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jueves, 29 de marzo de 2018

Dias santos

En algunos momentos de mi vida me he cuestionado sobre la santidad, de la misma manera en que alguna vez me cuestioné sobre los valores que dan pie a "fiestas" como las que generan los feriados o días festivos. En un tiempo estas fechas me valían poco menos que nada, tal vez esto era producto del desempleo, estado en el que todo gravitaba en torno a la necesidad. Aquel impulso por llevar a cabo alguna actividad productiva adicional (más rentable) y por establecer al fin una verdadera independencia, la cual tan solo es posible con un ingreso estable y constante. O al menos eso era lo que creía en ese momento.

Pero esto ya no es importante. Hace ya varios años que mi vida se encuentra sometida a una rutina de trabajo, de ocupación e, incluso, de estudio, que me ha permitido apreciar de manera diferente los días determinados para el disfrute de sí mismo o, en todo caso, para el descanso.

Descansar. Vaya que a veces lo necesito. En algunas entradas he mencionado lo que implica este ritmo de vida, la monotonía, la ocupación o las necedades y complejidades de la cotidianidad en un mundo sumergido entre ruido, al cual tengo que huirle todo el tiempo valiéndome de la herramienta de los audífonos y de la buena música. Esa que muchas veces, y quizá sin exagerar, me ha salvado la vida.

Nuestros fiestas son todas derivadas de la tradición religiosa, producto de conmemoraciones de vidas de santos, aquellas personas que según estas mismas tradiciones se destacan por sus relaciones especiales con las divinidades o por una elevación particular de carácter moral o ético. Este vocablo también puede evocar la idea de pureza o de gracia y en todo caso corresponder a características especiales que denotan una cercanía, precisamente, a esa divinidad que sirve como foco de la idea teísta.

Pues bien, no todos los feriados corresponden con fiestas de santos y por tanto no todos estos días son "santos" como tal. La mayor correspondencia en este sentido se da durante la llamada "semana mayor" o "semana santa", en que se recuerda la pasión y muerte de Jesucristo. Pues bien, la tradición de mi crianza es católica y por tanto debí haber servido en algún momento como un número más para engrosar la amplia cuenta de predicantes de esta religión. ¿Para qué sirve este dato? Quizá para nada.

Lo único que pretendía era reflexionar sobre la santidad de un par de días en que en realidad uno no hace otra cosa más que descansar, que hacer uso de su tiempo libre, compartir con la familia y los seres amados y, eventualmente y si es del caso, asistir a los servicios religiosos en conmemoración de estas fiestas.

Un día no está dotado de repente de una cierta carga espiritual tan solo por la creencia de algunos pocos o muchos (los creyentes somos mayoría, sin importar la forma en la que creamos o en qué). Algo como tan aleatorio como la disposición de un Jueves cualquiera y el viernes que le sigue no tienen nada de especiales. Todo es arbitrario, tan salido de cuenta y de control como el mismo caos cósmico que creo a este mundo y a las personas que midieron los ciclos para darles correspondencia con los días y años. Vueltas y más vueltas del mismo espiral en que nada más importa que lo que se hace con cada momento.

Mientras, yo armaré un rompecabezas con la amada.

viernes, 2 de marzo de 2018

Viernes de falta de ganas

Viernes. Sí, lo es, de nuevo. Ni más faltaba, el tiempo pasa, tiene que hacerlo, no tiene de otra.

Y es fácil entender por qué cada vez es más pesada la semana de trabajo. Quizá sea porque ahora que mi vida se encuentra satisfecha en aquella dimensión del ser que me resulta más satisfactoria sin que sea individual, pues los fines de semana no son solo descansos si no momentos añorados en que salgo casi que corriendo a buscar aquello que anhelo. Todo lo lleva a uno a esto, a buscar con desesperación el salir de la rutina, el dejar de ver todo lo que no es tan satisfactorio En cierta manera escapar, porque hay un límite de tolerancia para la confrontación, porque tampoco es bueno quedarse a sufrir con las consecuencias de una vida sin sentido, o de una existencia fútil que, de una u otra forma, requiere de respiros.

