportunidad. No estoy seguro si el amigo que me dice eso en realidad gusta de todas las parejas sexuales que tiene (o ha tenido) o de si solamente lo hace por esa necesidad de afirmación de su "naturaleza" biológica y de su masculinidad. Cuando en los círculos de compañeros o amigos en que explico mi propio gusto por el mantenimiento de relaciones saludables, generalmente recibo este tipo de respuestas, aún muchas veces de forma descarada en donde todo lo anteriormente dicho sobre la relación se hace de manera soterrada, oculta, lo cual es incluso peor. Porque puede ser que algunos no puedan oponerse a sus "instintos" o se digan eso para justificar su comportamiento, su falta de carácter y voluntad, o simplemente lo que pasa es que cualquier excusa es buena.
 
En algún post por ahí por internet vi alguna cosa llamada "mitos del Amor Romántico" en donde el número 3 correspondía al "Mito de la Exclusividad" y dice "creer que es imposible que nos gusten varias personas a la vez". Claro, esto es uno de los grandes argumentos de todos aquellos que pretenden que la vida es eso que transcurre entre uno y otro coito. Podemos gustar de varias personas a la vez... ¡vaya! Qué gran descubrimiento (!) Pues sí, hombres y mujeres por igual, con independencia de su tipo especial de preferencia sexual, pueden desarrollar un gusto particular por una o varias personas, de manera simultánea como concomitante e incluso puede pasar aún cuando estas se encuentren en la mejor de sus relaciones. Gustamos de otros, de muchas maneras y por muchas razones. De hecho una de las manifestaciones del gusto es la amistad, que va desde la simple coincidencia en algunas cosas hasta el amor verdadero. Entonces ¿Qué significa eso de que nos puedan gustar "varias personas a la vez"? Pues bien, para no construir un hombre de paja y dado que el meme refería al amor romántico he de pensar que se trata de aquel gusto que recae en enamoramiento de alguna clase y que inexorablemente aterriza también en sexo.

Es que ¿saben? a eso refieren todos los dramas de las personas en las relaciones (o en gran parte) puesto que la madurez de una relación y de las personas que la protagonizan bien puede medirse a través de los conflictos que surgen entre ellas. Pero el sexo es un tema complejo y que establece un precepto sobre el cual se mide mucho de lo que pasa entre dos. Algunos 'progres' (progresistas)  me podrían decir que la idea de la exclusividad, del sexo tradicional, de la misma binariedad natural (hombre/mujer); son cosas mandadas a recoger en la medida en que las cosas entre las personas no pueden ser encuadradas solo en una cantidad de "manifestaciones de amor limitadas" y es que claro, cuando conviene si podemos meter al amor como motor de las relaciones humanas, como forma de interrelación y de acercamiento entre las personas. No voy a entrar en este tipo de consideraciones, pero digamos que la aceptación de los escenarios diversos y la tolerancia del otro, de lo que no es tan abundante o que no necesariamente es norma, no puede revertirse hacia la cultura de que las excepciones indeterminen la biología o que nieguen lo que al menos es más común. La excepción prueba la regla y no al contrario.

Pero en todo caso algunos pueden llegar a considerar que el amor romántico, que las relaciones, no necesitan ni de etiquetas ni de exclusividad. A esas personas he de decirles que asumir compromisos, que establecer obligaciones y formalizar aspectos de la vida tiene mucho que ver con la búsqueda de la tranquilidad de la cual viene acompañada la madurez. Crecer es buscar lo repetible, lo seguro, estamos programados biológicamente para dejar de hacer locuras después de cierto momento, para transitar de manera pausada, para tomarnos el tiempo de pensar antes de actuar y en cierta manera estamos, con el tiempo, dispuestos a considerar que alguna otra persona pueda hacer parte de nuestra vida con algún grado especial de presencia, con exclusividad.

No les voy a explicar cómo funciona una relación ni voy a convertir esto en una revista de variedades en donde puedan encontrar, con un test, si están en una relación buena o no. O si deben cambiar para avanzar, para mejorar, o si deben dejar atrás o no lo que está mal con sus vidas. No tengo interés en decirle a cada cual lo que le podría funcionar. Lo que sí se es lo que en definitiva resulta problemático a largo plazo, aquello que no llena porque termina afectando la vida de alguna forma.

