Mostrando las entradas con la etiqueta diatriba. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta diatriba. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de mayo de 2019

Retomar como por quinta vez

Hace más de un año que no escribo nada en este blog. Muchas veces he pasado por periodos similares de falta de alimento a este sitio que, realmente, es el precursor de todos mis demás escritos. Así, tal cual. No he dejado de escribir, solo lo he hecho de forma metódica ante compromisos y no por terapia y gusto principalmente. Incluso he comprobado, nuevamente, la angustia que implica el hacer algo de forma profesional. Esto es lo que genera ansiedad y complica la vida de todo tipo de artistas, a pesar de lo liberador que es el arte en general. Nos han vendido la idea, al igual que muchas otras, de que la felicidad es el punto máximo de inflexión de la constante que es la vida, una meta alcanzable de hedonismo en la cual lo que se busca es la satisfacción y un ocio activo que está acompañado siempre de alguna otra experiencia, todas de carácter aspiracional. Por eso quienes más captan likes en redes sociales son aquellas personas que nos enseñan la vida como debe ser, al margen de que en realidad su vida sea vacía o no encuentre un sentido mayor que el de la necesidad continua de aprobación por cuenta de estar "compartiendo" su vida, mostrando su éxito, porque este último es adictivo y atractivo de forma que al margen del tamaño de tu pene o de tus músculos, si eres exitoso, tendrás tanto sex appeal como si tuvieras rasgos perfectos y un abdomen de película de superhéroes.

Hoy me cuestiono sobre el ser y el deber ser y sobre las posibilidades de la consciencia, que mengua, que se adormece, pero que eventualmente lo remueve a uno de nuevo para salir del anestesiado ritmo de la cotidianidad; porque el ruido, la gente, el afán, la ansiedad pueril de todos, lo único que hacen es someter. Derrumbar y destruir.

lunes, 5 de marzo de 2018

Lunes sin color

El lunes azul (Blue Monday) es tan ridículo como el viernes negro (Black Friday). Los días no tienen un color como tampoco una categoría. Sin embargo, para este mundo (moderno) que solo puede ser explicado a través de infografías y de conceptos rápidos y contundentes, quizá lo mejor sea dar a cada cosa, a todo, algún carácter simbólico que lo haga inconfundible. Pues sí, aquel lunes de enero puede llegar a ser el más tiste del año y en sí cada uno de los lunes del año pero creo que para el común de las personas (los convencionales) todos los lunes son amargos, tristes, difíciles.

A veces entiendo el malestar de las personas por cuenta del inicio de la semana laboral. Quizá tengo algo que ver con mi propia condición, con lo que tengo para hacer, con aquello a lo que me enfrento dentro de una rutina que no es la ideal o a la que quizá ya no encuentro el chiste.
Tomado de: https://pixabay.com/es/dolor-de-cabeza-el-dolor-la-cabeza-1910649/
Solo al intentar escribir este texto tuve al menos un par de interrupciones, sin contar con el continuo resonar de los teclados, los eventuales clics de los "mouse" y todo lo demás que solo contribuye a la cacofonía de ruidos que no lo dejan a uno concentrarse del todo. Que son la pesadilla de la oficina moderna. Sin contar con quien no ha aprendido lo mínimo del respeto y tiene, además, su celular con todas las notificaciones a todo volumen (la semana pasada alguien acá tenía esto tan duro que hacía eco en todo el piso).

Este ritmo de vida, este frenético resistir, aguantar, soportar; ha puesto incluso en peligro mi vida. Mi cuerpo no está hecho para lidiar con este tipo de cosas. No soy un ser convencional, tampoco parece que perteneciera a este tiempo y a veces simplemente me pregunto si mi forma de ser no es anacrónica, si no se ha perdido en la corriente del tiempo y pertenece al mismo recuerdo al cual lo hará esta entrada una vez sea publicada.

Así las cosas, este lunes no tiene ningún color. Es un día más de la semana y aun cuando pueda coincidir de manera detestable con lo que siento, con los achaques de la salud y la convencionalidad, no tiene nada que ver en sí y por sí. Es hora de dejar las estupideces de un lado y dejar de absorber los mensajes de las etiquetas que nos han impuesto. Claro, catalogar, etiquetar, nombrar, son cosas importantes dentro de la economía de la reflexión, para no detenernos ante cada instante de consideración objetiva, para no pensar de más. Pero tampoco debe ser una excusa para dejar de pensar.

viernes, 2 de marzo de 2018

Viernes de falta de ganas

Viernes. Sí, lo es, de nuevo. Ni más faltaba, el tiempo pasa, tiene que hacerlo, no tiene de otra.

Y es fácil entender por qué cada vez es más pesada la semana de trabajo. Quizá sea porque ahora que mi vida se encuentra satisfecha en aquella dimensión del ser que me resulta más satisfactoria sin que sea individual, pues los fines de semana no son solo descansos si no momentos añorados en que salgo casi que corriendo a buscar aquello que anhelo. Todo lo lleva a uno a esto, a buscar con desesperación el salir de la rutina, el dejar de ver todo lo que no es tan satisfactorio En cierta manera escapar, porque hay un límite de tolerancia para la confrontación, porque tampoco es bueno quedarse a sufrir con las consecuencias de una vida sin sentido, o de una existencia fútil que, de una u otra forma, requiere de respiros.

Aún siguen sin significar gran cosa para mí estos días, pero el sentimiento de desidia generalizado también se contagia. Las malas energías se pegan y resulta uno cubierto hasta la cabeza de cosas que ni se esperaba, lleno de todo lo que otras personas emanan aún sin darse cuenta. Y es que este es el común denominador, no darse cuenta, ir por ahí sin ser, tan solo existir.

Quisiera que fuera diferente, pero mi cabeza a veces no da para tanto. La madrugada la falta de una buena rutina de ejercicio o aquellas salidas creativas que para mí son fundamentales. Todo esto hace que la vida se complique, que se llene de aquel ruido al que ni siquiera puedo escapar con los audífonos, uno que parece que emanara desde dentro de mi propia cabeza. Así, tengo que lidiar con los demás, con el clima, con la contaminación y con mi propio desgano porque hoy es viernes.

Pero mañana es sábado y por fin podré tenerte en mis brazos D.D.

martes, 20 de febrero de 2018

Un tiempo para todo y para todo quizá haya un tiempo

Esta es quizá otra de tantas entradas que se ocuparán de lo mismo y que tiene que ver con lo que ya dije en mi diatriba contra el internet y las redes sociales. Hablé del tiempo que consumimos en redes sociales y de lo mal que eso nos deja eso plantados en la medida en que si ya es suficiente con todo lo que nos oprime y esclaviza internet, pues peor es si se tiene en cuenta que nuestro escaso tiempo libre se está yendo en consultar una y otra vez el feed de nuestras redes. No obstante, este es un problema que trae otro más grande de lado y por el cual últimamente sufro bastante (y el hecho de que pueda llegar a ser muy dramático no tiene nada que ver). Siento que las redes esclavizan, que el móvil es un lastre terrible que llevamos a cuestas con más tristeza que cualquier otra pena en vida.