Aún siguen sin significar gran cosa para mí estos días, pero el sentimiento de desidia generalizado también se contagia. Las malas energías se pegan y resulta uno cubierto hasta la cabeza de cosas que ni se esperaba, lleno de todo lo que otras personas emanan aún sin darse cuenta. Y es que este es el común denominador, no darse cuenta, ir por ahí sin ser, tan solo existir.

Quisiera que fuera diferente, pero mi cabeza a veces no da para tanto. La madrugada la falta de una buena rutina de ejercicio o aquellas salidas creativas que para mí son fundamentales. Todo esto hace que la vida se complique, que se llene de aquel ruido al que ni siquiera puedo escapar con los audífonos, uno que parece que emanara desde dentro de mi propia cabeza. Así, tengo que lidiar con los demás, con el clima, con la contaminación y con mi propio desgano porque hoy es viernes.

Pero mañana es sábado y por fin podré tenerte en mis brazos D.D.

viernes, 23 de febrero de 2018

Reflexiones apresuradas

La reflexión se trata de confrontar lo que se siente con lo que se percibe, de hacer una serie de cálculos sobre resultados, sobre procesos, sobre comienzos y finales. Muchas veces con independencia del resultado. Es algo necesario dentro de una vida atestada de cosas que se dan por ciertas, en donde se nos prohibe tener cualquier chispa de verdadero pensamiento independiente, de actitud crítica. En donde cada cosa es como debe ser a pesar de que a diario se encuentren contradicciones, retrocesos

Nunca esperé llegar a un momento en mi vida en que un viernes me diera algo de tranquilidad diferente, aparente, o incluso cierta, en relación con la llegada de un merecido descanso. Y no se trata ni siquiera de que me haga falta en demasia el tiempo para mí. Es solo que todo me toma más energía de la debida. La cotidianidad se me está convirtiendo en una espesa agonía de la cual me cuesta despegarme, como si estuviera atrapado en la tela de una araña y además sumergido en alguna clase de líquido viscoso. La propia baba de la existencia.

El día a día, la ciudad con sus interminables matices grises, con sus muros altos y sus tiempos cambiantes. Las calles colmadas de personas a todas horas, cada una más ensimismada que la anterior, con un afán increíble de llegar a su siguiente destino, aún cuando cada momento de su existencia está plagado de la contínua adicción moderna por el entretenimiento básico, por la inexorable condición de ocupación que tan solo genera vacío, soledad, miseria. La gente no tiene idea de por qué se dirige a su destino, tan solo quiere arribar ahí rápido. Y lo mejor: llegará tarde.

Pero para mí lo peor es el ruido. Y es que siempre me he quejado de los espacios oficinezcos, y no es para menos: unos contra otros, un aire enrarecido, viciado y reusado, que no parece llevar más que desdichas, desesperanza, tedio y, por supuesto, enfermedades. El constante murmullo que a veces se convierte en pesadas conversaciones sobre el corrillo incesante de vidas llenas de falsas ilusiones, de alegrías efímeras y de hipocresía.

Es necesario someterse a un posible daño futuro en los tímpanos, sumergirse dentro de notas de aquellas melodías que lo acompañan a uno y que, seguramente, distan de aquellas que han enseñado a esos otros a repetir antes que a decir, a retraer en lugar de pensar, a dar por sentado y no establecer algún punto crítico porque hasta la música de hoy en día está hecha para someter, para apaciguar, de ahí que recurra a los instintos más básicos; el perreo, la tensión sexual, que estas primen para que no haya tiempo de pensar. No, lo importante es coger, tirar, tener todo el sexo posible con tantas personas como sea posible. Porque hasta eso debemos acumular, tener, tener y tener.