Pero sí, he de decirlo. Lo mejor que le puede pasar a una persona es encontrar aquella otra por la que puede sentir, de tal forma, con tal intensidad, que no le resulte difícil dedicar su vida con devoción y con afecto para amarle. Amar no es solamente tener sexo, se trata de los planes aburridos, de los cursis, de los cansones. Ese tipo de cosas se vuelven indispensables con el tiempo, porque no hay nada mejor que de verdad sentirnos acompañados, entendidos o escuchados. Porque uno quizá siempre tendrá a su familia para varias cosas, los amigos para otras. Pero para otras cosas nada como tener un cómplice, alguien que de verdad lo quiera a uno, lo desee, lo adore, lo ame. Duro. Quizá sea un imposible de lograr, pero claro que se puede. Ese tipo de relaciones se encuentran, se logran cuando uno madura y entiende que no debe ser como fue antes, que debe dejar de repetirse, que debe aprender de lo que le enseñaron antes las demás personas.

Ese quizá sea mi punto. De las excusas no se aprende, tampoco de las justificaciones y los pajazos mentales. No tenemos ninguna necesidad de mantener la ilusión de una relación estable si negamos cualquier esfuerzo por su consolidación a través del juego constante de la búsqueda de otras personas. Y claro, lo malo es que se haga de manera oculta, sin la verdad, sin el debido respeto por el otro. O de manera conveniente y egoísta, como cuando se piensa que solo uno de los dos tiene derecho de comportarse de una u otra manera.

Somos seres humanos y eso nos da la ventaja de un intelecto, de una razón y una consciencia que nos permite destacar sobre otras especies. Somos perfectamente capaces de decir que NO, de igual forma en que podemos decir que sí a cuanto queramos. Construimos cada uno de nuestros complejos universos a través de una base cultural medianamente difusa, de unas características endógenas y exógenas que construyen nuestra personalidad. Y para ello no debemos ser necesariamente monjes, personas célibes u otras frígidas que no han explorado las ventajas y dimensiones del sexo. Somos seres sexuales, pero podemos vivir esta dimensión a través de una vida más o menos responsable que implique un conocimiento mediano de nosotros mismos a través de nuestros cuerpos hasta que podamos unir eso con la propia consolidación de nuestras mentes y espíritus (si es que tal cosa existe).

Exploramos y vivimos, pero para eso no necesitamos mentir. Si nuestro camino es la exploración del sexo, pues podemos conseguir estas parejas disimiles y esporádicas sin necesidad de mentir a nadie. En especial sin necesidad de mentirnos a nosotros mismos. Pensar que no somos capaces de controlar una situación social es negar nuestra razón, la misma que en principio justifica la existencia de nuestros complejos sentimientos que son más que simple instinto.

Así, somos los encargados de llenar nuestras vidas con algo más satisfactorio que el simple intercambio de fluidos. El amor es aquella cosa que nos rompe, el sexo es algo que nos une, pero sin una consciencia del otro no estamos más que en una sesión masturbatoria, un producto hedonista de la concepción egoísta a la que somos arrastrados por cuenta del aislamiento en el mundo moderno. De esta forma para que el amor no nos destruya del todo, hemos de tener un sexo que nos permita mantener algo más que una consciencia univoca de lo que es la compañía. Quizá esto no funcione todo el tiempo o se descomponga por la propia necesidad individual de auto sabotaje, pero lo cierto es que el intento vale la pena y que con el tiempo se puede aprender a hacer más y mejor el amor. Porque es mejor hacerlo, lograrlo, conseguirlo, que simplemente darlo por hecho.

Si pensamos en lo que necesitamos, en lo que queremos y trabajamos por ello en lugar de justificarnos para ir de un lado a otro sin una concepción adecuada de nosotros mismos o sin una consciencia suficiente del papel de nuestra moral, de nuestra inteligencia y virtudes, lo que haremos será navegar hacia un vacío que inexorablemente nos condenará a la soledad. Incluso a la soledad del otro.

jueves, 15 de febrero de 2018

Recuerdo onírico

A veces, solo a veces recuerdo con claridad lo que ha sido objeto de mis sueños. Eso podría explicarse en que en la mayoría de casos, todos y cada uno de mis pensamientos se concentran muchas veces en lo que pasa durante el día, o durante el tiempo que paso despierto. Mi realidad es una que no se corresponde del todo con la finitud del espacio como nos lo han enseñado. La fantasía, la imaginación, lo etéreo, todo aquello hace parte de mi cotidianidad y, en cierta medida, es lo que me impide perder la cordura.