Y es peor porque nosotros mismos escogemos el peso y calibre de nuestra cadena. Nos encanta escoger aquel nuevo modelo que estamos seguros de que quedará obsoleto en unos meses. El aparato que, aún con un uso medio (normal), no tendrá más que unas horas de vida dentro del día y que nos hará perseguir cualquier asomo de corriente eléctrica como si del aire se tratara. Y es que la angustia de dejar el teléfono en la casa, la ansiedad de que aquel se encuentre a punto de descargarse; esos, son males con lo que quizá ninguno de nuestros ancestros soñó (o tuvo pesadillas para este caso). Esta tecnología nos facilita la vida, nos permite hacer muchas cosas que antes eran mucho más difíciles. 

Todo lo podemos documentar, pero entonces dejamos de disfrutar con nuestros ojos y lo único que hacemos es tomar videos para las redes sociales, porque esos nunca los volvemos a ver. Le sacamos miles de fotos a los sitios que visitamos y en la mayoría de oportunidades nos metemos en estas para que quede prueba de lo que hicimos, para que quede constancia y le pueda doler a otro, el que nosotros sí visitamos este y otro lugar. Dejamos que la comida se enfríe, aguantamos un poco más de hambre solo para documentar lo que estamos a punto de comer. Y qué decir de todas aquellas reuniones sociales en las cuales se dispone un tiempo largo para las imágenes que tampoco nadie verá, más que cuando se les "etiquete". Tal vez a alguna persona le sirva para dañarse el rato, para hacer show, para acrecentar sus celos.

Pero lo peor es la idea de estar disponible todo el tiempo para todos. No se trata solo de que ya de por sí cargar el móvil permite que nos llamaran a toda hora, si no que además se tiene la facilidad de ser encontrado en cualquier momento, en casi cualquier lugar. Sin embargo, para mí lo peor es que siempre nos puedan escribir, siempre nos puedan dejar un mensaje que tiene forma de ser controlado. Se le avisa a su emisor si llego al aparato de la persona en cuestión e incluso puede mostrarle si fue leído. 
Tomado de: https://pixabay.com/es/cadena-herrumbre-hierro-metal-566778/
No hay entonces, nada más esclavizador que el maldito WhatsApp con sus chulos azules y su inexorable capacidad para que se hagan grupos con cualquier propósito. Ya no nos pueden dejar tranquilos. Damos el número de móvil para que nos contacten, sí. Pero aquel otro se cree con la autoridad de escribirnos en cualquier momento, de interrumpir nuestras deposiciones, de dañarnos el rato con la pareja, de molestar cuando estamos concentrados trabajando y muchas veces de alterar el ritmo normal de nuestras vidas. Claro, usted me dirá que cómo rayos no le contesta a su progenitora esos buenos días que le envía a las 7:30 a.m. Y yo tendré que decirle que antes uno tenía que esperar a ver cuando podía ver a su madre para poder hablar con ella. Eso quizá no sea del todo una bendición, pero tanta conexión de mentira, tanta facilidad para comunicar de manera "instantánea" el amor, le quita un poco de chiste al mismo. Este se da por sentado, se entiende inmediato, ahí al alcance del ridículo patrón de desbloqueo que le hayamos puesto a nuestro teléfono, de poner la huella. Es lo mismo que pasa con la información: ahora todo se nos olvida porque ¿qué tan fácil es consultarlo en Google?

Tanta facilidad nos ha hecho perezosos para amar, para pensar, para disfrutar. Nos resulta tan sencillo escribir a nuestras personas cercanas para contarles cualquier estupidez, para compartir nuestros más ridículos pensamientos. Pero lo ideal sería que tuviéramos en cuenta a quienes son más importantes para nosotros y les dedicáramos un espacio. Porque lo que enseña esta modernidad es que puedes tener muchos amigos que lo son porque están dispuestos a chatear contigo, porque pueden servir de apoyo en cualquier momento de soledad y aburrimiento. Aquellos espacios modernos en los cuales nos sentimos sin algo para hacer, desprovistos de cualquier otro esparcimiento que no involucre precisamente al móvil.

¿Será necesario? No lo creo. No pienso que necesitemos de ver las historias de otras personas a las que ni siquiera conocemos, es más, tampoco de las personas a las que en cambio si conocemos. Deberíamos de vivir historias con estas personas. Deberíamos de medir mejor nuestros amigos, porque estos no lo son por tener una excusa para escribirnos a cualquier hora, o en razón a que nos envían memes o porno. Nuestros amigos son aquellas personas con las que disfrutamos estar, con las que nos nace hablar, compartir algo de nuestras vidas. Pero quizá el problema sea ese, que cuando subimos aspectos de nuestras vidas a las redes sociales estamos convencidos de estar compartiendo, cuando lo que estamos haciendo es alimentando el morbo del colectivo, generando ansiedad y envidia en otros y en todo caso aislándonos más, al tiempo que nos perdemos en aquel océano de información en el que parecemos hundirnos sin darnos cuenta y en el que nuestra necesidad vital es a la vez la necesidad por algo que nos daña y nos condena.

viernes, 2 de febrero de 2018

Diatriba contra internet y las redes sociales

Cuando comencé mi primera entrada sobre los efectos del facebook en la vida de las personas, recuerdo que estaba sufriendo de manera paulatina por cuenta de su influencia aun cuando en realidad era poco lo que resultaba "dañando" mi vida. En efecto, se trataba de un efecto creciente que muchos hemos podido llegar a mitigar con algunas precauciones tanto o más agresivas según el nivel de relación que tenemos. Y claro, es que llegado el caso uno debe aprender a alejarse de todo aquello que le resulte tóxico, que amargue su vida, que contamine su paz, que la mine de alguna manera. Lo bueno es que se puede vivir sin publicar todos y cada uno de los pensamientos superficiales que pasan por la cabeza de uno, se puede existir sin anunciar a todo ese enorme cúmulo de personas del internet lo que está aconteciendo con uno. Creanme, no es necesario, no todos esos contactos que tenemos son en realidad "amigos" y todos aquellos que creemos amigos, tampoco lo son. Nuestros conocidos, los compañeros de trabajo, los eventuales compañeros de estudio, no son más que gente pasajera en nuestras vidas. Pero nosotros nos encargamos de hacerlos algo más permanente, de no dejarlos ir.

Quizá sea un asunto de soledad, o de la necesidad del ser humano de buscar aprobación, aceptación, de sentir que estamos solos en el universo y que además somos un grano de arena en aquella playa miserable en la que para distinguirnos tendríamos que ser capaces de cambiar el mundo. Para dejar huella, para expresarnos, al parecer tenemos que tener todas las redes sociales posibles y compartir todos nuestros sucesos en ellas. De lo contrario es posible que desaparezcan.