Y yo, yo tengo sueño.

viernes, 20 de mayo de 2016

Viernes de falta de paciencia

Qué cosa con los viernes.

Sí, la vida es probablemente una experiencia cíclica, un espiral en el cual las cosas se reflejan unas en otras, en la cual unas cosas hacen homenaje en otras, en que se suceden eventos que con cierto cuidado podrían ser predecidos. Quizá es un mal propio de la consciencia, que no está totalmente establecido entre aquellos que no reaccionan más allá de lo que dicta la inmediatez de sus sentidos, supeditados a la ceguera de nuestros tiempos. Esta vez no se trata solo de un problema de contraste generacional, no soy quien para establecer este tipo de relaciones de desagrado por los actual, de nostalgia por lo pasado. De hecho no recuerdo algún momento en que las cosas hayan sido diametralmente diferente, tan solo una caída hacia el abismo, hacia un fondo previsible, pero no cercano, pero con una distancia creciente en dirección a la salida... Tan lejos.

La paciencia radica en las acciones de los otros. Esos extraños habituados con costumbres tan decibles, tan ciertas y esperables que la paciencia no debería faltar. Existe una explicación a todo lo que hacen, a todo lo que dicen, sus vidas son abarcables, aun cuando estén llenas de energía, alegría. Es un poco la dicha de la inconsciencia, el resultado de los estados inertes, de la poca reacción ante los estímulos del mundo. La seguridad falsa que da existir sin poder ser del todo, por vivir sedado por cuenta de las recompensas que ha enseñado el marco de acción limitado al cual se ha aprendido a entender, a interpretar como parte de sí, la costumbre ciega. La misma estructura de seudo reacción que dice como acontecer, como comportarse ante ese último día de la semana, quizá no se den cuenta, no logren observar lo que causan con otro. Se detesta este día por lo que otros hacen a través del mismo.

¿No?

viernes, 13 de mayo de 2016

Viernes de males comunes y recurrentes

Hoy es viernes, uno de aquellos tantos días en que la gente parece aparecer sin ganas de trabajar. En donde se acumula el "cansancio" de los demás días, en donde las personas se alegran por la ilusión que les presenta el llegar a disfrutar del tiempo de descanso, de pasar su tiempo libre con sus otros significativos... Claro, porque los días anteriores estuvieron llenos de agobiantes labores, de extenuantes deberes, de poco o nulo tiempo para compartir, porque estamos cansados siempre, estresados y necesitados de cualquier cosa: dinero, tiempo, dinero, espacios, dinero, cosas, dinero...

Quisiera volver a la época en que todo esto me afectaba menos, en que era más consciente y el viernes era un día cualquiera, y no un signo liberador...

viernes, 6 de febrero de 2015

Viernes otra vez

Tomado de: http://www.imagenessincopyright.com/2014/07/llave-antigua-con-fondo-claro.html
Seguir con este blog, con el ritmo que tuve el mes anterior no es nada fácil. Los días se hacen una constante que aun no tan repetitiva como podría (en un sentido de estar peor), si conllevan una rutina que guarda un peso considerable al acumular quehaceres en medio de los deberes y quereres. La cotidianidad se rodea de plazos, límites y tiempos, que sumados a los lugares necesarios para el amor y la dicha, terminan limitando el ocio, dentro del cual muchas veces esta bitácora no tiene un lugar determinado.

Escalas, graduaciones y medidas. No es de ninguna otra manera en que se sobrevive al ritmo de vida desde lo establecido y comúnmente aceptado. La corriente generalizada de pensamiento nos obliga a establecer prioridades y a buscar términos de referencia para nuestras vidas que se adecuen al discurso de la eficiencia, del rendimiento. De esta manera también hemos terminado por asimilar al ocio como algo improductivo y que debe casi que ser escondido, dejado a un lado y enterrado de la más felina forma. Pero algunos hemos optado por no establecer vergüenzas basadas en criterios ajenos, en especial ante lo ilógicos que resultan, contradictorios, ladinos y tan propios de estas sociedades que premian lo perverso por interposición de la virtud que está más gastada que las reflexiones al respecto.

