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miércoles, 10 de agosto de 2016

Seudoexplicación del "cafrismo" y sus consecuencias

Comencé escribiendo sobre los cafres, pero únicamente desde su perspectiva relacionada con el internet y las redes sociales, mismas sobre las que después tendré que dejar ir toda la ira que merecen, y bastante que si es. Pero lo que me ocupa no es mi extensa carga de malestar con internet, ni con lo que representa, ni como cada día es una nueva excusa para consumir nuestras esperanzas, para agotar nuestra energía, para mantenernos lo más ocupados posible, de manera que nos resulte complicado darnos algún escape, un tiempo para cada uno, un minuto de silencio, pero no por cuenta de algo impuesto por el colectivo, propiciado por los medios, derivado de alguna suerte de influencia: compra esto, come aquello, qué divertido es hacer esto, qué bueno es viajar allí...

Lo ven, mejor no hablar de ello por ahora.

Esta es una reflexión que surgió de un largo malestar, quedado atrás en el tiempo por cuenta de esa pila de circunstancias, hechos, deberes y preocupaciones que suelen ya adornar de manera constante mi vida. Se suponía que las últimas circunstancias de la vida de la ciudad en la que habito, al igual que un amplio buscar y rebuscar entre las opiniones, esputos, vociferos y expresiones de los habitantes de este terruño, me habían llevado a considerar, lo que en realidad siempre he sabido, y que aun hoy, al finalizar de cierta manera este escrito: que vivo en medio de una cantidad insana de gente canalla, zafia, ruda, violenta, ignorante, rústica, grosera... gente cafre.

En parte el anterior, era un texto ya usado, ya pensado, ya escrito, que continuaba así:
No se trata solo de quienes a diario viven a zancadas, empujones y atropellos, desatando su propio deseo de contacto con el otro a través de micro riñas por un par de segundos de ventaja, o un pequeño espacio en el cual apiñarse, abriéndose paso a como de lugar y abusando de esa complicidad miserable que se pretende luego de tener cada vez menos que dar y si mucho que perder. No ceder ni un milímetro, aprovechar cada momento, capitalizar la desidia o el cansancio ajeno, así se mueve el cafre, pero al menos el de a pie vive con algo de consecuencia y está (al menos en apariencia) dispuesto a confrontar a sus semejantes, incluso puede llegar a desearlo.
Pero al margen de todas estas personas faltas de educación y que por cuenta del poco espacio que la vida les da para realizarse, sometidos a los desmanes del capitalismo, esclavos de sus propias decisiones y de la rutina, viven en un completo enfrentamiento contra todos aquellos y escasos enemigos invisibles a los que pueden derrotar, no a los verdaderos, no a quienes los oprimen, y ciertamente no a sí mismos. Entonces, cada momento de cafrismo podría ser un minúsculo triunfo, apenas suficiente para compensar un carácter débil, una existencia febril y devastada. Pero basta de justificaciones, el cafre existe y persiste en su cruzada contra sí mismo y contra los demás, por la razón que sea.
No se trata solo de ignorancia, que es incluso un calificativo que ha perdido sentido y que se usa a menudo para descalificar al otro, una herramienta del cafre para señalar a aquel que no piensa de su misma manera: "ignorante" es el nuevo "campesino" o "palurdo", porque estos otros significados recibieron el suficiente rechazo social como para haber sido escondido por conveniencia, por esa absurda forma de remendar todo a expensas de insertar algunos cambios en el lenguaje cotidiano, para hacerlo políticamente "correcto" o adecuado. El desconocimiento sistemático del otro, de la realidad, de la historia, no es ignorancia, es al menos una impedimento social cognitivo de la peor naturaleza, porque está sustentado en la voluntad de no aprender, de no conocer, de no saber.
El cafre entonces se rodea de una falsa confianza, de una seguridad manifiesta en que lo que hace, expresa, vive, hace parte de un deber ser adecuado, política y moralmente correcto y esto se agrava cuando tiene el descaro de atribuir su comportamiento a los seres superiores en los que cree. De esta forma se crean los peores tipos de cafres, aquellos que sirven en teoría a una deidad que predica amor, respeto, tolerancia, pero quizá solo entre ellos mismos, en donde el afecto hacia el prójimo no pasa de ritos desgastados heredados culturamente y de una serie de consignas que se repiten hasta el cansancio, pero que no tienen una aplicación práctica.
Cada cafre es diferente al otro, quizá sean diferentes especies, tan variadas -he de insistir- como los sustentos y realidades que construyeron a cada uno de estos personajes. Lo cierto es que existen múltiples opciones para que una persona termine engrosando las filas de los cafres. Cientos, miles, cada uno diferente al otro, pero todos comportándose de la misma manera, sumergidos en su mecánica cafrística, reproduciéndose, adaptándose, convirtiéndose en una fuerza de temer.