Hoy en día todo es una red social, todo son estados, y lo que antes podia llegar a ser criticado con respecto al "qué estas pensando" del Facebook se trasladó a una serie de historias que no son otra cosa que la necesidad de la gente, como dije, de buscar aprobación frente a todo lo que hacen.

Tomado de la página de facebook de Pictoline, porque: ironía.
Cada cual sabe la vida que tiene, cada uno la vida que se da. Pero las historias de las redes sociales, las imagenes con etiquetas geo localizadas, no muestran las facturas por pagar, no muestran el estado de la cuenta de ahorros, ni el estado de endeudamiento de las tarjetas de crédito.

Depresión y ansiedad, en efecto, eso es lo que causan las redes sociales. Yo mismo he pasado por ahi y es la razón por la cual durante el final del año anterior y principios de este me alejé de las mismas. Muchas personas compartiendo las fotos y videos paradisiacos en los que yo hubiera querido estar. Y mientras en mi caso no existieron tales vacaciones, sino un cortísimo periodo de inactividad por cuenta del desempleo, pude ver como otras personas se detuvieron al menos durante dos semanas, otras durante todo un mes. Claro, quizá tenga que ver con que mucha de la gente que es muy activa en redes aún están en edad escolar, su vida universitaria es el disfrute. El tiempo libre es una constante, aún en las epocas de estudio, y por supuesto están las vacaciones, que son casi cinco meses al año, porque los semestres academicos en realidad son de apenas 4 meses o menos.


Alguna vez indiqué respecto de facebook, que su semilla se había venido cultivando en casi todas las personas "sin reparo de edad o condición social y ha creado toda una cultura detrás de este modelo de negocio que mucha gente no entiende; y es que nada en el mundo es realmente gratis, pese a que nos han vendido la idea de que en internet todas las cosas están dispuestas enteramente para nuestro disfrute". Pues bien, eso hoy en día es cierto incluso de otras redes como Instagram, Twitter, Snapchat y por supuesto el temible WhatsApp.


Basta hacer un examen del tiempo que consumimos en consulta del feed de Facebook o Instagram para darnos cuenta de que algo está mal. Y de Snapchat no hablaré porque a pesar de conocer lo infame que es, no he sido capaz nunca de instalarlo, me parece algo eminentemente adolescente y el hecho de que sus filtros y estados se hayan esparcido como una infección hacia todas las demás redes sociales me hace temerle.

Entonces, gastamos más tiempo del que tenemos para ello en ver estados, y estos cada vez son más sosos y poco interesantes, pues la gente ya relata cualquier estupidez de su cotidianidad como si esto fuera un momento de verdadera exaltación, algo para admirar o celebrar. Y sí, quizá esto pueda llegar a ser así en el caso de estas personas que tienen vidas realmente interesantes, los que quizá, en virtud de lo mismo, tengan millares de seguidores. Sí, de eso se trata la vida, de que nos podamos medir según la cantidad de personas que estan dispuestas a celebrar cuanta estupidez hagamos. Cuando usamos las redes como medio o forma de expresión de nuestro cuerpo (las fotos lindas que comparte esa gente que es esteticamente agradable), o de nuestro espíritu (cuentas de fotografía, arte o música).

Y es que no todo puede ser malo. Ver arte, o las expresiones del espíritu de otras personas es estimulante, despierta la creatividad y lo llena a uno de alguna manera. Lo bello, aquello que cumple con nuestras necesidades estéticas siempre tendrá cabida en nuestras vidas. Pero no pasa lo mismo con esas contínuas selfies, fotos con amigos y estados, cientos de miles de estados en que se le muestra a los otros lo mucho que se "disfruta" la vida. ¿Es necesario? No lo sé.

Yo mismo he pecado por consentir el eterno devenir de las redes y adaptarme a ellas en algunos momentos de mi vida, pero a mí me causan aburrimiento luego de algún tiempo o simplemente me saturan. Hoy en día uso Facebook como fuente de información y para encontrar memes, infografías y cosas de poca duración que resulten entretenidas, que me entretengan, a pesar de que yo soy capaz de entretenerme con tantas otras cosas. Me gusta la imagen, el arte, la fotografía, por eso siempre he tenido un gusto por Instagram, pero las historias son tediosas y muchas veces lo único que hago es pasarlas para evitar aquella notificación naranja que perturba mi TOC.

Me he beneficiado en más de una ocasión del chat presente en todas y cada una de estas redes sociales, pero también me encuentro sometido por la aplicación de chat por defecto, aquel maldito WhatsApp que es usado por todo el mundo para mantenerlo a uno controlado. Desde las personas del trabajo para hacer que uno trabaje en horas y momentos en que debería estar descansando hasta para lidiar con el aburrimiento de otras personas, que, por supuesto, pretenden que uno esté disponible siempre. ¡Siempre! El móvil, el celular, es un instrumento esclavizador, hay que ver todas las veces que en el día volteamos a observarlo, a veces con la única intención de consultar la hora, y otras tantas por cuenta de las malditas notificaciones. Y es que hasta las Apps vienen programadas para que se nos notifique en el momento en que las tengamos descuidadas. Tal vez no les haya pasado y eso significa que son más adictos al teléfono y a las redes que yo, pero cuando no consultan las redes en muchas horas o días, estas les producen notificaciones indicandoles que "x" o "y" persona han subido contenido que no hemos visto. ¿De veras? Y la configuración de notificaciones se ha hecho oscura, compleja, de forma que ya no es posible dejarlas de lado, o al menos a mí me resulta mamón el buscar cómo.

Ya en mi reflexión sobre Facebook lo había dicho, que cada cual usa estas herramientas como mejor le conviene a usus "instintos, perversiones, pasiones y modos; Y es que mucha gente necesita un escape de la realidad, la cual satisface a través del computador, protegido por la complicidad del anonimato, escudado por el silicón y los micro circuitos". Allí en internet, donde mucha gente "construye su personalidad como mejor desea que la vea el mundo, a la final es tan solo es una forma de satisfacer el morbo –sabiendo de otros- y la necesidad de mostrarse al mundo, ya que parece un mal de época el querer destacarse -¿exhibicionismo?-".

"En un universo -el internet- donde confluyen múltiples niveles de discurso, diversidad de género, edades, y condición social, es natural que se presenten roces, altercados y verdaderas hecatombes; La intención allí se desdibuja, no tiene sonido, no tiene emoción, no tiene cuerpo, no tiene alma, no tiene nada". Basta recordad que nuestro mundo cada vez carece más de naturalidad, no hay arraigo cultural, tan solo expresiones seudo proteccionistas y liberarles respecto de las reivindicaciones culturales; cosas de moda (maldita modernidad). Existen fallas profundas en la educación básica como ya lo indiqué en aquella vieja reflexión "de esa [educación] que nos enseña a pensar y a tener “competencias” desde el parvulario". Las redes sociales entonces, tanto como lo es -y sigue siendo- Facebook, son herramientas limitadas y limitantes respecto de la comunicación, que no le permiten a la persona ver "más allá de sus posibilidades sociales". Se nos obliga a compartir, se nos condiciona a pensar en términos de lo que hacen los demás, a desear su status, a buscar vivir esa otra vida que se desarrolla en otras latitudes, que es feliz porque nadie se toma selfies con su peor cara o al menos con su cara normal. Todo esto es una mentira, y si llegará a ser verdad, pues es la verdad de otra persona con menos limitaciones y problemas, que quizá gozó de suerte, de dicha, de dinero (quizá).