La cordura, tal vez esto sea algo sobrevalorado, algo que solo sirve para las clasificaciones del rendimiento. Aquellas etiquetas con que nos adornan con el fin de que entremos en la dinámica del establecimiento, para que obedezcamos y neguemos cualquier capacidad crítica, porque la misma quizá sea una locura y es que ¿para qué contradecir lo que está tan bien con el mundo? Salirnos de nuestro lugar de obediencia y de confort está mal y lo único que podemos hacer es usar aquellos espacios bien definidos que nos dan, para quejarnos, para hacer uso de lo propio, para hacer parte del sistema al tiempo que hacemos algo por mejorarlo.

Tomado de: https://pixabay.com/es/fantas%C3%ADa-la-luz-estado-de-%C3%A1nimo-2861107/
Me hallaba en un salón extraño, amplio y lleno de toda clase de formas de iluminación precaria: velas, candelabros y lámparas de gas. Pero lo que primaba era una poquísima luz que hacía que todas las cosas describieran largas y poderosas sombras. Aquel era un baile de formas sombrías, una danza de espectros en donde el personaje principal parecía dirigir el conjunto armónico de músicos invisibles a través de una batuta un tanto extraña.

Se trataba de un pincel. Sus cerdas negras suaves cubiertas de algún tipo de pintura escarlata como si un momento cualquier antes de aquella escena aquel instrumento se hubiera usado para atravesar el cuerpo de alguien. Sangre espesa, líquido vital.

El lienzo, por su parte, era una extraña tela oscura montada sobre un caballete hecho en un material oscuro, con el brillo de la piedra pulida, pero la apariencia de la madera de ébano.

Los movimientos del pincel no solo generaban la música de la estancia y daban forma al baile espectral, además iban formando una silueta carmesí sobre la extraña y oscura tela.

El pintor se extrañó con lo que pareció ser su última pincelada.

Desperté.

martes, 13 de febrero de 2018

... Reflexión 12: Felicidad

Junio de 2013.
Esta fue la fecha en la que empecé con esta reflexión, con este escrito que espero que hoy vea la luz.
Tomado de: https://pixabay.com/es/playa-litoral-costa-verano-tierra-832346/

Hace mucho tiempo también, en 2012, introduje esta reflexión con un pequeño escrito en el que, como de costumbre con más de una especulación, en realidad no se decía nada.

De esta forma, en más de una ocasión, decía, he escrito sobre este sentimiento al que, en ese momento consideré como "esquivo". Incluso indiqué que había hecho esta aproximación desde diferentes enfoques o puntos de vista, mismos que en este momento no logro recordar. Pero así son las cosas de la memoria y en mi caso particular he escrito ya tantas cosas que debe ser imposible que las recuerde, más cuando últimanente me he dedicado a múltiples proyectos de escritura, sin dejar de lado, sin descuidar éste, porque simplemente es el que más lleva conmigo, el que más se acercaría a brindarme el sentimiento que hoy me ocupa o incluso a darme alguna aproximación a este.
Nuevamente, como en el preludio y, en lo que se refiere al presente escrito, debo dejar claro que la felicidad no es algo puramente espontáneo, lo cual me lleva a recordar mis propias palabras:

<<Las cosas normalmente no salen de la nada, ni los bebes, ni las ideas, ni los colores ni mucho menos cada cosa que queremos; es decir que uno debe buscar, encontrar, hacer y conseguir; con lo cual no puedo estar de acuerdo en que muchos vean su vida como un cúmulo absoluto de dicha infinita, me preguntaría entonces, ¿de dónde sale? Y es que tampoco creo que haya nada ilimitado, nada eterno, la misma naturaleza en su ejemplo nos muestra que si bien hay ciclos, tampoco nada se pervierte hasta resultar inmutable, eterno o diáfano>>.


De ese texto de 2012 rescato la consideración según la cual la felicidad no puede ser un fin en sí misma, esto en la medida, y lo menciono ya que muchas personas pretenden como mayor o mejor expectativa para su vida el hecho de "ser feliz". Pero a esto siempre me he opuesto pues no considero que pueda ser un fin, algo que constituya un estado predicable con alguna permanencia, sentimiento y sensación. Así las cosas, y bajo la misma línea de pensamiento, no tendría una vocación de permanencia tal como para dotar al sujeto con una categoría permanente.

Así las cosas, he de dejar a un lado las anteriores entradas, aquellas reflexiones que sirvieron de partida a esta, en donde en últimas no he dicho nada (aún).



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La nostalgia se vuelve el principal componente de la adultez. Nos convertimos en seres incapaces de vivir sin volver atrás unos segundos o incluso varios años. Se supone que establecemos complejas estructuras morales de las cuales servirnos a medida que avanzamos en la escalera de la madurez.