Tal vez ese sea su mayor triunfo, estamos empezando a temerles.

Decidí escribir sobre este tema porque en algún momento me cansé del constante ruido en redes sociales (otra vez este asunto) con el tema de los paros de transporte, la movilización, la resistencia civil, la "cultura ciudadana", y otros tópicos que necesariamente se desprenden de las aplicaciones prácticas derivadas del actuar de los cafres.

He de expresarlo quizá en un momento posterior, pero la vida está llevando a las personas a una sucesión de reacciones constantes a problemas inventados que tienen como objetivo el causar malestar de índole social, lo cual se refleja en estados temporales de indignación, llamaré a esto la dignidad impuesta de tipo virtual. Puede rastrearse en un determinado año, digamos en el presente, una serie de temas que sirven al corrillo propio de las redes sociales y que incluso traspasa a la opinión que se forma (ja) a través de la radio y la televisión. Así, pasamos de los dramas deportivos, a los aspectos coyunturales e intrascendentes de la farándula (criolla o no), e incluso varios temas de corte necesariamente político. Para la muestra puede tenerse la actual coyuntura en relación con la formación de los niños en los colegios y que incluye temas como la aceptación, tolerancia, diferencia, marcada a través de lo que implica la diversidad de género y lo compleja que resulta la educación en un ambiente rodeado de cafres, a quienes también he de añadir su excelsa condición como discriminadores, solapados, homofóbicos, y tantas otras condiciones derivadas de la continua desaceleración en términos de avance social, en tanto es como si estuviéramos retrocediendo a nuestras más profundas raíces camanduleras, conservadoras y en extremo facistas. 

En algún momento estuve al tanto de las vicisitudes de la dinámica propia de la ciudad que habito, la cual se ha empezado a llenar hasta el tope, y en la que las horas pico son un asunto complejo, y ya sé que es una situación a escala global, como consecuencia de la sobrepoblación, porque básicamente nos seguimos reproduciendo como los animales primales que somos, sin mesura y consideración con los recursos, en especial si los mismos no tienen una verdadera dinámica racional de distribución. Nuestra ciencia social es causalista y se encuentra sometida a las necesidades tecnócratas, en donde se pretende que las cosas respondan a un deber ser, correspondiente con un sistema perverso, al cual le tiene sin cuidado el otro, ese otro que se debate en las calles entre el crimen, la droga y la poca conservación de la dignidad. Eso hace al sistema indigno, pero bueno, siempre que se pueda defender de alguna manera al capital, pues todo vale. De esa manera, está bien visto la acumulación y el derroche característico de los millonarios.

Las herramientas con las que contamos nos llevan a cosas tan ridículas como la congestión vehicular, por la imposición de medios y formas a través de la deseabilidad y los preceptos aspiracionales, aun hay mucha gente por ahí con el "chip" marcado a través del cual su forma de éxito refiere a la posesión de alguna serie de cosas básicas dentro de las que se cuentan los vehículos, porque alrededor de los "centros de negocios" se establecen nichos habitacionales bastante costosos, puesto que quienes históricamente han hecho negocio especulando (además de los banqueros) han sido los dueños de las tierras, y por supuesto, los que se han dedicado a la construcción. Nuestras ciudades se han construido a base de opulencia y vanidad, de manera que el lugar especifico en que se vive, hace parte de ese componente especial al que he llamado aspiracional, que no es otra cosa que el deseo de demostrar que se es mejor que el otro. Así, las personas se encuentran identificados con un estrato, que marca o delimita su forma, estilo, clase social y tantas otras cosas relacionadas con su poder adquisitivo. Pero al margen de las divisiones que se dan entre unos y otros, entre ricos, aquellos que creen serlo y quienes están la mitad, junto con todos los tipos y naturalezas de pobres, los miserables, los paupérrimos y aquellos que están segregados y fueron mandados a los círculos de pobreza que rodean a todo centro urbano, porque es que somos una sociedad progresista que en realidad sigue funcionando en muchos aspectos como un feudo y en tantos otros refiere a una época colonial.