Dejarse ir, dejarse llevar. Dejar ser.

Así, cada espacio es tan importante y tan especial como circunstancial. Porque la circunstancia es un camino necesario para la llegada a una consecuencia de índole significativo, lo cual tampoco implica que cada acción deba responder a un antecedente solemne o que revista de la mayor importancia para nuestra vida. Cada pequeña cosa de la cotidianidad incluso, está marcando una estela de puntos que conforman la línea de nuestras vidas, la cual no es recta como ya lo he mencionado varias veces, sino que resulta sinuosa, reptante, caótica.

Es ese mismo sentido del caos cósmico el que forza que cada una de mis acciones queden de manera impune ceñidas a la uniforme discontinuidad de mi haber, lo cual celebro cuando me permite permanecer lucido dentro de la red entrópica de mis propios pensamientos.

Ese mismo sentido del caos me llevó a titular esta entrada, porque es viernes otra vez, porque nuevamente todo confluye hacia el verdadero aprovechamiento del tiempo libre (ja, aprovechar), o simplemente porque si.

viernes, 23 de enero de 2015

Viernes (Parte II)

Tomado de: http://www.imagenessincopyright.com/2014/04/fotografia-de-un-nudo-marinero.html
Hace algún tiempo escribí como detesto, o detestaba a esa fecha los días viernes.

Aún me sucede un poco, a veces. Por varias razones aparentes, otras conscientes y profundas, que exceden lo que ya he escrito de forma directa o tangencial.

Alguna vez escribí como existen zombis en las calles, en las plazas, en los autobuses. Quienes se mueven por la pura memoria muscular y el peso de la obligación; Tener que, deber (sobretodo deber, porque todos debemos algo). Indiqué como tal vez mi extraña antipatía por el día, corresponde a una falta de concordancia con las cosas como están constituidas. Una y otra vez el objeto de mis reflexiones ha caído en un espacio común en el cual me pregunto por la dirección, por el camino, por el estado, por la realización de la consciencia y los espectros relacionados con la forma de ver todos los tiempos, todos los espacios, lo que me ha llevado a la conclusión de que en algunos momentos lo indicado es hacer una pausa para respirar, o para lo que se me ocurra.

En todo caso, el viernes es la union con ese espacio merecido de descanso, de ver a la persona amadda y compartir con ella, de dedicar tiempo a si mismo; pero para algunos el peso del día como tal es grande y su propia forma de hacer las cosas los lleva a ir a media marcha, a departir más de lo debido, a hablar, contarse una y otra cosa, porque el trabajo queda en segundo plano ante la oportunidad de hacer alguna clase de charla, tan banal como se requiera.

Para mí todos los días siguen siendo iguales, el cansancio de la semana lo veo reflejado sobre las 6 de la tarde, tal vez un poco antes, pero no llego condicionado desde la mañana para hacer algo diferente, trabajar a otro ritmo. Claro, existen ventajas del día, como lo de no tener que llevar corbata, relajarse un poco desde la vestimenta, lo cual no es excusa para relajar el cerebro, o para usarlo de otra manera. Soy un bicho raro porque me gusta trabajar a un ritmo parejo, de manera constante.

viernes, 4 de abril de 2014

A media marcha

El tema con los viernes es que todo el mundo se encuentra a media marcha, o tiene poco o nada de ganas de hacer, lo que naturalmente se ha visto en la obligación de realizar, muchas veces por decisión propia.

O es posible que cada día nos estemos quedando sin más opciones, o es lo que pienso cuando reflexionó como me habría gustado ser pescador o artesano, y vivir de la naturaleza; o tal vez un artista marcial entregado a la disciplina del cuerpo...

