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viernes, 16 de febrero de 2018

Reflexión sobre inteligencia aplicada: Ser fiel (y leal)

El día de ayer vi una película en donde se planteaba el que llamaré "mito" de las relaciones sentimentales de carácter abierto, aquellas en las que dos personas se quieren, se acompañan pero en también pueden tener sexo con otras personas, siempre, por supuesto, que todo se hable, que todo se sepa. En la película los protagonistas terminan ocultándose cosas y al final también, en un giro un poco cliché, aunque bien contado, se dan cuenta de qué era aquello que en verdad querían en la vida.

Pues bien, en su momento hice una reflexión sobre la fidelidad en donde resalté lo que  a mí juicio era importante (en ese momento) tanto de este concepto como el de lealtad. Aunque he de confesar que me ocupé bastante de los que eran más de lo que en realidad pienso de lo mismo, más allá de mi reflexión inicial conforme con la que su ejercicio hace parte del comportamiento inteligente.

Tomado de: https://pixabay.com/es/amor-par-familia-novios-febrero-2055372/
Pero vamos a ver por qué lo digo. No se trata únicamente del refuerzo de una característica que pienso, es relativa a una persona con esta condición. Esto porque, en principio, siempre he considerado que la inteligencia es un espectro que, además, puede ser entrenado y desarrollado como si se tratara de cualquier otro talento. Pero si me parece que es conveniente, que es interesante, que a su vez es estimulante  y que además es lo correcto. De forma que considero que cumple con requisitos de índole moral, también de carácter, de lo que va de la mano con el desarrollo de la consciencia y el ejercicio de la razón, porque es racional a la vez que corresponde con todo el espectro sentimental de una persona.

Es que son constantes en mi vida las alusiones de otras personas, en su mayoría hombres, aunque varias mujeres también me lo han dicho, en donde se afirma que la fidelidad es un mito, y que una persona no puede ir por la vida sin acostarse (tener sexo, coger, tirar, comerse) con todo aquel que le guste y en cada momento en que se le presente la oportunidad. No estoy seguro si el amigo que me dice eso en realidad gusta de todas las parejas sexuales que tiene (o ha tenido) o de si solamente lo hace por esa necesidad de afirmación de su "naturaleza" biológica y de su masculinidad. Cuando en los círculos de compañeros o amigos en que explico mi propio gusto por el mantenimiento de relaciones saludables, generalmente recibo este tipo de respuestas, aún muchas veces de forma descarada en donde todo lo anteriormente dicho sobre la relación se hace de manera soterrada, oculta, lo cual es incluso peor. Porque puede ser que algunos no puedan oponerse a sus "instintos" o se digan eso para justificar su comportamiento, su falta de carácter y voluntad, o simplemente lo que pasa es que cualquier excusa es buena.
 
En algún post por ahí por internet vi alguna cosa llamada "mitos del Amor Romántico" en donde el número 3 correspondía al "Mito de la Exclusividad" y dice "creer que es imposible que nos gusten varias personas a la vez". Claro, esto es uno de los grandes argumentos de todos aquellos que pretenden que la vida es eso que transcurre entre uno y otro coito. Podemos gustar de varias personas a la vez... ¡vaya! Qué gran descubrimiento (!) Pues sí, hombres y mujeres por igual, con independencia de su tipo especial de preferencia sexual, pueden desarrollar un gusto particular por una o varias personas, de manera simultánea como concomitante e incluso puede pasar aún cuando estas se encuentren en la mejor de sus relaciones. Gustamos de otros, de muchas maneras y por muchas razones. De hecho una de las manifestaciones del gusto es la amistad, que va desde la simple coincidencia en algunas cosas hasta el amor verdadero. Entonces ¿Qué significa eso de que nos puedan gustar "varias personas a la vez"? Pues bien, para no construir un hombre de paja y dado que el meme refería al amor romántico he de pensar que se trata de aquel gusto que recae en enamoramiento de alguna clase y que inexorablemente aterriza también en sexo.