Yo he sido víctima del ostracismo social, del rechazo por cuenta de mi particular manera de ver la vida, por mi forma de hacer las cosas, pero como ya lo he dicho antes, no soy ajeno a la felicidad.

Recurro a la descripción anterior de mi propia forma de ser:

"En principio, no soy del todo una persona calmada, aunque con el tiempo he aprendido a cultivar la paciencia al igual que la tolerancia, ambas cosas las he necesitado para sobrevivir en un mundo que detesto la mitad del tiempo. También he logrado sobrevivir a un temperamento que me trajo muchos problemas en el pasado, explosiones de ira acompañadas de violencia. Un ánimo colmado de malos o peores genios, una actitud gruñona y una tendencia a lo irascible. Todo un maniático salido de control.

Para mi fortuna, antes de enloquecer encontré formas de liberarme de los demonios, formas para hallar alegría en pequeñas cosas cotidianas. Maneras de estar tranquilo y de dejar pasar, aquella negación consciente que alguna vez ocupó lineas dentro de este mar de reflexiones inacabadas, imperfectas y especulativas. Las exaltaciones de la vida las he tenido que vivir en ambientes en los cuales no podía mantener el control y lo que he logrado actualmente tras uno que otro evento desastroso y muchos correctos, adecuados y felices, es estar tranquilo, aceptar, comprender, entender y cuando aquello no es posible, tolerar.

Mis emociones están allí, y salen cada día cuando encuentro un guiño en el cielo matutino, cuando tarareo la canción a la que he dado vueltas hasta marearla, cuando canto a volumen variable otras tantas tonadas que han hecho transito a mi biblioteca de emociones para dar, recibir o simplemente para tener. (...)".

¿Pero qué es la felicidad? ¿Por qué le he dado tantas vueltas a este asunto? En alguna reflexión anterior me refería a la tranquilidad, a la dicha; ¿en dónde queda el placer?

Pues bien, la filosofía clásica alguna vez se ocupó de este asunto, es por eso que se habla del Hedonismo, de la sola búsqueda del placer, la entrega, si se quiere, a las pasiones carnales.

Para Aristóteles (Ética Nicomaquea) la felicidad se encuentra en la contemplación al igual que en una vida política activa, en donde la felicidad se encuentra nada menos que en la búsqueda del honor, en la consecución de la virtud a través del buen obrar. Pero esta concepción tiene problemas porque se busca que haya un espectro de igualdad en donde los hombres se encuentren para realizar actos buenos, porque en su entender nadie en su "sano juicio" podría actuar por el mal, ni preferir la injusticia, el descontrol o la violencia. Esto es utópico e incluso ingenuo y desconoce la eminente naturaleza caótica del ser humano, que no malvada necesariamente. Y también permite que nos encontremos ante una confusión entre la felicidad como virtud, como condición o como fin de realización humana.

El otro extremo viene con las escuelas de pensamiento posteriores, que rechazan las pasiones y los estados de ánimo, para estas personas existía un principio de acción consistente con mi propio pensamiento para muchas cosas: la “apatheia” (apatía). Esto, en la medida en que las reacciones emocionales fueron consideradas como perturbaciones del ánimo o también como alteraciones del espíritu o procesos patológicos. Y dado que lo más importante es la razón, pues estas alteraciones debían ser controlados con toda la fuerza posible. Este quizá haya sido el advenimiento de la idea del sabio, el que está en control, con absoluto dominio de sus emociones. Pero el problema de esta idea es que dejamos de lado el motor de la felicidad por el puro dominio del ser a través de este control, a pesar de que, como sucede posteriormente con el estoicismo, su finalidad sea la de producir el dominio de sí mismo (autarquía) y el bienestar individual. Si el ser es educado con el fin de someter a sí mismo, aún bajo la bandera de la fortaleza, la devoción, el deber e incluso la misma indiferencia al placer, lo que puede quedar de lado es una existencia vacía.

De mi parte me inclino más por seguir a Kant (Doctrina de la Virtud) quien dice que de ninguna manera puede fundarse un pensamiento moral desde la felicidad. Esto, en la medida en que esta idea se corresponde con un concepto ambiguo porque para cada individuo la felicidad es algo completamente diferente, disperso. Pero para este filósofo no se puede actuar moralmente desde los sentimientos ya que estos son involuntarios. Entonces, es mejor que los actos morales se fundamenten en la voluntad, la cual se considera ontológicamente buena.