Yo los invito de nuevo a dejar a un lado el móvil (teléfono celular) en especial cuando estamos con nuestras personas especiales. No carguemos con el chat, las redes sociales, la aprobación, las historias, los estados y los "me gusta", durante todos y cada uno de los momentos de nuestras vidas. Instagram no nos ayuda con las deposiciones, Facebook no nos facilita el baño, Whatsapp no ayuda a que las charlas con nuestros cercanos sean más siginificativas. La pantalla no acelera la digestión ni la mejora. Dejemos de ser zombies sometidos a las notificaciones. Olvidemonos durante un momento al día de aquella cosa.

Cerremos los ojos, reflexionemos sobre lo que en verdad nos hace falta, más allá de las imagenes de bellos, famosos y exitosos, más allá de las selfies, de los paisajes y de las historias de felicidad de otros. Vivamos nuestras propias historias y guardemos estas para nosotros mismos, volvamos al placer de la intimidad, a la complicidad de ese momento del que nadie más supo, aquel instante, aquel momento que es solo nuestro, que no necesita de alguien más, porque somos seres completos y no estas marionetas huecas que requieren a toda hora la aprobación de alguien más. No funcionamos con un "me gusta" como combustible, lo que necesitamos es amor, afecto, tanto propio como de otros, y real, porque ningun emoji reemplaza a ese beso que lo deja a uno temblando y con calor en el cuerpo, y ningun "me gusta" es tan reconforntante como ese abrazo que lo transporta a uno y le hace sentir que todo, todo, va a estar bien.

lunes, 15 de enero de 2018

Maldito año nuevo

Maldito año nuevo.

He decidido desde hace un tiempo que me encanta maldecir, es algo que se me da bien tanto como pocas otras cosas. Y quizá es que el verdadero talento me sea esquivo, o tal vez esa cosa no exista y por tanto no pueda, por más que lo intente, alcanzarlo.

Como sea.

No soy bueno para esto de los propósitos de año nuevo, pues este tema del año es tan aleatorio como puede ser y parte de la decisión de alguien, al igual que el mismo número del año en que nos encontramos. Y es que damos por sentado tantas cosas y lo que sucede es que nuestra vida es dictada. Corresponde con lo que nos dicen, lo que nos enseñan, a agachar la cabeza y a hacer caso.

La vida es eso que pasa mientras aprendemos a decir: ¡NO!

domingo, 24 de diciembre de 2017

Maldita navidad

Cada año esta "fiesta" es más perversa, inicia más temprano y erosiona más mi paciencia. Se comporta de la peor manera posible conmigo y me hace sentir que nada ha cambiado, que aún sigo siendo aquel infante con fastidio de que para poder estrenar una nueva pieza de ropa, luego de varios meses, tuviera que aguantar un espectáculo complejo, una tragicomedia amenizada por el alcohol y las malas decisiones. Compartir con alegría, compartir en familia para evitar los problemas, hacer buena cara y evitar cuestionar cualquier cosa.

Pero esto no es nuevo para mí, ya lo decía desde 2007:

Todo esto de las fiestas, no se ustedes, pero a mi no me gusta; es el colmo de la hipocresía. Una que nos enseñan desde pequeños, cuando tenemos que portarnos bien para que nos compren el muñeco de moda o la muñeca, o el juguete en todo caso que nos han vendido todo el tiempo en la tv. Todo eso para que después le salgan a uno con poco mas que un par de medias y un juguete parecido pero no igual al querido. Así las cosas, queda claro que lo que hacemos "bien", es solo una excusa para poder recibir a cambio algo; es el colmo del mercantilismo en donde tenemos que poner un poco de guirnaldas, moños, el árbol, que el pesebre y otro montón de cosas, que si no compraramos, a lo mejor podríamos pasar unas mejores fiestas; Celebrando con un muñeco de una construcción progresiva de un imaginario mercantil y gringo, algo que no nos pertenece, en donde se corresponde con una blanca navidad; cuando no hay nieve en el trópico, y reitero como lo leí por ahí de un señor ::W::; el granizo NO es nieve. Entonces, ¿que nos queda?, unas fiestas que son la excusa para gastarse un poco de plata y que al menos en mi caso es salir de la rutina para entrar en algo peor, en una etapa en que algunas personas siempre se encargan de deprimirme y de dejarme en la peor de las condiciones por el hecho de que para ellos las navidades son una época hermosa y alegre y claro, la alegría debe ser lograda a partir de la miseria y la tristeza de otros; así es; Simple. Por eso yo los invito a compartir distinto, a acercarse a los suyos todo el maldito año y no solo al final con la excusa del regalo, a comer delicioso y en familia siempre que se pueda, a dar y a esperar un abrazo siempre y no porque estamos contaminados del espíritu festivo del viejo barrigón de mejillas coloradas.

Vivan a su modo y hagan las cosas porque se les da la gana y no porque las fechas asi lo ordenan o simplemente es "cool" o esta "in"; La moda ya nos tiene lo suficientemente jodidos; Mas bien, descansen; yo, estoy pensando seriamente en pasar esas fechas, Solo.

Y volví a ser grave para 2009:


Y si, históricamente estas fiestas (con esto me refiero a la navidad, ni más ni menos) me deprimen, me molestan; esto por muchas razones, tanto por la anestesia personal de cada cual, ejemplarizado creo yo en especial por la alegría extraña que emana de las personas quienes ayudados por los medios creen esta una época especial y llena de cosas para compartir y en el cual la regla por defecto es la felicidad (cosa que no puede estar más lejana de la verdad).
Pues bien, yo creo que lo natural en las personas usualmente es la miseria, otra cosa es que podamos llenarnos de motivos para sonreír y eso contribuya a sacarnos la sonrisa del diario, esa dosis de tranquilidad y relativa alegría necesaria para pasar cada día, para algunos cosas tan simples como el café, para otros complicados hechos y consecuencias que más tienen que ver con sus intrincadas frustraciones que con lo simple que puede resultar estar bien. Cada cual se siente bien a su manera o disfraza su miseria para que los demás vean ese disfraz de felicidad, y en este mundo en donde ser feliz es resultado de tener éxito, pues es muy bueno mostrar nuestros logros, y más si por alguna razón nuestros dientes colaboran.
Pues bien, es normal de una u otra manera, pero se vuelve tan común, tan cotidiano en estas fechas, que de alguna forma resulta ridícula; se encuentra sustentada en cada esquina con algo postizo, con un adorno altamente contaminante, con un sentido alienado de lo que es una celebración, traducida en la irresponsable forma de hacer las cosas, como el ejemplo de la energía eléctrica usada en las lucecitas, desperdiciándola, sin importar tantos problemas ecológicos, ambientales, que podrían mitigarse si se decidiera hacer una fiesta sin ellas, pero todo el mundo se limita a decir "tan lindo el alumbrado", pero detrás de eso hay mucho de daño, y los que vemos el daño y no gustamos de las cosas brillantes, ni nos deslumbramos por los colores vivos, somos tachados de raros, asociales o cualquier otra cosa que se le ocurra a alguien y que pueda a uno asociarlo con el Grinch.
Pero no solo se produce daño ambiental en estas fechas, el daño psicológico también es muy real. Si, a la mayoría les resulta simpático ver a sus familiares, que les den regalos, viajar, que les den regalos, comer cosas especiales, que les den regalos, bailar o pasársela de rumba, que les den regalos, tomar hasta enloquecerse y ¿por qué no? ¡Que les den regalos!; pues bien, a mi no me parece, no me gusta, me deprime (y de hecho las últimas vacaciones fueron un ejemplo de lo malo que es hacer todas esas cosas anteriormente listadas, aún el viajar resultó poco gratificante).
Es una completa mascarada, un circo como muchos de los esquemas sociales humanos, se dice que andas compartiendo pero en realidad es una de las realizaciones del ego, se busca tomar (yo), bailar (yo), que me regalen (a mí, osea yo) con lo cual esto desata sensaciones tan superficiales que después traen un vacío, uno tan complicado que hace que mucha gente se sienta mal cuando recupera su rutina, y lo peor es que por conveniencia terminan culpando a su vida normal y la pesadilla de rojo y verde (y azul gracias al comercio) se queda impune.
Son ideas difusas pero que debería uno ponerse al menos a pensarlas por unos momentos, es que mal que bien no sirve para nada el momento, más que para darse gusto, solo que en otras épocas del año si tenemos claro que hacemos, pero en navidad todo se queda en tutaimas y en otras peripecias de una fiesta que más que todo obliga a consumir, hasta la conciencia; comes tantas cosas, que después todo se vuelve desecho.

Y en 2014:

Este maldingo diciembre está acabando con mi paciencia. Es terrible ser el único (al parecer) de mi oficina que tiene que trabajar, o que quizá no puede dejar su trabajo a un lado para dedicarse a hacer vida social de alguna manera. A algunos les extraña que hable de mi en términos de no gustar perder mi tiempo y de venir a trabajar, en lugar de hacer amistad o de cualquier otra actividad de índole social ajena a mi propia carga de trabajo. Entiendo aunque no comparta, el que muchas personas tengan su cabeza puesta en otra parte y eso les dificulte la vida, o el trabajo, y que esto se escude, justifique y hasta disfrace con la denominada "alegría decembrina", lo cual, reduciéndolo de manera brusca, no quiere decir sino que el resto del año son miserables.

Como pueden darse cuenta, la navidad es un asco. Y este año, no será la diferencia.


lunes, 16 de mayo de 2016

Diatriba a favor de los blogs

Todos estos increíbles espacios (los Blogs) fueron cediendo ante las redes sociales. ¿Qué tan diferentes somos ahora de lo que eramos hace 9 o 10 años cuando si estaba de moda leer los blogs? Fuimos absorbidos por el carelibro, por los feeds de otros, por el chisme constante y la envidia marcada en ver que han hecho los demás que nosotros no podemos hacer.

Esto fue una cuestión de comunidad, y tenía todo tipo de contenido dentro del naciente internet 2.0. Recuerdo perfectamente que dentro de las personas que nos considerábamos blogeros, habían varios con unos contenidos muy personales y a la vez un poco payasos, con historias propias o inventadas, algunos hacían relatos o ponían imágenes de mujeres desnudas, todo tipo de contenido. Pero para crear todo ese contenido, y especialmente para consultarlo, necesitábamos tener un computador al lado, era necesario que se usara el terminal, y casi todo era escrito o a lo sumo con imágenes, dado que nuestra banda ancha todavía estaba cruda en términos de velocidad, y en realidad de ancha aun tenia poco. La principal diferencia era la imposibilidad aun, de contar con un acceso realmente portátil a los contenidos, así que la blogosfera tenía lugar en los momentos de ocio en las oficinas, durante las tardes luego del trabajo o la universidad y como paliativo para las noches de insomnio.

Tomado de: https://pixabay.com/es/taza-espresso-platillo-vajilla-1320578/
Pero hasta el insomnio y las rutinas fueron absolutamente trastocadas por cuenta de los teléfonos inteligentes. Aun recuerdo lo que era apagar el móvil en la noche, debido a que no se necesitaba para nada más y cualquier llamada entraría por el terminal fijo o podría esperar hasta la mañana, ah, era el mismo tiempo en que estos móviles tenían una expectativa de carga de varios días y no de unas cuantas horas. Estos teléfonos que nada tenían aun de inteligentes, sólo sonaban cuando entraba una llamada, y por lo general era de un familiar, un amigo o alguien cercano, aun se usaban más los teléfonos fijos.

Ciertamente el primer cambio se dio por cuenta de la invención de las redes sociales, el monstruo Facebook llegó para quedarse y empezó a absorber a la gente con la posibilidad de estar al tanto de los demás, esa interconexión para suplir la mórbida curiosidad de la tan envidiosa gente, para darse cuenta de manera tan anónima como lo permite internet, de que habría pasado con esos amigos olvidados del colegio, con esa traga (crush) de los primeros años de pubertad que quizá fue parcialmente aliviada a través del ejercicio manual. El compañero que te hacía matoneo (este concepto se inventó recientemente, pero todos saben a que me refiero), y el que esperabas que se hubiera hecho viejo, quedado sin pelo y quizá llenado de horribles cicatrices desdibujadas por su propia obesidad. Quizá establecer el paradero de unos y otros, poder charlar con un par de primos o familiares que hicieron una vida muy alejados de tu lugar. Sí, quizá todo eso lo permitió, pero también trajo consigo varios males que se agravarían y perpetuarían en las siguientes generaciones.

Esta red social fue permitiendo progresivamente que se compartieran más y más cosas personales, que se hicieran álbumes completos para reflejar los instantes de nuestras vidas, catálogos de recuerdos que no estuvieron nunca más guardados para aburrir a las visitas, ocupando espacios tradicionales en los recibidores y las salas de estar. Los nuevos amigos de internet, aquellas personas tan solo conocidas o alguna vez vistas, el compañero de clase con el que nunca cruzamos palabra, aquella persona que vimos una sola vez pero que sabíamos que existe, el chico o chica que era demasiado guapo o guapa para atrevernos a hablarle durante las clases de la universidad. Todas esas personas ahora estaban metidas en un mismo saco junto con las verdaderas amistades y la familia, con nuestro otro significativo, todos denominados "amigos". Y toda esta gente ahora podía estar al tanto de nuestras vidas,  pendiente de nuestros estados, de los momentos retratados y de todo lo que ello conlleva.