Por las anteriores razones, sumadas a las leyes básicas de oferta y demanda, muchas personas se ubican lejos, a distancias ridículas de sus centros de actividad, de producción y similares. La pobreza marcada aun de quienes aspiran a hacerse con los medios para tener antes que ser, no les permiten otra cosa que la adquisición de refugios totalmente por fuera de un radio racional de acción en relación con sus vidas. Habitan a distancias considerables, largas con respecto a su trabajo, sitio de estudio o similar, además están los horarios, lo que hace que todo el mundo concurra en sus actividades, el famoso horario de oficina marca las vidas de todas estas personas, y pocos afortunados gozan de la posibilidad de desplazamiento corto, o racional.

Así, los centros de producción se densifican de la manera más eficiente para permitir el crecimiento económico de los dueños de los medios de producción, aquellos verdaderos capitalistas de forma que un trabajador en un espacio de 4 m. cuadrados (si tiene suerte y no está reducido a 2 o 3), se hace rendir de forma tal que trabaje por un salario que le representa al dueño de esa fuerza laboral, al menos un 50% de plusvalía, y los tiempos relativos asociados al trabajo, corren por cuenta de este trabajador, de manera que todas aquellas horas de preparación y de efectivo recorrido hacia y desde el trabajo, no son recompensados. Por esto es que hay personas que salen de sus casas a las 6 de la mañana, para regresar a las 7 de la noche, y si contamos la preparación y disposición de sí mismos para irse a trabajar, tal vez esten en sus hogares tan solo unas 8 horas, que es lo mismo que se supone que deben dormir, nada de tiempo para el esparcimiento, absolutamente nada de tiempo para sí, solo les queda volver a preparar sus cuerpos y mentes para otra jornada de opresión.

Pero eso no es lo importante, lo que importa y me ocupa por ahora es lo que se refiere al desplazamiento. Existen recursos finitos, dentro de una franja reducida de tiempo en el cual muchas personas tienen que ir de un lugar a otro. Pero mirando las vías, las formas de desplazamiento, se ven muchísimos automoviles, todos ocupados por conductores solitarios habituados al transporte pausado, a la interrupción propia de una vía congestionada, al trancón, al taco.

Alguien me dirá que es un problema propio de todo el mundo civilizado, más allá de las consideraciones relativas a la perspectiva occidental u occidentalizada, o aquella propia de los países alejados de estas cosmogonías, es un asunto generalizado, presente en casi todas las latitudes, y que responde a la extrema pobreza de todo el mundo, puesto que quien trabaja, quien se encuentra obligado por cuenta del sometimiento de estos medios, modos y formas, es alguien necesitado, puesto que los demás, los dueños, los verdaderos capitalistas viven a otro ritmo, así también se vean atascados de vez en cuando, la diferencia es que tienen todo el tiempo, que no conducen si no que son conducidos, y que nadie, o casi nadie les recriminará por llegar o no llegar, por incumplir, mientras que el pobre, el de a pie, o el que a duras penas puede sortear los costos de un vehículo, vive aferrado a la suerte de poder prestarse al abuso de alguien, a poder ser sometido por el sistema, tiene la fortuna de ser explotado, tiene la fortuna de prestarse a una rutina, de tener horarios, jefes, responsabilidades y metas.

Esta entrada inició a través de los cafres, quizá juzgándolos o notando su existencia, pero no puede dejar de lado que el sentido cafrístico, que la naturaleza perversa de este ser esta rodeada a fuerza con toda esta serie de imposiciones. Así, es poca la esperanza que queda de una forma de cumplir, de una manera de hacer, que garantice una verdadera posibilidad de cambio, una luz al final del túnel, o una perspectiva de libertad, que resulte real.

