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viernes, 26 de enero de 2018

Otro día, otro raye

El tiempo correcto nunca es el tiempo presente. Vivimos a la sombra de una sensación cronológica discontinua, pero que tiene, por cuestiones culturales, ampliamente embebida la idea de continuidad. Nos enseñan desde siempre a pensar en líneas, a desconocer los puntos y a rechazar las curvas, y ni qué decir de las complicadas formulas senoidales, de aquellas basadas en más de dos ejes, de aquel mundo más allá de la simple dicotomía cartersiana, maniquea o binaria que reconoce tan solo lo que nos da alguna opción sencilla para la elección o el descarte.

Y es que la vida por cuenta del descarte es la más sencilla, se escoge el menor de los males por la pereza de buscar aquella opción no obvia que puede ser, en efecto, buena. Se acepta sin más cada cosa que alguien más dice, por quien es, porque la falacia hace tiempo contaminó las más básicas capacidades del raciocinio. Se da vuelta sobre una idea, se ataca al que no piensa como uno -o como le han dicho a uno que piense-, se hacen generalizaciones a toda carrera, se parte de la cuestión para hallar la respuesta y viceverza, y siempre se usa aquel ridículo de cajón, que parte de aquello que nos han mostrado como humor, para no prestar atención a lo poco valioso que dice el otro. Sí, es poco porque ese otro también está afectado por los mismos males, porque es otro, uno más, aquel, el que se distancia de mí tanto como lo permite el territorio. Tanto como lo deja ser la circunstancia.

Los ciclos sirven para dar algo de sentido, una sensación de cierre a estas vidas que no resisten los bucles, que parecen no querer quedarse sometidas a una rutina, pero que en el fondo lo buscan. Aquella es una dimensión absurda de una existencia que siempre se encuentra en  eterna contradicción: buscar la estabilidad para luego querer morirse por someterse a ella. Pero todo lo que se repite tiende a a mejorar en algo lo repetido. Es con la práctica constante que nos hacemos mejores en cualquier acción u oficio, pero cuando se trata de algunos aspectos de nuestra vida, la repetición se hace rutina, y la rutina se establece dentro de lo cotidiano como algo que encierra a cada cual dentro de un escenario en que sus libertades quedan coartadas. ¿Libertad de qué?

¿Libertad para qué?

Ha de servir al menos para protestar, para no ahogar los gritos de desespero, aun cuando estos tengan que tener el volumen de las letras escritas, aún cuando estos tengan que quedarse en un Blog que nadie lee.

jueves, 13 de octubre de 2016

La tolerancia del otro

Dejar ser.

Sí claro.

Alguna vez se me ocurrió escribir sobre la tolerancia, aunque tal vez no con la idea adecuada en términos del alcance del concepto.

Solo basta recordar que tolerar es según el diccionario: "permitir o consentir algo sin aprobarlo expresamente". Esto del alcance puede llegar a ser intuitivo, en la medida en que se habla de permitir o consentir, donde lo contrario es impedir o disentir. Esto lleva a pensar que el concepto comprende dos tipos de tolerancia, una que implica una actitud pasiva desde la posibilidad física de reacción frente a lo que se desaprueba, pero se deja ser; la otra, que se manifiesta en un reproche que no habría de pasar de un escenario de discurso, o incluso desprovisto de éste y que en todo caso podría referir a un ejercicio de reflexión, de dialogo o de simple negación consciente.

Pues bien, imaginemos por un momento que cuando se realiza un cuestionamiento, cuando se hace una crítica no se está dejando de consentir.

El consentimiento es la voluntad. Se pueden llegar a aceptar acciones o consecuencias negativas y también se puede autorizar. De esta forma al consentir sin aprobar, como se desprende de la tolerancia, se está teniendo conocimiento de algo, y se está permitiendo, lo que no implica que al respecto no puedan realizarse observaciones.

Las personas asumen que la tolerancia es una medida de pasividad y que se trata únicamente de permitir, sin que pueda hacerse nada más, sin que pueda actuarse, como si las relaciones entre seres humanos fueran pacíficas, univocas, unidimensionales y unidireccionales. Aquel otro, que está del otro lado de la carga perceptiva, debe ser capaz de asumir todo el cúmulo de expresiones y emociones que sean posibles desde y este lado de la relación.

De esta forma se considera que la tolerancia es solo hacia mí, y no del otro. Que tengo derechos absolutos, a expresar cualquier opinión en desarrollo de los principios liberales básicos como la opinión y el desarrollo de la personalidad. Nadie ha de detener la expresión de un emisor absorto en una mecánica de libertad y tolerancia individual, pues de otra manera esta persona -este otro- está atentando contra la persona, no lo está tolerando, no lo está respetando.

Dejemos el respeto para otro día, ya que el mismo es formal, relativo y de una construcción enteramente social. La tolerancia de 'uno', lleva de la mano la posibilidad de ser, y el derecho a que lo dejen ser, a que no se le interrumpa, no se le cuestione, no se le critique, y por supuesto, que jamás se le indique que sus argumentos, el fondo de su expresión, sus ideas, están de alguna forma equivocadas o no son tan coherentes, gráciles, adecuadas, pertinentes como aquel 'uno' lo considero.

Pero si todos son sujetos de tolerancia, si todos deben ser tolerados, el escenario conlleva un conflicto de libertades y de derechos que resulta más harto de lo que esta entrada permite.

¿Dónde queda el otro?

El otro por lo general, no existe. Esta sociedad se ha ocupado de negarlo sistemáticamente, en convertir al mundo en un colectivo de 'unos'. Esto, a partir del reconocimiento del individualismo, por sobre cualquier característica de la individualidad. Es una diferencia tonta, quizá, pero se impone una idea colectiva que no permita la crítica, el dialogo o la construcción desde y hacia el individuo. Así, se le enseñan las ventajas, los derechos, las virtudes de una situación sin permitir una experiencia siquiera cercana al valor propio de lo individual, a los aspectos básicos de la introspección, no, esto no es importante, por tanto la idea del otro tampoco lo es.

Solo se reconoce al otro para hacerlo sujeto de toda esa serie de obligaciones que la escala valorativa personal concibe como 'buenas' o 'justas' frente a quien observa, frente a quien determina, frente a 'uno'.

¿A que va todo esto?

A que a 'uno' no le importa tolerar lo que hace el otro, no le interesa. Está preocupado en que las ideas que gravitan por su cabeza, pero que no concibió, que se auto impuso por cuenta de la corriente mayoritaría, de la tendencia, de la moda, que todas esas ideas transiten libres y nunca sean cuestionadas, pues de otra manera ese otro, es un intolerante.

Y ya  sabemos cual es el remedio para quienes no toleran, a esos no los vamos a tolerar acá.