Pero no, hay que comer. Y por duro o difícil que nos resulte, las personas que se dedican a pescar, a los artes manuales o a las artes marciales, pueden bien terminar en las calles de nuestra abarrotada ciudad, coleccionando malas miradas y lastima en forma de monedas o sencillamente vivir en una pobreza que haría sonrojar al mismísimo Yisus.

A esta hora me lamento un poco, al no tener la libertad de poder quedarme en casa a reflexionar sobre la vida y los otros demonios y angeles que rondan mi cabeza, y sin embargo, debo quedarme aquí a la sombra de este computador, a expensas de algunos pendientes y de unos cuantos propósitos no tan inmediatos, cosas que pueden y deben ser postergadas ante la sombra funesta del cansancio por haber hecho tanto o más de lo que correspondía en días anteriores...

Lo bueno es, que es viernes.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Viernes

Yo detesto los viernes. ¿Por qué?. Una completa tontería, simplemente me enferma salir a la calle y verla llena de niños entre los 15 y 20 años tomando licor en cualquier esquina, avocados a la rumba, igual que la obsesión generalizada por la rumba y el trago; Verán, yo vivo cerca de varias universidades, y el panorama al salir es simplemente ese, a veces ni se puede caminar de tanto chino que hay por ahí en grupitos ("combos" o "parches"); Y digo eso porque en realidad no se ve gente adulta, tan solo adolescentes que supongo deben llegar a sus respectivas casas antes de las 10 de la noche, con lo cual se embriagan entre las 2 y 6 pm y alcanzar a medio superar la borrachera para llegar un poco bien al hogar en donde seguramente hay unos padres que no los esperan como tal, porque quizá están trabajando como mulas para poder pagar la universidad de estos muchachos, las "fotocopias" y la comida que estan bien caras. Es bien sabido que el fondo de "fotocopias" es un fondo mixto que también se usa para vino, "Eduardo III", "Old Jhon", "Moscatel", "Ivanoff" y demás.

Yo no quiero pasar como "aburrido" -igual tal vez lo soy-, pero yo soy de los que no se obsesiona con que llegue el viernes para poder salir, tampoco es que me agrade de a mucho la rumba y los planes de diversión comunes de las personas, que casi siempre involucran alcohol; Me gusta reunirme con mis amigos, pero me da igual que día de la semana se haga. La verdad no es una necesidad para mí, como siento que es para otras personas, que no pueden concebir algo como "un viernes y yo aquí metid@ en mi casa"; Lo he escuchado, y tal vez sea la consecuencia del escape natural de la rutina, el descanso de la agitada semana de estudio y/o trabajo, pero no me parece tan necesario, indispensable ni nada así. Puede ser simplemente que yo me divierto más hablando con mis amigos, compartiendo como tal, pero no todos los días ni tampoco todas las semanas. Nunca le he encontrado mucho gusto a salir de rumba, aunque lo he hecho de vez en cuando, pero simplemente no es algo de mi total agrado, porque no soy amigo de la música a volumen tan alto, tampoco me gusta emborracharme; Alguna vez escribí incluso que soy un aburrido, alguien que no se acopla facilmente a los diferentes entornos sociales, y es que cuando se ha vivido de cerca a estos ambientes, uno aprender de cierta forma a detestar que los sitios estén tan cargados, que no se pueda uno mover entre la gente, el volumen que no permite siquiera hablar, ruido, mucho ruido.

Detesto los viernes por algunas razones más egoístas, porque es difícil no ser entendido en cuanto a los gustos y pensares, porque las diferencias a veces se hacen notorias; Cuando lo separa a uno la edad, las condiciones sociales e intelectuales y después de todo a uno le corresponde tan solo quedarse callado.

Eso último no me lo van a entender y probablemente mis razones para detestar estos días no sean tan claras y otros no las compartan conmigo, pero que más da. Tenía que dejarlo por escrito.

La imagen fue tomada de aquí.