Dejamos de pasar el tiempo con nuestras personas cercanas pero a su vez empezamos a chatear más con ellos, o quien no recuerda las esperas en el "messenger" que era instalado en todo computador, y que nos servia para hablar incluso con esas personas que nos topábamos en nuestros espacios cotidianos, pero con quienes cada vez menos cruzábamos palabras cara a cara, puesto que podíamos mejor hablar durante un "mejor" momento del día.

Uno de los peores males que vinieron por cuenta de esta revolución, tuvo que haber sido el maldito botón de "me gusta", que puso a cada contenido a ser considerado por los otros, de manera que ante nuestro afán de aprobación, cada estado, cada palabra, cada imagen, empezó a tener un propósito para agradar a otros. Si subo esta imagen y me dan 5 "likes" soy mas bonita, o más interesante, pero si me dan 15 soy la más bella del mundo. Mujeres y hombres por igual comenzaron a mostrarse más, a dejarse ver, con la excusa de la auto satisfacción de la elevación del ego, y nunca de algo perverso o erótico, menos ropa, más poses.

En medio de todo esto también nació la red de microblog, el Twitter y con ello la posibilidad de que las personas expresaran sus pensamientos pero en tan solo 144 caracteres. El ritmo de vida crecientemente acelerado, el cerramiento de los espacios de relación, el asentamiento de la cultura del rendimiento y de la ocupación, empezaron a generar en la gente un sentido del tiempo, de la actividad, que dio al traste con todos los años anteriores de acercamiento a la red. De esta forma el microblog fue perfecto para esta gente cada vez más ocupada, con jornadas de 12 o 14 horas, con una vida entregada al trancón, a la incesante chichonera (al montón), en donde el siguiente avance tecnológico haría cada vez más valioso el tiempo, pero a su vez más escaso.

Con el advenimiento de los smartphones y la tecnología de internet móvil, ya poco quedo en términos del blog escrito. Unos se perdieron en las mieles del microblog y varias comunidades muy fuertes se trasladaron por completo a Twitter, en donde se fueron convirtiendo paulatinamente en lideres de opinión o en estrellas de la micro carreta, de la sátira y el humor de 144 caracteres y ni hablar de los "trending topics" o de los "hashtags". La plataforma sobrevivió para los románticos y los extraños, porque incluso los millennials tenían su propia forma de blog, más estilizado y con menos palabras, más visual y por tanto más llamativo, el Tumblr, en donde lo importante es consumir o crear la mayor cantidad de contenido, lo que se hizo más fácil a través de las herramientas para compartir (o rebloggear) que no tengo claro si nació con el mismo Twitter o fue introducida de manera independiente por este último servicio.

Existen nuevas y variadas herramientas para el tráfico y la producción de información, en particular la visual, dado que las palabras escritas siempre han tenido menos popularidad con independencia de que han sido las responsables del avance de la humanidad (toma esto maldito Gutenberg). Podría quedarme horas reflexionando sobre las demás redes sociales, sobre el contenido,sobre la apropiación de ideas, sobre las mutaciones presentes en las formas de recibir y comunicar mensajes. Pero lo cierto es que esto lo escribo más para mí que para cualquier otra cosa, porque si bien en otros tiempos me leían los miembros de esta comunidad y muchas otras personas, hoy en día me iría mejor abriendo un canal de Youtube y explicando esto con algún tono de voz chillón, o haciendo caras.






sábado, 23 de abril de 2016

Reflexión inútil

Como me gustaría que fuera nuevamente 2008, que no existieran las redes sociales, que volviéramos a usar el internet para conectar nuestros pensamientos 'largos', reflexiones profundas, especulaciones y estimaciones. Pero esto es un imposible en una sociedad en que la mitad de las personas creen que lo saben todo por cuenta de su capacidad para consultar a su deidad personal absoluta, la concentración del saber en una caja fabricada con pixeles y que da respuestas a todas las inquietudes, trascendentales o no.

Tenemos un sentir exponencial y creciente, ignorancia rodeada de soberbia por cuenta de la inmediatez de todo, y aun así ese "todo" está lejano. Nadie tiene tiempo, por eso ya no se consumen contenidos audiovisuales de más de 6 minutos, que es prácticamente lo que tarda un millennial en aburrirse (supongo), en buscar un nuevo foco de entretención. Esta es la generación del aburrimiento, como la anterior lo fue del fracaso y la que precedió a esa de la confusión.

Este mundo tiende a ser manejado por quienes entienden o al menos aceptan las dinámicas del poder, sin embargo estas personas se suelen embriagar por las resultas de ese pequeño cúmulo de conocimiento, y en nada ayuda que el éxito personal se mida en la capacidad de captar y disponer de cuanto se ha acumulado.

Todo se capitaliza, desde la incertidumbre hasta la saciedad o la negación consciente, el amor, la soledad, los principios, los vicios y las perversiones.

No obstante, hay que hacer resistencia, hay que oponerse a esa inercia racional, en donde pensar se reduce a estar o no de acuerdo con lo que alguien más se ha ocupado de expresar, con esputar alguna clase de vociferada opinión que ha de resultar tan cierta como el espectro demográfico en el cual se encaja...

Esto, es tan inútil que hay que seguirlo haciendo.


martes, 23 de diciembre de 2014

Lo malo de la navidad

Este maldingo diciembre está acabando con mi paciencia. Es terrible ser el único (al parecer) de mi oficina que tiene que trabajar, o que quizá no puede dejar su trabajo a un lado para dedicarse a hacer vida social de alguna manera. A algunos les extraña que hable de mi en términos de no gustar perder mi tiempo y de venir a trabajar, en lugar de hacer amistad o de cualquier otra actividad de índole social ajena a mi propia carga de trabajo. Entiendo aunque no comparta, el que muchas personas tengan su cabeza puesta en otra parte y eso les dificulte la vida, o el trabajo, y que esto se escude, justifique y hasta disfrace con la denominada "alegría decembrina", lo cual, reduciéndolo de manera brusca, no quiere decir sino que el resto del año son miserables.