Pensemos por un momento que el cafrismo no es responsabilidad de un gobernante de turno, no puede ser achacado a una política pública, no es una consecuencia del ejercicio de la acción del Estado, aunque si es un resultado de una sociedad tan canalla, que solo permite la generación de victimas y victimarios, en donde las circunstancias hacen que cada uno pase invariablemente de un extremo al otro, no hay respeto por el otro (por el ajeno), quizá porque no hay incentivos reales para lo bondad, y dado que las construcciones morales del cafre le dan por cuenta de un ser superior la posibilidad de pecar y empatar, o de justificar sus acciones en preceptos torcidos, en pensamientos absurdos que resisten a todo examen moral, y que por tanto no logran ser justificados ni en términos de justicia, ni mucho menos frente a la ética mínima que debe acompañar las relaciones sociales; entonces todo encuentra soporte moral, y ético.

Esta entrada iba a referir a problemas concretos de índole practico en relación con el establecimiento de las formas de funcionamiento, distribución y organización urbana, pero no pude tratarlos al pensar en lo injusta que es la base social sobre la que construimos lo que en ultimas rellena a cada cafre, al igual que a cada quien que no lo es, o quien responde tan solo de manera parcial a este comportamiento desviado que eventualmente se hace casi norma.

Esta entrada quizá siga, con un análisis especulacional (palabra inventada) en relación con la densidad poblacional, las especulaciones en tal sentido, los vehículos, los medios privados y públicos de transporte y la forma que mejor se me ocurre de solucionar todas estas cosas, y es que vean mis notas iniciales para esta entrada, iba por otro lado:

Medios privados de transporte: Automóvil (Carros, Motos), Bicicleta, Caminata.
Medios púbicos de transporte: Buses, BRT (Transmilenio), Metro.
Transporte de superficie, transporte subterraneo, transporte elevado
Modelos de Crecimiento y desarrollo Urbano: Celular, Arterial.
Sustentabilidad, impacto: Económico, Ambiental, Social.

Tal vez no sea a mí a quien le toque pensar una ciudad, en especial una llena de cafres, ¿no?

jueves, 4 de febrero de 2016

El cafrismo: Explicación no pedida, confesión de la mecánica de un pueblo nefasto y canalla

Esta, es una entrada muy seria, tanto como los problemas que en ella intento exponer.

Las últimas circunstancias de la vida de la ciudad en la que habito, al igual que un amplio buscar y rebuscar entre las opiniones, esputos, vociferos y expresiones de los habitantes de este terruño, me han llevado a considerar desde hace un buen tiempo, que vivo en medio de una cantidad insana de gente canalla, zafia, ruda, violenta, ignorante, rústica, grosera... gente cafre.

No se trata solo de quienes a diario viven a zancadas, empujones y atropellos, desatando su propio deseo de contacto con el otro a través de micro riñas por un par de segundos de ventaja, o un pequeño espacio en el cual apiñarse, abriéndose paso a como de lugar y abusando de esa complicidad miserable que se pretende luego de tener cada vez menos que dar y si mucho que perder. No ceder ni un milímetro, aprovechar cada momento, capitalizar la desidia o el cansancio ajeno, así se mueve el cafre, pero al menos el de a pie vive con algo de consecuencia y está (al menos en apariencia) dispuesto a confrontar a sus semejantes, incluso puede llegar a desearlo.

Pero al margen de todas estas personas faltas de educación y que por cuenta del poco espacio que la vida les da para realizarse, sometidos a los desmanes del capitalismo, esclavos de sus propias decisiones y de la rutina, viven en un completo enfrentamiento contra todos aquellos y escasos enemigos invisibles a los que pueden derrotar, no a los verdaderos, no a quienes los oprimen, y ciertamente no a sí mismos. Entonces, cada momento de cafrismo podría ser un minúsculo triunfo, apenas suficiente para compensar un carácter débil, una existencia febril y devastada. Pero basta de justificaciones, el cafre existe y persiste en su cruzada contra sí mismo y contra los demás, por la razón que sea.