Es que ¿saben? a eso refieren todos los dramas de las personas en las relaciones (o en gran parte) puesto que la madurez de una relación y de las personas que la protagonizan bien puede medirse a través de los conflictos que surgen entre ellas. Pero el sexo es un tema complejo y que establece un precepto sobre el cual se mide mucho de lo que pasa entre dos. Algunos 'progres' (progresistas)  me podrían decir que la idea de la exclusividad, del sexo tradicional, de la misma binariedad natural (hombre/mujer); son cosas mandadas a recoger en la medida en que las cosas entre las personas no pueden ser encuadradas solo en una cantidad de "manifestaciones de amor limitadas" y es que claro, cuando conviene si podemos meter al amor como motor de las relaciones humanas, como forma de interrelación y de acercamiento entre las personas. No voy a entrar en este tipo de consideraciones, pero digamos que la aceptación de los escenarios diversos y la tolerancia del otro, de lo que no es tan abundante o que no necesariamente es norma, no puede revertirse hacia la cultura de que las excepciones indeterminen la biología o que nieguen lo que al menos es más común. La excepción prueba la regla y no al contrario.

Pero en todo caso algunos pueden llegar a considerar que el amor romántico, que las relaciones, no necesitan ni de etiquetas ni de exclusividad. A esas personas he de decirles que asumir compromisos, que establecer obligaciones y formalizar aspectos de la vida tiene mucho que ver con la búsqueda de la tranquilidad de la cual viene acompañada la madurez. Crecer es buscar lo repetible, lo seguro, estamos programados biológicamente para dejar de hacer locuras después de cierto momento, para transitar de manera pausada, para tomarnos el tiempo de pensar antes de actuar y en cierta manera estamos, con el tiempo, dispuestos a considerar que alguna otra persona pueda hacer parte de nuestra vida con algún grado especial de presencia, con exclusividad.

No les voy a explicar cómo funciona una relación ni voy a convertir esto en una revista de variedades en donde puedan encontrar, con un test, si están en una relación buena o no. O si deben cambiar para avanzar, para mejorar, o si deben dejar atrás o no lo que está mal con sus vidas. No tengo interés en decirle a cada cual lo que le podría funcionar. Lo que sí se es lo que en definitiva resulta problemático a largo plazo, aquello que no llena porque termina afectando la vida de alguna forma.

Pero sí, he de decirlo. Lo mejor que le puede pasar a una persona es encontrar aquella otra por la que puede sentir, de tal forma, con tal intensidad, que no le resulte difícil dedicar su vida con devoción y con afecto para amarle. Amar no es solamente tener sexo, se trata de los planes aburridos, de los cursis, de los cansones. Ese tipo de cosas se vuelven indispensables con el tiempo, porque no hay nada mejor que de verdad sentirnos acompañados, entendidos o escuchados. Porque uno quizá siempre tendrá a su familia para varias cosas, los amigos para otras. Pero para otras cosas nada como tener un cómplice, alguien que de verdad lo quiera a uno, lo desee, lo adore, lo ame. Duro. Quizá sea un imposible de lograr, pero claro que se puede. Ese tipo de relaciones se encuentran, se logran cuando uno madura y entiende que no debe ser como fue antes, que debe dejar de repetirse, que debe aprender de lo que le enseñaron antes las demás personas.

Ese quizá sea mi punto. De las excusas no se aprende, tampoco de las justificaciones y los pajazos mentales. No tenemos ninguna necesidad de mantener la ilusión de una relación estable si negamos cualquier esfuerzo por su consolidación a través del juego constante de la búsqueda de otras personas. Y claro, lo malo es que se haga de manera oculta, sin la verdad, sin el debido respeto por el otro. O de manera conveniente y egoísta, como cuando se piensa que solo uno de los dos tiene derecho de comportarse de una u otra manera.

Somos seres humanos y eso nos da la ventaja de un intelecto, de una razón y una consciencia que nos permite destacar sobre otras especies. Somos perfectamente capaces de decir que NO, de igual forma en que podemos decir que sí a cuanto queramos. Construimos cada uno de nuestros complejos universos a través de una base cultural medianamente difusa, de unas características endógenas y exógenas que construyen nuestra personalidad. Y para ello no debemos ser necesariamente monjes, personas célibes u otras frígidas que no han explorado las ventajas y dimensiones del sexo. Somos seres sexuales, pero podemos vivir esta dimensión a través de una vida más o menos responsable que implique un conocimiento mediano de nosotros mismos a través de nuestros cuerpos hasta que podamos unir eso con la propia consolidación de nuestras mentes y espíritus (si es que tal cosa existe).

Exploramos y vivimos, pero para eso no necesitamos mentir. Si nuestro camino es la exploración del sexo, pues podemos conseguir estas parejas disimiles y esporádicas sin necesidad de mentir a nadie. En especial sin necesidad de mentirnos a nosotros mismos. Pensar que no somos capaces de controlar una situación social es negar nuestra razón, la misma que en principio justifica la existencia de nuestros complejos sentimientos que son más que simple instinto.