Pero pensemos en que la felicidad como indica Kant, está provista por los más variados temas, dimensiones o actitudes de un individuo. El ser buscará, según su propio contexto, algo que lo complete o que lo eleve de alguna manera superior a su propio lugar en el mundo; entonces la felicidad dependerá del sentido existencial, espiritual y de la propia concepción y consciencia individual. Esta lo que se cree, lo que se quiere, lo que se necesita.

De esta forma la felicidad es la consecución, es la doctrina de la satisfacción.

Me explico. El propio ser genera expectativas de lo que representa su vida y busca de alguna manera colmarlas a través de cualquiera de sus aspectos de desarrollo. Existirá entonces una felicidad tan relativa a la persona o quien considere precisamente que esta hace parte de su virtud como ser humano, que es una condición inequívoca de su existencia, una característica univoca que no merece mayor atención o reflexión.

Pero para poder constituir un verdadero sujeto necesitado, ha de partirse de las formas comunes de necesidad que dejan a los individuos a merced de un comportamiento, de una virtud que en sí misma requiere de unos mínimos. Estas son necesidades humanas, necesidades personales que trascienden a la sola biología. El modo de producción imperante, la construcción social y el paradigma político en su conjunto son preceptos de obligatorio cumplimiento y que condicionan cualquier búsqueda de la felicidad.

Para dar un ejemplo concreto, nuestra modernidad nos ha sometido a una sociedad capitalista que se ha organizado en torno, precisamente, del concepto del capital, de la producción; en donde la felicidad se encuentra subordinada a la producción, a la disciplina propia del materialismo y a la obediencia de la Ley.

Esto es mejor explicado por Walter Benjamin, quien señala que en esta era moderna, el sujeto no encuentra más la redención en templos e iglesias, pues éste (el individuo) "se redime en los centros comerciales, en el consumo. Dime qué consumes y te diré quién eres. Dime qué puedes comprar y te diré qué tipo de felicidad puedes obtener". 

Según este mismo pensador, la moda ha establecido un escenario de intercambio dialéctico "entre mujer y mercancía (entre placer y cadáver)". La moda, no ha representado más que “... la provocación de la muerte a través de la mujer y un amargo diálogo en voz baja con la putrefacción entre estridentes risotadas mecánicamente repetidas. Esta es la moda. Por eso cambia tan rápidamente, provoca a la muerte y cuando ésta se da la vuelta para vencerla, ya se ha convertido en otra, nueva”.

Nos hemos consumido por un profundo narcisismo y muestra de ellos son los continuos selfies, la necesidad de validación que excede a cualquier consideración de la competencia como especie y que trasciende los escenarios de control social, en un sofisticado mecanismo de auto control para que cada individuo se someta a lo que la corriente generalizada le dicta. El hombre no puede verse reflejado en el mundo a través de sus acciones, ni como consecuencia de su propia creación intelectual o siquiera del producto de su espíritu y por el contrario se encuentra alienado, enajenado a traves de aquel espejo imaginario de sí mismo que le es impuesto por aquel narcisismo enraizado en lo más profundo de su ser.

Freud (El malestar en la cultura) indica que el narcisismo sobrevive "como un síntoma neurótico" pero también "como un elemento constitutivo" de la construcción de lo real. "El narcisismo es considerado aquí tanto como un escape egoísta de la realidad como una relación existencial con el mundo". Este escenario es el que nos deja peor librados en términos de la búsqueda de la felicidad en donde esta se encuentra anclada a una exacerbada condición de amor a sí mismo que no trae de la mano un sentido mínimo de auto estima, es este apego, esta condición de admiración que pervierte al amor y que no permite el desarrollo verdadero de la consciencia. Esto no es más que moda, en donde el sujeto se deja llevar por el sentido erótico de auto contemplación, el que incluso conlleva su aislamiento y la anulación del ser social, porque en medio del narcicismo se han creado herramientas para la alienación que resultan útiles a todas las necesidades perversas de este escenario.

A nadie le importa el otro, a pesar de estar continuamente sumido en una máscara de preocupación por la idea de lo que éste representa. La ideología consume el diario vivir de las personas, impulsa cambios sociales enrevesados y complejos que se concentran en las formas, en la protección de esta forma de vida aislada y narcisista. La felicidad entonces, no queda más que sometida al capricho particular, una extraña amalgama de imposturas, de preceptos morales de dudosa procedencia, de falacias personales y de establecimientos e instituciones perversas que lo único que hacen es sumir a cada persona en una miseria a la medida. Pero esta miseria, este sentimiento de depresión, de aburrimiento constante puede ser constantemente apaleado a punta de consumo.

lunes, 12 de febrero de 2018

La consciencia irrealizada de lo político

Esta es otra de esas tantas reflexiones que responden a aquella realidad de la que uno muchas veces quisiera escapar, por la inexorable condición frágil de la voluntad y de la decisión humanas. Por la desidia que inexplicablemente sostiene al mundo y que hace que cada día evitemos con más ganas pensar.

