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lunes, 13 de junio de 2016

Pausa para lamentarse

Son múltiples las cosas que pasan por la mente de una persona medianamente consciente. Resulta complejo hablar de uno mismo, y hacer cualquier clase de reflexión que quepa dentro de una categoría loable en términos de crecimiento personal, si es del caso, o de algo que sirva, pero todo, todo puede ser controvertido, o mejor, desestimado. Sí, porque el auto conocimiento es egoísmo, y es malo. La observación de los demás, se constituye en una crítica, que usualmente también es mala si no está acompañada de alguna señal de acción, una disposición de cambio a través de un consejo, sin embargo, esto también es malo ya que no se puede decirle a otros como hacer las cosas.

Los consejos, las opiniones y las críticas solo sirven (o tan solo se aceptan) si acaso suelen ser constructivas, positivas o si en realidad disfrazan alguna clase de elogio o disposición de alabanza frente a quien se dirigen, claro, salvo que se esté dentro de una posición de autoridad con respecto a la persona, caso en el cual el mensaje será tolerado en una mejor manera, o incluso adoptado si la posición está mediada por alguna suerte de dominación por efecto del carisma o la admiración.

En fin. Es poco lo que se puede decir en realidad, salvo que goce uno de alguna forma de ser, de una personalidad cínica, ociosa si quiere, la cual permita ir un poco al rompe con este tipo de imposiciones.

Este mal aumenta en la medida en la que desciende la curva de edad del individuo al que nos refiramos, poco queda de una atención real hacia el otro, ya que las personas son fácilmente descalificadas, salvo que -insisto- sean alguien, y que tengan por tanto una mayor importancia para el colectivo, lo que puede ser rastreado a través de su impacto en el mundo alternativo y cada vez con mayor relevancia que dictan las redes sociales, el internet.

Quizá en algún punto podré explicarme de mejor manera, sin caer en tantos lugares comunes y sin acercarme tanto a lo que critico.

Lo cierto es que estas realidades, sumadas a otras tantas de la expectativa y el devenir cotidianos, simplemente están mermando mi capacidad de resistencia a las vicisitudes del rigor de cada ciclo de rotación terrestre. Esta desidia, propia de la cotidianidad, probablemente terminará acabando conmigo...

martes, 27 de enero de 2015

Martes creativo

Tomado de: http://www.imagenessincopyright.com/2014/08/trabajando-en-la-oficina-por-la-tarde.html
Es martes, porque ayer fue lunes, o simplemente lo es porque tiene que serlo, o porque a alguien se le dio la gana que así fuera, claro, yo no tuve nada que ver con ello, solamente que el día de ayer estuvo marcado por la enfermedad, lo cual disparó mis niveles de desidia, y así.

La pantalla del querido y bien ponderado Spotify me muestra una lista de reproducción denominada "Impulso Creativo", la cual no reviso (pese a la curiosidad) por temor a que esté repleta de pop-ligero-contemporáneo-electrónico-indie...

Claro, probablemente a la mar de personas que están afuera haciendo lo que quieren y dejando correr su imaginación, trabajando por gusto y no por cualquier otro verbo modal, a esa gente le resulte inspiradora esta música que puede resultar rítmica antes que melódica y sobre todo, que está cargada de sonidos que ponen la cabeza a trabajar. Alguna vez denominé a algunos tipos de música electrónica como mata-neuronas, una pesadilla pendular con un volumen que no permite otra cosa que saturar los sentidos, pero bueno, no toda la música de corte contemporáneo es de este corte aniquilador de materia gris, pero no viene al caso.

Me encantaría que mi trabajo fluyera mejor por cuenta de la música, pero el ambiente oficinesco correspondiente al deber ser dentro de la estructura del poder, adolece precisamente de malestares estructurales y problemas derivados de la eficiencia mal vista, o del peor de los síndromes burocráticos por cuenta de la organización, por el desarrollo de la eficiencia y la eficacia, las cuales precisan definirse en tratados de cientos de hojas en una pura contradicción ontológica, puesto que el signo se ha perdido en la forma, y el procedimiento aunque no es todo, si delimita al universo.