Viene al caso, esta reflexión anterior:

"Desde hace mucho tiempo considero que no es necesaria una época del año para comer de forma decente, mi propio sobrepeso es una muestra de que disfruto bastante de la comida, haciéndola y comiéndola. Por esta razón no creo que sea prudente esperar todo un año con la excusa de comer ciertos manjares. Por otro lado la familia, bueno, en mi caso, hmmm, digamos que no aplica lo de la unión familiar y otros paradigmas del espacio publicitario de Coca-cola. Por último, tampoco soy muy amigo de las fiestas, no porque no me guste divertirme, sino porque no le veo objeto, salvo que de verdad haya algo que celebrar (espero aclararlo más adelante, en otro escrito)".
Sostuve anteriormente, que no disfruto como tal de estas "fiestas", no obstante creo que he logrado tomar de mejor manera estas fechas, y es sencillo: Si no quiero celebrar, no lo hago. Ahora, esto no quiere decir que llegue al punto de amargarle la vida a alguien o censurar a cada cual por celebrar, pues esto del celebracionismo ya entra en extremos absurdos en este país, cuyo principal producto de exportación no es otro que el folclor, pues su gente es bastante particular, tanto para bien como para mal, pero por favor, déjeme trabajar, que la fiesta es en su casa, con los suyos, no conmigo.


jueves, 12 de junio de 2014

"Nada más importa"

Así impulsa la compañía de televisión por suscripción que tengo, en relación con el mundial de fútbol. Nada más importa... Lo peor es que pueden llegar a tener razón. Pero antes de cualquier otra apreciación, debo aclarar que no tengo nada en contra del futbol, de hecho si algo hago en época de mundial es seguir a varios de los equipos de los cuales gusto, lo que no viene al caso.

Mi punto, es que las personas se dejan embriagar constantemente con este tipo de cosas. Pasiones que en definitiva son necesarias, puesto que la vida puede llegar a ser vacía, insulsa, monótona o eso me lo parece. La realidad, es triste, patética, y suele estar mejor acompañada de un poco de ficción, de un tanto de diversión necesaria. Lo que sea que le funcione a cada cual.

Lo anterior, lo sostengo no de manera caprichosa, sino porque los gustos, las pasiones, son cosas que debemos aprender a tolerar, y eso implica que en el disenso o apatía se halle un respeto hacia el otro, para el pensamiento diferente, para el gusto diferente. También, debe tenerse en cuenta, que cada cual, no debería imponer su sentir sobre otros.

Entiendo que los de la empresa de televisión por suscripción transmitan una idea impositiva, y me digan que nada más importa, diferente a estar al tanto de su señal durante todos y cada uno de los partidos del mundial, sin embargo esto va a ser tomado al pie de la letra por más de uno.

Este mes y un poco más, se convertirá en una enorme cortina de humo, en una pausa tanto activa como pasiva para aquellos que no se pierden movimiento alguno de un balón, al igual que quienes no desaprovechan cualquier oportunidad para hacer francachela y comilona. El colombiano promedio está siempre ávido a la celebración, a la fiesta, y he visto como el fútbol causa una verdadera metamorfosis en más de uno, transformando a personas de bien, temorosas de dios, calmados y sensatos en verdaderas bestias gritonas, de esa experiencia seudo sexual en que puede convertirse un partido. Hay que ver la cantidad de gemidos, gruñidos e incluso los ademanes o gestos violentos ante el desempeño de uno u otro equipo.

Insisto, espero que este evento una a las personas y se convierta en lo que debe ser: una fiesta que reuna a las personas alrededor de un interés común, en donde prime la alegría y los buenos sentimientos. Y que el olvido de los problemas del país, de la comunidad, no se convierta en un anestesiamiento permanente; que los opresores no marginen a través de este espectáculo. Amanecerá y... GOL!

"Nada más importa"

Así impulsa la compañía de televisión por suscripción que tengo, en relación con el mundial de fútbol. Nada más importa... Lo peor es que pueden llegar a tener razón. Pero antes de cualquier otra apreciación, debo aclarar que no tengo nada en contra del futbol, de hecho si algo hago en época de mundial es seguir a varios de los equipos de los cuales gusto, lo que no viene al caso.

Mi punto, es que las personas se dejan embriagar constantemente con este tipo de cosas. Pasiones que en definitiva son necesarias, puesto que la vida puede llegar a ser vacía, insulsa, monótona o eso me lo parece. La realidad, es triste, patética, y suele estar mejor acompañada de un poco de ficción, de un tanto de diversión necesaria. Lo que sea que le funcione a cada cual.

Lo anterior, lo sostengo no de manera caprichosa, sino porque los gustos, las pasiones, son cosas que debemos aprender a tolerar, y eso implica que en el disenso o apatía se halle un respeto hacia el otro, para el pensamiento diferente, para el gusto diferente. También, debe tenerse en cuenta, que cada cual, no debería imponer su sentir sobre otros.

Entiendo que los de la empresa de televisión por suscripción transmitan una idea impositiva, y me digan que nada más importa, diferente a estar al tanto de su señal durante todos y cada uno de los partidos del mundial, sin embargo esto va a ser tomado al pie de la letra por más de uno.

Este mes y un poco más, se convertirá en una enorme cortina de humo, en una pausa tanto activa como pasiva para aquellos que no se pierden movimiento alguno de un balón, al igual que quienes no desaprovechan cualquier oportunidad para hacer francachela y comilona. El colombiano promedio está siempre ávido a la celebración, a la fiesta, y he visto como el fútbol causa una verdadera metamorfosis en más de uno, transformando a personas de bien, temorosas de dios, calmados y sensatos en verdaderas bestias gritonas, de esa experiencia seudo sexual en que puede convertirse un partido. Hay que ver la cantidad de gemidos, gruñidos e incluso los ademanes o gestos violentos ante el desempeño de uno u otro equipo.

Insisto, espero que este evento una a las personas y se convierta en lo que debe ser: una fiesta que reuna a las personas alrededor de un interés común, en donde prime la alegría y los buenos sentimientos. Y que el olvido de los problemas del país, de la comunidad, no se convierta en un anestesiamiento permanente; que los opresores no marginen a través de este espectáculo. Amanecerá y... GOL!

martes, 14 de enero de 2014

No, pues...

No, pues... En algún momento (creo) me quejé por la absurda ociosidad pretenciosa, por aquello que contribuía a que todo el mundo se considere más culto de lo que es, y que todo aquel con una mínima muestra de conocimiento, se aparte de lo humano con unas infulas clásicas, predicables únicamente de dioses y reyes.

Gracia, clase, honor; los que menos lo tienen suelen ser los primeros en detentarlos, en configurarlos, definirlos y perseguirlos. En definitiva todo síntoma de diferencia en positivo, de virtud engrandecedora, no es otra cosa que un factor de exclusión, puesto que para eso es la diferencia...

Ahora, me pondré mi brillante armadura y me iré a cazar...


lunes, 8 de octubre de 2012

Zombi: preludio de un apocalipsis

Caminar, se convierte en un evento extraño.

Entre la manada de personas que deambula por las calles con paso preocupado, mirando no más allá del piso, con una apariencia apesadumbrada. Tal vez resienten la idea de tener que hacer cosas como trabajar, estudiar, vivir... ¿Quién no? Tal vez no estén de acuerdo con la idea de haberse levantado de la cama, o quizá su existencia ya sea lo suficientemente miserable como para además tener que salir de su casa. De pronto no están conectados a la realidad, y solo caminan en uso de las funciones automáticas de su cuerpo, posiblemente su tallo raquídeo ahora les permita avanzar mecánicamente, aunque creo que todo se reduce, a que siguen dormidos.