En primer lugar, he de ocuparme de lo que es la consciencia. Aquí es donde recurro a la riqueza de nuestro idioma, a las amplias posibilidades que el mismo nos da para entender nuestra propia vida, si tan solo nos devolvemos a este (el idioma) en lugar de asirnos a los proto lenguajes y metalenguajes que están causando que dejemos de pensar (discusión y reflexión para otro momento).

Según la Real Academia de la Lengua Española, consciencia es:

"1. f. Capacidad del ser humano de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella. (...)
2. f. Conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. (...)
3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas. (...)

4. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo".

Lo curioso con esta palabra es que parece tener un sentido similar a la "conciencia", pero en mi escaso conocimiento de la lengua, entiendo que este último término encuadra de forma más coherente en un aspecto correspondiente al sentido moral o ético de las personas, o el mismo conocimiento del bien y del mal.

Pero para este caso me referiré al conocimiento reflexivo de las cosas, porque a la final este es un sitio (Blog) en que se hacen reflexiones. Y en particular haré referencia al estado de cosas que tiene que ver con la dimensión política de cada persona.

Esta idea, de la política surge de la determinación de lo que trasciende al individuo, hacia la comunidad y hacia la sociedad. Es un término que se habría hecho popular desde el siglo V, una vez que el filosofo Aristóteles desarrolló su obra, que se titula con este mismo nombre. Como muchos pueden saber, el término tiene origen en el griego polis que hace alusión a las ciudades, que en la antigüedad eran, en sí mismas, Estados en donde el gobierno era parcialmente democrático.

Pues bien, para muchas otras fuentes (la sagrada RAE por ejemplo) este concepto tiene que ver con el "arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados". Y pueden encontrarse muchas más acepciones relativas a, como ya dije, la introspección sobre los asuntos de la sociedad, tome ésta la forma que tome. Puesto que lo que se busca es desarrollar o atender a una determinada dimensión del ser humano, íntimamente ligada con su naturaleza como animal social o sociable (sí, suena raro, pero denme gusto, somos animales que evolucionaron con base en lo que Durkheim y Weber llaman la "solidaridad mecánica" que no es otra cosa que la colaboración entre los individuos para la realización de tareas, cosa que se refuerza por la etnicidad así como la comunidad de creencias y sentimientos) .

Tomado de: https://pixabay.com/es/estar-juntos-solidaridad-playa-1880155/

Nos tenemos que juntar, así parezca raro, para decidir en conjunto, para protegernos en conjunto, pues el mundo en principio es áspero para nuestros delicados seres. Es por eso que caminamos sobre la suela de zapatos en la medida en que no poseemos almohadillas resistentes o cascos, y también nos cubrimos porque aún cuando algunos de nosotros tenemos algo de pelo, no se parece al pelaje y a la gruesa piel que resguarda a otros animales. Somos tan frágiles que nuestros bebes tardan años en poderse valer por sí mismos (E incluso muchos llegan a la edad adulta sin saber qué es eso).

Entonces, para un conjunto de voluntades es necesario, a su vez, establecer el conjunto de reglas que sirven como sustento a nuestra sociedad. A eso se le puede llamar contrato social y como nuestra modernidad ya venía provista de reglas que muchos entenderán como naturales y ya no se examina la vida de forma crítica (o ni se examina, ¿para qué?); lo que termina sucediendo es que simplemente vivimos conforme con lo que nos dictan. La modernidad ha gastado el discurso de la irreverencia, pero es algo pueril, que solo sirve para hacer pataletas sin verdadero efecto en la sociedad o en nuestras vidas. Somos reactivos en nuestra forma de llevar el cabello, o en la forma en que vestimos (que dicho sea de paso, por lo general no corresponde mas que con algún tipo de moda), o en alguna que otra actitud que constituye lo que, en lo estrecho que nos resulte el mundo, asumimos como libertad.

Lo he dicho muchas veces, pensar es problemático y la consciencia es en realidad un lastre, porque darse cuenta de lo que está mal es negar el sentido simple y básico de la felicidad, la que nos han traducido de varias maneras, pero que simplemente puede entenderse como vivir al margen de cualquier complicación, incluyendo, por supuesto, las derivadas de nuestra propia consciencia.