Ser creativo a pesar del volumen de voces, murmullos y ordenes constantes que ante la posición jerárquica le llevan a uno a centrarse sin poder concentrarse, a escapar de ese ruido que a los demás parece no importar. La música es un escape necesario, aun a pesar del riesgo evidente para la sanidad, para a salud por cuenta de la excesiva carga sensorial que no todos resistimos, porque quizá no es grave el mutismo, y se siente, se puede estar al tiempo que se ve, se escucha y se degusta, palpar cada tecla y gozar de el matiz diferente según su distancia del centro de masa de cada uno de los dedos.

El mundo no se detiene, pero puede ser parcialmente ralentizado por un simple ejercicio perceptivo que para casi todo el mundo es una maldición en tanto su vida es un lamento, una consecuencia de algo inexorable y tan grande como el dios que llevan en el bolsillo y que les sirve para justificar cada pequeña y gran cosa, para encontrar sentido de sí mismos, para saberse en el universo que ni siquiera se esfuerzan en comprender. Así la vida se les pasa, a un ritmo acelerado que también resulta contradictorio frente a la necesidad de que la rutina pase, de que llegue el viernes, de que pase todo lo que no es ameno, y llegue aquello que en principio y se supone, si se disfruta. Tan creativos, ¿no?

lunes, 3 de junio de 2013

Procrastinación

Cualquier buena entrada pudo haber surgido de un momento de procrastinación. Lo cual, no es otra cosa que postergar lo que se tiene o debe hacer; se supone igualmente, que esto se hace en aras de realizar actividades más agradables o llevaderas, lo que querría decir que solo se procastinan obligaciones que nos comportan un desagrado, aquellas cosas que se nos endilgan, pero que deberían hacer otros, e incluso circunstancias relativas a deberes que por alguna razón (válida o no) resultan necesarias por cualquiera de las consabidas metas o logros que supuestamente dan sustento a la vida. Sin embargo, queda preguntarse: ¿Por qué tiene uno que hacer algo?

Aquí cabe cualquier respuesta, justificación o excusa. Es decir, no se deberían hacer aquellas cosas que no nos reporten algún tipo de satisfacción, o en sentido contrario que nos representen desidia o malestar de cualquier naturaleza.

No obstante, seguimos viendo irreparablemente imágenes estúpidas en redes sociales, mal mirando alguna película o buscando entrecruzar el sueño con la realidad, retozar, hacer o estar en pereza.

El culpable tal vez sería el entendido común y socialmente impuesto de lo que se puede, debe o tiene que hacerse. La sociedad transmite de forma muy escueta el bienestar, pero la forma de contraer y trasferir obligaciones ha sido perfeccionada a un nivel ridículo. Y no se trata de un problema de imposición de carácter vertical, tampoco de que las instituciones se hayan construido para cargarnos de muchas y variadas obligaciones, en realidad la carga va en todas las direcciones y es claramente multi e inter disciplinaria, va desde el hombre, el individuo, la persona, hasta la familia, la comunidad, la sociedad, la nación, el Estado y cualquier otra forma de organización, inclusión y exclusión.

A lo que voy, es que no se trata solamente de aquello que esta consignado de manera imperativa y con castigo por parte de los medios de represión institucionalizados, también existe a modo de discurso y de consenso con formas de repudio por parte de los iguales, de los pares, de aquellos que tenemos cerca, como a los verdugos de chisme, y como represores que no empuñan armas en nuestra contra solo porque el aparataje opresor no los deja, porque quizá el sentido básico de solidaridad se ha vuelto tendencioso, porque todo está permeado por la moral, aquella que tiene igualmente discursos bien elaborados convertidos en virtudes condicionadas, puesto que nada puede ser absoluto, tampoco nada puede ser simple, pero la vida se va en los "depende".

Entonces, quedan un montón de interrogantes sobre la validez de aquello que se deja a un lado, que se posterga. De verdad ¿tenemos qué? Supondría alguien medianamente consciente, que en un mundo en donde la libertad es un principio fundante, la concreción de eso no sería otra que individuos que pudieran obrar a sus anchas, sin buscar alternativas, sin dejar de, sin procrastinar. ¿Será?