Gruñidos y pasos tambaleantes caracterizan a estos seres. Sus hordas se movilizan especialmente en las horas que sen han denominado "pico", y en que más autómatas deben acudir a los centros de acopio de personal, porque los humanos también forman un recurso que muchos quisieran agregar como activos de sus mecanismos de producción. La libertad de empresa permite comerciar con el esfuerzo, el sudor y la energía de las personas, y si creen en ello, puede sacarsele provecho incluso al alma. Eso es lo que explica la producción masiva de zombis.

Son los mismos que se avocan a las calles para llenar los medios de transporte, con el fin de remitírse a sus hogares, buscando satisfacer necesidades básicas: comida, licor y televisión.

Y es que se requiere apagar el cerebro (o tenerlo atrofiado), para soportar una o hasta tres horas de hacinamiento (a la mera usanza del peor de los embutidos) en un bus, sea cual sea su tamaño. En muchos de estos infiernos enlatados no existe espacio ni para un pensamiento, lo cual no supone un problema cuando quien lo ocupa, solo es, no está. Disperso, ausente y desconectado. ¿Qué pensará cada uno de estos seres? Nada, ese es mi punto.

Costumbre, manía, instinto. La memoria muscular y genética de estos entes ya les permite ir de un sitio a otro y sumirse a la compresión progresiva del sistema masivo -invasivo- de transporte, de manera tan automática como respirar.

Todo este esfuerzo (?) del día tiene un premio necesario y al parecer suficiente: el llegar al hogar a ocupar la poltrona, el sofá respectivo o la silla dispuesta para tal fin en medio del sitio que rinde culto al mas importante miembro de la casa. Y no es el perro, la más antigua del hogar, la empleada o los bebés. ¡No!, es el televisor.

Lo poco cierto del funcionamiento cerebral del zombi queda totalmente anulado con la absorbencia que hace de sus pocas neuronas -sobrevivientes- la invasora y dominante programación de la televisión. Poco a poco la corriente de contenido sagaz, ladino, particular, en donde cada uno de estos entes ve reflejada la vida que no puede tener (que anhela, pero que está lejos), llena de lujos, sin esfuerzos aparentes. Confort y banalidad que se dibuja en figuras voluptuosas, en ligerezas y excesos.

Varias horas después, cuando la programación de su televisor da la orden de irse a dormir, el zombi recurre a su agudeza y amplias capacidades sociales (?) para desbocarse en sendas charlas -con la profundidad de un charco de lagrimas-, en aquello que con orgullo denomina red social. Se desboca a compartir con sus pares aquellas imágenes que han hecho otros con la pretensión de hacerle pensar... sonríe, se conmueve, alega, debate, esputa, por causas ajenas. Suspira de nuevo, por motivos que olvidará al irse a dormir.

Sin embargo, luego de la media noche, su cuerpo le indica que es hora de descansar, con lo cual le corresponde ir a dormir, tal vez soñará con aquella vida que no tiene, anhelando no tener que despertarse al día siguiente para ir a trabajar, para ir a estudiar. Al dormir, su cerebro vuelve a condicionarse a la suspensión que lo llevará avante, al ritmo de sus pies pero siguiendo el compás de otros. Y todo vuelve a empezar, tal vez hasta que sea viernes, pero ese evento no es del caso.

martes, 7 de agosto de 2012

Querido imbecil


Escribo esto. motivado por la impotencia, por aquella parte de mí que me impide ir y hacer valer todo lo que una persona representa, lograr una consideración que sobrepase al estándar propio de las relaciones humanas, pero que quizá sea natural -al mismo tiempo- tanto a la condición de civilización predicable de la sociedad, como al instinto natural, que tal como lo explicara Freud, hace ya tanto tiempo, dicta, con fuerza, las acciones, aun las más racionales.

Son palabras que distan de lo que corresponde a las situaciones de la cotidianidad, pero que resultan importantes porque no son fácilmente recibidas o lo que es lo mismo, porque no pueden ser abordadas en términos de una discusión (un diálogo) que lleve a construir algo, que derive en un consenso que sirva a un propósito superior. Ah, claro, esto es por cuenta de esta moral que no lo deja a uno en paz y que a partir de principios demanda que uno se porte bien, que construya, dialogue, que evite el ruido.

Entonces, no te lo puedo decir a la cara. Quizá porque no lo has de entender, no porque mis palabras sean más elaboradas de lo necesario, o en razón a que todo lo que hago se encuentre revestido de una complicación innecesaria. No. Éste impasse, esta imposibilidad, obedece a que tu cerebro, tan agudo como siempre lo has considerado, no permite la confrontación si no por vía de los argumentos que en tu cabeza estén adecuados al formato, al marco bajo el cual conduces tu vida. De lo contrario es absurdo, ridículo.

Dejame entonces ponerlo en términos condescendientes, pues quizá solo sea manifiestamente válida mi percepción cuando acepte que todo en mí, es lo que está mal.

Quizá uno de los mejores instrumentos de un intelectual de tu encumbrada alcurnia, sea precisamente la detección de falacias y la prevención de errores de argumentación. Esto sumado a una aptitud prolífica para la presentación de arquetipos, casos ejemplificativos y altamente didácticos.

En efecto, no tiene objeto hacer una exposición de situaciones problemáticas relacionadas con tu forma de proceder, quizá porque la efervescencia del momento no lo permite, o es posible que ninguna oportunidad sea propicia y que en definitiva los que tenemos la fortuna de contar con tu excelsa dirección, estemos condenados, en cierta forma, a seguir sin miramientos las consignas, maneras, procederes y pareceres, que en nuestro caso, sin motivación, condenarían nuestras propias capacidades a la obliteración por cuenta de la censura propia de la irremediable estupidez, nuestra estolidez, nunca la tuya.

No es que seamos incapaces, lo que sucede es que no rendimos lo que se espera de nosotros en atención de la dignidad propia de haber caído bajo tu tutela. Sí, somos indignos, no merecemos tanta oportunidad de congraciarte. Desgraciadamente somos mortales, mediocres, y no podemos entender las continuas capsulas de conocimiento, de moralidad, de inteligencia, de pulcritud que nos ofreces con la mejor de las disposiciones a pesar de ser como bananas que posiblemente regresen convertida en proyectiles de excremento.

Sí, en la limitación propia de nuestras propias consciencias, hemos caído en círculos de ignorancia, de terquedad y de un absoluto desprecio por la natural diligencia del discurso, por la precisión en el lenguaje, por la pulcritud en la expresión, en especial la escrita.

Espero, lograr entender algún día, despertar quizá, esforzarme de la manera esperada ante mis altas capacidades, a pesar de mis inconmensurables limitaciones, pero en especial poder aprovecharte mejor, porque nada, ni nadie tiene una vocación imperecedera, ni siquiera en este caso tan nefasto referido a quien escribe.

(Escrito del 3 de noviembre de 2016)