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jueves, 30 de junio de 2016

Razón y sentimiento: demonios

En este mundo, la existencia propia contempla tantos demonios que al fin de cuentas uno termina pareciéndose a alguno de ellos. Los demonios se crean, nacen de la mera existencia, como manifestación de la otredad de sí mismo, como una forma de exaltación de la capacidad humana, más allá de una sola dimensión, completa, compleja y diversa. De esta manera no resulta solo un ejercicio de claridad, sanidad o limpieza mental el deshacerse progresivamente de todos ellos... no, va más allá y se deriva de alguno que otro problema en términos de lo que se siente, de lo que está más adentro, o profundamente atravesado entre las dimensiones del ser, del estar de la consciencia como forma autorreflexiva de conocimiento, esa determinación racional que en principio explica como se es de una manera algo más, o diferente en todo caso a las manifestaciones más sencillas dentro del espectro animal.

Quizá esto resulte incompleto en la medida en que no es tan cierto el grado de conocimiento que se tiene de ese otro, pero la arrogancia lleva a quien analiza, a partir de un discurso según el cual su posición es privilegiada y deviene de la configuración de diferentes factores en su favor. En todo caso la razón resulta siendo la culpable de toda esta suerte de conjeturas, certezas e interrogantes, tantas cosas que frente a una u otra dimensión, sirven para determinar un estado real, hasta cierto sentido, según el cual cada uno es un ser dotado, al menos de una posibilidad de realizar juicios, valoraciones y de sacar conclusiones con base en la experiencia, el conocimiento y la observación de cualquier naturaleza y coherente con cualquier grado de entrenamiento.

Tomado de: https://pixabay.com/es/calaveras-horror-muerte-623532/
El privilegio de la razón resulta en algo menos que una licencia para hacer de todo cuanto se ha querido, la libertad que se predica del sujeto, individuo, de la persona, para desarrollarse, expresarse o cualquier otro aspecto que se derive de sus diferentes juicios y razonamientos. Se actúa frente a sí e incluso frente al otro, guardando las proporciones de la respuesta posible y con ello acatando los ordenes superiores que establece la sociedad en conjunto de acuerdo con las posibilidades de coacción, coerción o de reproche.

Los seres complejos, y tan racionales como se puede, producen a su vez razones, formas de sustentar sus dinámicas relacionales, sus maneras básicas y no tanto como respuesta hacia el otro, sino como desarrollo de la condición humana, pues por cuenta aun de la más compleja de las personalidades, y el más enrevesado sistema de valores o principios, e incluso cuando se trata de comportamientos o individuos desviados de lo que dicta la normalidad social, lo aceptado, lo tolerado, lo que es síntoma de sanidad, normalidad, civismo, respeto, es tomado casi que como un axioma.

Estos principios o normas básicos de la humanidad, son tomados también como condición diciente de la vida en sociedad y por tanto de civilización, aun cuando se distinga entre las complejas brechas culturales de oriente y occidente.

Los demonios, se corresponden con todas las culturas, con todos los espectros de pensamiento, cosmogonías, y toda forma de asentamiento social. Tienen que ver con la forma que toma la maldad personal, aun cuando se culpe o no de la misma a una fuerza extraña, ajena, sobrenatural incluso. Lo cierto es que la oscuridad, el aspecto que toma el deseo o el querer sobre acciones o consecuencias dañinas o naturalmente incompatibles con lo que se ha considerado como normal o valioso, es una constante en toda la actividad humana.

Pero mi referencia es a los demonios del pensamiento, a los conflictos del alma, a la forma que toman nuestras frustraciones, temores y pesares. Cuando el sentir permea todas las otras manifestaciones de nuestra razón, arrastrándonos por callejones oscuros, por pasajes fríos, húmedos e incómodos en que nuestra sanidad es puesta a prueba.

Estos demonios están allí por alguna necesidad de nuestro ser, para salir o materializarse de alguna manera, y para algunos se convierten en la materia prima de sus creaciones, o en el sustento de su mal comportamiento y en la esencia de su maltrato a otros, en una excusa, o en una justificación.

El mal está ahí, adentro, sumergido en el corazón de cada cual, y perdura, es eterno y constante, tanto o más que la propia bondad humana.

martes, 29 de julio de 2014

Del malestar existencial y otros demonios


Hoy, me ha fastidiado el mundo más que de costumbre, he resentido el tener que usar el mismo oxigeno que otros, el caminar aunque sea un poco cerca de ellos, la proximidad hacia ese otro. Ahora mismo me produce fastidio el ruido que otros hacen al existir, como si la sola existencia de esas personas fuera en efecto, ruidosa, pesada a mis oídos, molesta para mi forma de ser, de ver las cosas.

Esta entrada la empecé desde octubre del año pasado, motivado por la constante en que se ha embarcado mi vida, dentro de una rutina en que cada ciclo trae consigo un poco más de desgane y desasosiego.

A menudo he sentido un complejo -y completo- malestar, al cual malamente he tildado de existencial; lo es en tanto el principal síntoma de esta molestia es la misma existencia, pero no por la conjugación en primera personal del verbo estar, sino por toda otra gama de circunstancias que  hacen complicado el diario vivir y que principalmente tienen que ver con el roce necesario con ese otro. A algunos nos enseñaron que cada persona tiene un espacio personal, algo como una barrera circundante que en principio solo debe ser atravesada por quienes tienen una relación que por su naturaleza brinda un confort que recae en beneficio. He tomado muy en serio esta enseñanza, y he primado por el respeto de mi espacio y el de otros, en donde preciso evitar el exceso de confianza y contacto con aquel otro en contra de quien van estas líneas. No se trata de evitar a toda costa ese mal necesario que implica toda relación, pero prefiero no engañar a otros circunscribiendo mis relaciones a un hipócrita toqueteo innecesario, y no, no soy un maniático del aseo ni estoy consumido por una paranoia social o séptica de algún tipo; No, simplemente evito que otros se acerquen más de lo que deben, porque hay una medida para todo, aquella que tal vez uno mismo se ha encargado de establecer, aquello que así no sea lo correcto, está bien.

Preciso no ser malinterpretado, el contacto es necesario para expresar afecto, cariño, amor. Para esa persona especial que lo acompaña a uno a cualquier título, como para los hijos, las mascotas o como yo prefiero llamarlos: compañeros animales. El amor es una solución, a veces un problema, pero siempre tiende a ser algo necesario, y sus expresiones jamás están de más, mientras todo sea sincero.

Este es solo uno más de todos y cada uno de los demonios a que he dado forma, los que he concebido en orden de mantenerme cuerdo, sano, lúcido. Como tales merecen consideración, atención y sobre todo respeto, pero también están expuestos constamente al esfurzo por expulgarlos, poor su purga y destierro, lo cual, hago a diario...