No se trata solo de ignorancia, que es incluso un calificativo que ha perdido sentido y que se usa a menudo para descalificar al otro, una herramienta del cafre para señalar a aquel que no piensa de su misma manera: "ignorante" es el nuevo "campesino" o "palurdo", porque estos otros significados recibieron el suficiente rechazo social como para haber sido escondido por conveniencia, por esa absurda forma de remendar todo a expensas de insertar algunos cambios en el lenguaje cotidiano, para hacerlo políticamente "correcto" o adecuado. El desconocimiento sistemático del otro, de la realidad, de la historia, no es ignorancia, es al menos una impedimento social cognitivo de la peor naturaleza, porque está sustentado en la voluntad de no aprender, de no conocer, de no saber.

El cafre entonces se rodea de una falsa confianza, de una seguridad manifiesta en que lo que hace, expresa, vive, hace parte de un deber ser adecuado, política y moralmente correcto y esto se agrava cuando tiene el descaro de atribuir su comportamiento a los seres superiores en los que cree. De esta forma se crean los peores tipos de cafres, aquellos que sirven en teoría a una deidad que predica amor, respeto, tolerancia, pero quizá solo entre ellos mismos, en donde el afecto hacia el prójimo no pasa de ritos desgastados heredados culturamente y de una serie de consignas que se repiten hasta el cansancio, pero que no tienen una aplicación práctica.

Mi intención no es desviarme de la realidad del cafre, quien también puede encontrar un sustento moral simplemente en construcciones derivadas de cualquier otro tipo de creencia, pero que en todo caso tendrá algún tipo de base moral que le servirá para justificar sus canalladas, con ideas sobre explotadas aunque poco desarrolladas sobre el bien común, la justicia, la equidad, el amor y la conservación tanto de la especie como del medio en que se habita.

Dejando de lado a toda esta suerte de cafres, con distintos perfiles, procederes, trasfondos y naturalezas, he de centrarme en los hechos que dieron origen a mi inquietud por escribir sobre este tema. Como con algunos otras reflexiones, la concepción de la idea del cafre fue consolidandose a través del devenir de las redes sociales, y los espacios de opinión de otro tipo de portales noticiosos o de información.

Es del caso recordar que por cuenta de la masificación del internet se le ha dado a múltiples personas la opción para expresarse, en donde claramente se encuentra la muestra poblacional cada vez más creciente de cafres. La expresión en un contexto de entorno virtual o digital apareja una serie  de ventajas, propias de la personalidad difusa de carácter digital, lo que facilita la actitud irresponsable de estos individuos, quienes se comportan conforme con aquellos límites que seguramente se han impuesto en su propia vida, quizá como aquellos seres diminutos, sometidos en cada etapa de su cotidianidad con solo una que otra (pequeña) posibilidad para dejar salir sus frustraciones, a través de algo como las opiniones que en su mayoría de veces están cargados de odio y con ataques dirigidos a alguien en particular que ha osado expresar su propia opinión.  Ya volveré a este punto, sobre los cafres, y su forma de expresarse.

Imagen liberada de Copyright, tomada de https://pixabay.com/
Existe una transformación simbólica importante que se ha dado como resultado de la interacción social en internet y parte de la naturaleza de la información. Esta es emitida por personas, entidades u organizaciones, muchas veces sin una adecuada determinación de fuentes y naturaleza. De esta manera se confunden las editoriales con los sucesos, y las opiniones con las críticas humorísticas. Lo peor sucede cuando los encargados de ilustrar o exponer, de dar a conocer los hechos que circunscriben el diario vivir, lo hacen de una manera parcializada, a través de supuestos (y elaborados) "análisis", lo que resulta peligroso dado que la función de los comunicadores se ha transformado para dar paso a una predigestión de la información, de forma tal que llegue con un mensaje política o comercialmente adecuado según los intereses del capital que se encuentre detrás.

Se trata quizá de un problema de lenguaje, de semiotica y discursos, lo cual se hace claro cuando en ciertos casos estos comunicadores otorgan etiquetas, lo que resulta peligroso en virtud a que la opinión pública tiene poco de formada y no se hace a un criterio personal, sino que usualmente repite y hace introspección de lo que le llega, de manera directa, porque los medios han hecho una explotación carismática de manera elaborada y como consecuencia de la misma cultura popular se ha 'celebrizado' y elevado por tanto la categoría social, de quienes aparecen detrás de los micrófonos y especialmente de las cámaras.