Así que cuando se trata de la política también nos solemos dejar llevar por la comodidad. También lo he mencionado antes, que lo que mueve al mundo es la pereza. Porque claro, queremos ahorrarnos cualquier clase de esfuerzo, pues la energía es finita, al igual que la vida.

Todo se acaba, menos las excusas.

En todo caso. Hoy en día veo como muchas personas entienden el ejercicio de la política como un concurso de simpatía en el cual la elección se debate entre los pareceres de corte menos objetivo posible, menos informado posible. El mismo Weber lo encuadraba dentro de un concepto denominado "dominación carismática" en sus formas de legitimidad. Y esto es importante porque es lo que constituye para nosotros la autoridad (lo legitimo), que es fundamental a la hora de aceptar el gobierno como institución dentro de nuestro contrato social.

Pero somos perezosos. Se prefiere la entrega incondicional a un espectro predefinido y constante de afinidad política, tan maniqueo y binario como sea posible, en la medida en que más opciones nos harían pensar y eso es lo último que se quiere. Aspectos como la tradición, la misma cultura, la etnia y el sentido de pertenencia nos endosan a una configuración estática que nos encuadra dentro de un subgrupo cultural que en realidad es inoficioso y que crea espectros de exclusión. Un tipo de solidaridad, de cohesión, que es más cierta respecto de los miembros más débiles de la especie, aquellos que necesitan que se les diga qué hacer, o que se les proteja todo el tiempo: los incapaces, los inútiles, los menos dispuestos.

Pero en esta forma de sociedad actual, mediada por la dicotomía de rendimiento y cansancio, todos parecen querer meterse bajo la sombra protectora de algún tipo de condición de inferioridad, con el fin de reclamar seguridad precisamente de ese Estado creado a través del contrato social, al que le aportan por obligación y sin ganas. En una sociedad a la que quizá le parasitan, de la cual viven, de alguien más, sin la posibilidad real de ser independientes o autosuficientes. En la que habitan como entes llenos de necesidades y desprovistos de un pensamiento propio y de cualquier característica crítica.

Sí. Esta entrada es un cúmulo de desesperanza y desmotivación, pero eso es lo que causa el ser humano, porque mientras existen cientos que están allí como prueba de lo que he estado describiendo, otros tantos no podemos hacer nada. Estamos condenados por darnos cuenta, por tener algo de consciencia, así como una gota de sentido común, escepticismo y actitud crítica.

Mientras tanto pelearemos con pasión. Se acabaran amistades, las familias, los amigos y las parejas entraran en un periodo difícil de confrontación. Porque la suma de todo lo anterior causa que cada uno se entregue a su propia idea de lo que el espectro político representa, es la consciencia irrealizada de lo político: Una sucesión de ideas plagadas de imposturas, de mentiras, falacias y cosas dadas por cierto por cuenta de aquella dinámica de seguimiento de la que he hablado al criticar esta modernidad y el control que sobre las consciencias impone aquella masa de pensamiento considerado como "opinión pública".

Y sin escuchar razones otros se matarán incluso. Mientras que los que se benefician por el poder de la ideología, los que se repartirán el poder, el dinero, la fama, seguirán como si nada, porque la consciencia de ellos está formada y tiene poco de verdadera conciencia.

martes, 6 de febrero de 2018

Por fin, la modernidad: preludio de una reflexión anunciada

Esta es una reflexión que pude haber empezado desde el año 2007, desde el génesis mismo de este sitio. Es algo que desde siempre me ha preocupado porque, como entiendo el tema, resulta asolutamente relevante. Para todas y cada una de las personas. Claro, no soy el mismo de hace diez años, por supuesto, pero además tengo más cosas que añadir a los males que estan aquí desde el advenimiento y triunfo de la modernidad. Alguien podría decirme que este fenómeno es relativo, que todo ya terminó y lo que ahora sucede es otra cosa. ¿Sí? ¿Qué?...

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Veo con sorpresa que la modernidad se ha perpetuado y se ha pervertido, que no se ha dado el salto a la tan necesaria contemporaneidad y que estamos estancados bajo falsas banderas de progreso (progresismo). Que en el mundo se luchan guerras por el ideal (ideología), y que en lugar de avanzar sobre este tipo de temas, de lograr un progreso en términos de la tolerancia, en lugar de aunar consensos que nos permitan avanzar, en lugar de todo eso, lo único que hacemos es separarnos, dividirnos más y tener todos los días una excusa para ver en el otro a un enemigo.