Así, somos los encargados de llenar nuestras vidas con algo más satisfactorio que el simple intercambio de fluidos. El amor es aquella cosa que nos rompe, el sexo es algo que nos une, pero sin una consciencia del otro no estamos más que en una sesión masturbatoria, un producto hedonista de la concepción egoísta a la que somos arrastrados por cuenta del aislamiento en el mundo moderno. De esta forma para que el amor no nos destruya del todo, hemos de tener un sexo que nos permita mantener algo más que una consciencia univoca de lo que es la compañía. Quizá esto no funcione todo el tiempo o se descomponga por la propia necesidad individual de auto sabotaje, pero lo cierto es que el intento vale la pena y que con el tiempo se puede aprender a hacer más y mejor el amor. Porque es mejor hacerlo, lograrlo, conseguirlo, que simplemente darlo por hecho.

Si pensamos en lo que necesitamos, en lo que queremos y trabajamos por ello en lugar de justificarnos para ir de un lado a otro sin una concepción adecuada de nosotros mismos o sin una consciencia suficiente del papel de nuestra moral, de nuestra inteligencia y virtudes, lo que haremos será navegar hacia un vacío que inexorablemente nos condenará a la soledad. Incluso a la soledad del otro.

domingo, 14 de octubre de 2012

... Reflexión Diez: Fidelidad


El 29 de abril del año 2010, publicaba en este blog un articulo sobre el resultado de la evolución reflejada esta en la tendencia hacia el comportamiento fiel, correspondiente a aquellos hombres (y mujeres) con una marcada condición liberal, inteligentes y ateos, aunque el autor del articulo sostenía que las mujeres tienden a ser más fieles, lo que hace suponer que en ellas no implica evolución. El especialista, según la página de BBC mundo es un científico de apellido Kanazawa. Lo anterior puede unirse a los planteamientos con respecto a las relaciones de pareja que publicó el científico colombiano Rodolfo Llinás, quien afirma que el amor eterno “(…) es de inteligentes (…)”.

Ahora, en principio es necesario hacer una aproximación semántica al término, ya que el mismo puede darse a confusiones.

De una parte tenemos una idea referente al comportamiento, es decir una conceptualización de tipo moral, el diccionario nos habla de “firmeza y constancia en los afectos, ideas y obligaciones [sic]”.

Por otro lado, tenemos la acepción relativa a la exactitud, la veracidad, precisión, tanto de hechos como de acciones, lo que a la final se vuelve un criterio de comparación, es por eso que se habla de reproducciones, relatos o ejecuciones fieles. Para dar un ejemplo, se puede hablar de la fidelidad de los equipos de audio.

Sin embargo, para este escrito me referiré al ámbito de las relaciones, el aspecto moral, subjetivo y personal, incluso el apego, y demás comportamientos asociados a esta idea, y que desembocaran en una concepción algo diferente, que espero, permita abordar este tema que me parece fascinante e inquietante a la vez, pues muestra mucho de lo que realmente hace a un ser humano.

La fidelidad en un sentido abstracto y luego de leer un poco sobre la misma en fuentes tan diversas como se pueda pensar, implica la atención a convicciones personales, a obligaciones auto impuestas, de ahí que la haya presentado como un valor de tipo moral, que se conciba como un sinónimo de “lealtad”, sin embargo, haré una salvedad frente a la sinonimia, puesto que encuentro una variable fundamental para su distinción, la cual traeré más adelante a colación. 

Según el santo internet, la palabra "fidelidad" deriva de la palabra fidelitas del latín, y su significado es servir a un dios, lo cual no es tan descabellado si nos remitimos a los fieles, los cuales en casi todos los textos de tipo religioso, son aquellos que sirven “fielmente”, es decir, con la mayor convicción a su dios. No obstante, prefiero la devoción como acepción religiosa, y a los devotos como servidores desprovistos de consciencia, para quienes sirven y siguen una cierta idea religiosa, o en todo caso profesan una fe profunda.

Me gusta pensar –con todo lo anterior- que la fidelidad es una virtud para seguir un precepto moral encadenada necesariamente a los valores de quien se dice “fiel”. Ciertamente en términos de relación, cuando una persona se promete a otra o se compromete, esta poniendo de presente una disposición soberana que lo obliga, con fundamento en su propia escala de valores. Y es que se es fiel por disposición personal, de manera libre, voluntaria, y ante todo consciente.