Los medios de comunicación entonces, se convierten en un poderoso factor de hegemonía cultural, en focos de dominación si se quiere, y este no es un discurso "de esos", en tanto mi posición es simplemente una crítica a las formas de construcción de discursos y consensos. Poco se hace para que lo que comunica esté revestido de diferentes ángulos, de imparcialidad, y en los casos en los que está, se hacen vastos esfuerzos editoriales por cargar la opinión hacia un extremo que resulte coherente con una determinada perspectiva política, la cual de paso lleva inmersa una gama de intereses, dictados por los circulos de poder conexos a esa corriente o idea política.

En este caso se ha hecho bien el trabajo, la opinión se encuentra absolutamente polarizada, pero quizá no de una forma estrictamente maniqueista, pero si de una forma en que existen unas posiciones "válidas" y unas cosmovisiones que son naturalmente aceptadas, y no me refiero solo al rechazo por solidaridad mecánica de los comportamientos que resultan aberrantes, detestables o censurables desde nuestra concepción moral a escala de sociedad, sino de aquellas ideas o estructuras de pensamiento que por cuenta de los problemas anteriores son precalificadas y en esencia rechazadas por cuenta del manejo de la información. Aquí basta recordar las dinámicas de exclusión, de manejo de las diferencias y el reconocimiento de las semejanzas, que a nivel social lleva a la configuración de bandadas, grupos, colectivos e incluso tribus.

Hacer y lograr identidad es fácil, y tiene que ver con la forma natural en que los seres humanos como individuos y sociedad, se integran para afrontar de mejor manera los diferentes retos de la cotidianidad, de manera que no es nada novedoso el que las personas se agrupen, no obstante, lo que resulta curioso es la calificación y clasificación del otro a través de dinámicas personales, que en el caso de los cafres refieren a formas canallas y ruines de encuadrar al otro para facilitar su ataque.

Cuando empecé a pensar en escribir sobre el cafrismo, tuve en cuenta una serie de ataques mediáticos u opiniones si es del caso, o información de análisis que suele confundirse con hechos de carácter informativo, puesto que al menos como lo he manifestado desde líneas anteriores, a mí me queda la duda del verdadero papel de los medios de comunicación y del carácter de la información que es recibida por los consabidos cafres. Entonces, de mi observación he visto que muchas de las demostraciones de cafrismo (en internet al menos) se dan en los escenarios políticos, aquellos foros de discusión virtual derivados de artículos de opinión, así como de portales noticiosos.

No hay un solo articulo que se refiera a hechos de actualidad, que exprese la opinión de algún columnista en materias de política, Estado, Nación o similares, que no contenga toda una serie de comentarios explosivos, reaccionarios y con un animo no solo de controversia, sino de verdadero enfrentamiento. Si alguien da una opinión que contiene una desaveniencia contra lo expresado por el común denominador de los foristas, entonces se produce un primer ataque, los calificativos están a la orden y los insultos también. Pensar diferente de otros es claramente una ofensa capital, con todo y que muchas concepciones y cosmovisiones parecen haber sido sacadas de algún lugar oscuro y desolado, probablemente muy disimil de un cerebro humano. Sin embargo las discusiones se salen de tono y usualmente se convierten en una verdadera pelea por cuenta de quien "tiene la razón" o es dueño de la verdad.

Todos nos equivocamos y nuestra posición política ciertamente está determinada por lo que consideramos que es lo mejor, lo correcto en términos del bienestar general, así como del progreso y el desarrollo científico, social y cultural. En un escenario ideal, las personas expresarían sus argumentos a favor de una u otra posición, pero las personas (en especial los cafres) son muy ligeras cuando se trata de mantener una posición política, y esto tiene consecuencias nefastas para el desarrollo social y deja en entredicho conceptos como la democracia, la libertad de expresión y otras consignas que fueron logros históricos para conseguir esa paz duradera de la que Kant tantas veces habló, pero que es una falacia, al menos en internet.