Tal vez sea selección natural, porque somos muchos y es hora de que empecemos a matarnos los unos a los otros. Quizá.

Esta modernidad que nos carcome nos enseñó el valor de la corriente generalizada (lo mainstream), el poder de la hegemonía, el valor del pensamiento colectivo y de la opinión general, porque el individuo es solo esa idea que sirve para volver masa todo. Tu opinión y pensamiento es muy importante, siempre que esté de acuerdo con lo que este u otro grupo de interés dicte. La consciencia, la realización social y política de cada individuo, debe obedecer a alguna corriente ideológica preestablecida. Algo que ya exista y que no cause más ruidos en el sistema que lo que implica el choque de esos opuestos que se anulan, mientras que el establecimiento es aprovechado por los mismos; por aquellos que aprendieron desde hace mucho tiempo que el antagonismo humano es caldo de cultivo de todas las formas de dominación; el instinto de confrontación, que es una de las formas en que la mente se llena de información por el desarrollo de la inteligencia, la curiosidad, la creatividad, todo eso se ha cambiado por el disgusto y la indignación.

Pero todos son iguales, son calcas de algo que fue creado como una serie única, pero con toda la intención de ser repetible. Hoy la moda dicta que todo sea alternativo, que se resalte la individualidad aun cuando esta es copia identica de la de aquel que es más carismático y que impuso el "trend"...

El mundo se debate entonces entre el consumo absoluto como forma de desarrollo de la personalidad, de ese nihilismo que tan solo sirve para la búsqueda constante de la felicidad, misma que es material y se puede pagar con tarjeta de crédito. Se ha de tener, se ha de poseer, y lo que se hace también está en línea con aquello que sea popular y que permita establecer algún aspecto común con los pupulares. Es el mundo de los seguidores y los seguidos, de las estrellas, de los famosos, de aquel otro que nos impone la forma de pensar, de vivir, de existir.

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Todo funciona de la misma manera. La misma rutina, las mismas cosas para hacer que son populares, que están bien, que son aceptables y deseables. Porque lo que está bien se debe replicar, sí. Pero nuestra sociedad tiene más males, muchos: creados, adquiridos, heredados, impuestos, pero ciertos. Vivimos entre el debate del aburrimiento que impulsa aquella necesidad de diversión, de aquella, claro está, que se consume. Vamos a cine con la idea de que la siguiente película no sea "mala", porque es una historia ya tantas veces contada, porque nos sabemos todas las historias, a pesar de no ser capaces de contar la propia. Conocemos los trucos de la narrativa, los aspectos triviales de lo visual, porque todo el tiempo consumimos entretenimiento audiovisual, o quizá es más simple: ya nos contaron toda la película a lo largo de su promoción. La publicidad que se hace para retrasados mentales tuvo su efecto y nos hizo un poco menos atentos, nos hizo desear verla, pero también la dañó para nosotros.

Pero también está la indignación. Somos cada vez más perezosos y aún así queremos estar metidos en todos los asuntos de la vida cotidiana. Nos volvemos facilmente abanderados de todas las causas sociales desde la comodidad de nuestros asientos, detrás de las pantallas de los moviles que parecen ser los únicos que en realidad comparten tiempo de calidad con nosotros. Ya lo he dicho, el móvil para el baño, el móvil al despertar, el móvil para que controle nuestros movimientos intestinales y para que nos planee la vida, quizá esas dos aplicaciones se cruzan y por eso la existencia se nos vuelve una mierda. Pero nos indignamos, lo hacemos porque es lo necesario. Porque la justicia, porque lo terrible, hay tanto para hacer pero nosotros nos ocupamos en pequeño de los grandes problemas de la humanidad mientras que hacemos tremendas pataletas, shows dramáticos frente a las trivialidades más estúpidas y males artificiales que no son más que el resultado de nuestra forma de vida moderna. Qué sufrimiento si debemos escoger durante horas lo que compraremos a continuación, o si nos amarga lo demorado que es el transporte público desde el sitio de vivienda al trabajo, cuando todo tiene solución, y esto sin contar los verdaderos problemas inocuos y dramas del primer mundo de los cuales sufrimos aun sin que este terruño pertenezca a esto. Porque en medio de nuestra pobreza navegamos entre todos los conflictos de la abundancia y el exceso.

Esta es la sociedad del rendimiento, la sociedad de las metas, de los planes y los grandes discursos; pero también es la sociedad del cansancio, es la sociedad del aburrimiento, la sociedad del aislamiento y de la soledad.

Esta es una sociedad condenada y todo, es culpa de la modernidad.