El problema llega cuando se mezclan otros conceptos como la entrega, el afecto, el amor. Y es que muchas personas suponen que deben recibir algo, pero no están dispuestos a dar a cambio, entonces, un contrato sencillo como puede ser una relación de pareja, se lleva a extremos intolerables en donde no puede entenderse como suficientemente satisfecho a ninguno de los involucrados. Mejor dicho, cada cual siempre quiere ganar, pero no está dispuesto a ceder en ningún término, puesto que esto está visto como perder.

Como lo analicé alguna vez, el amor es un sentimiento fugaz, relativo y conveniente, pero que es tan real como lo pretenda hacer ver -y valer- cada uno de los involucrados de manera individual o conjunta, es decir, necesita de la voluntad univoca o multilateral para existir. Por tanto, podemos hablar de constancia –persistencia, uniformidad, consistencia, firmeza- en la manera de mantener o ejecutar la relación, al nivel que esta se de.

Entonces, es fiel por un lado quien cumple con sus propias obligaciones, es decir, no desatiende su integridad moral con independencia de las contingencias, a pesar de que sus sentimientos cambien, a pesar de los estragos que produzca el tiempo en su ser, pero siempre de manera lúcida y voluntaria, ya que de otra manera estaríamos ante un sometimiento, que iría en contra de la liberalidad de la idea, que previamente había expuesto.

También es fiel quien consciente y voluntariamente sigue lo prometido a otro –u otra-, lo que en cualquier tipo de relación es necesario, puesto que se establecen de manera explicita o tácita unos acuerdos para que se pueda entablar y mantener ese sentido que une las voluntades dispares, para convertirlas en pares. Probablemente todo en materia de seres humanos converja en un consenso (o en un disenso), con lo cual y luego de superada la discusión, se tendrá probablemente una pareja (conjunto).

A pesar de todo lo referido hasta ahora, es importante tener en cuenta que la fidelidad implica el seguimiento de valores, por lo tanto es algo personal, y que incluso puede torcerse, pervertirse, en especial cuando la percepción moral de quien lo intenta aplicar no corresponde con la de quien se convierte en afectado por lo prometido, es decir que si existen diferencias abismales en lo que ambas personas consideran como recto, justo o integro, pueden producirse consecuencias inesperadas.

Debo traer de vuelta entonces el concepto de “lealtad”, el cual a mi juicio ya involucra al otro, puesto que para no traicionarlo, debe necesariamente conocerse su código moral propio, con lo que la promesa de lealtad involucra un conocimiento de aquel a quien se le profesa tal sentir, no basta con pactar como en el caso de la fidelidad poniendo de presente los valores propios, los cuales como mencioné antes, pueden ser insuficientes. Por el contrario, debe saberse a que se somete, puesto que quien va a juzgar en principio será ese otro, quien recibe la promesa, y no necesariamente el prometido.

La lealtad implica el respeto, la idea de no engañar ni traicionar a los demás, mientras que la fidelidad puede permitirlo, puesto que la concepción intima frente a un determinado comportamiento puede ser acorde con la falta en términos de la escala de valores de quien pudiera considerarse como afectado.

Así las cosas, es grave ser infiel, pero es imperdonable ser desleal. Probablemente faltar a la fidelidad no sea tan desastroso, puesto que esta idea es de entrega personal, de compromiso univoco e intimo, y cada persona puede flaquear, verse arrojada a situaciones en las cuales no tenga pleno control sobre sus acciones, en que no pueda ser constante o consistente.

Sí, probablemente sea de inteligentes el mantenimiento de relaciones estables y prosperas, por tanto con promesas mutuas de fidelidad, respeto y lealtad, sin embargo el amor hace idiotas a las personas, niega su inteligencia y pervierte su escala de valores. Probablemente el amor inteligente exista, pero muy seguramente está desprovisto de pasión y si estará plagado de cinismos y reconvenciones, porque solo puede querer inteligentemente quien se ha desbocado en estupidez al entregarse, quien apasionadamente se ha dejado ir, ha volado y posteriormente se ha estrellado de manera estrepitosa contra el suelo –y la realidad-, porque únicamente tiene bien puestos los pies sobre la tierra quien ha intentado volar, y por supuesto quien ha caído.



Imagen tomada de http://radioemmanuelfm.org