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viernes, 20 de mayo de 2016

Viernes de falta de paciencia

Qué cosa con los viernes.

Sí, la vida es probablemente una experiencia cíclica, un espiral en el cual las cosas se reflejan unas en otras, en la cual unas cosas hacen homenaje en otras, en que se suceden eventos que con cierto cuidado podrían ser predecidos. Quizá es un mal propio de la consciencia, que no está totalmente establecido entre aquellos que no reaccionan más allá de lo que dicta la inmediatez de sus sentidos, supeditados a la ceguera de nuestros tiempos. Esta vez no se trata solo de un problema de contraste generacional, no soy quien para establecer este tipo de relaciones de desagrado por los actual, de nostalgia por lo pasado. De hecho no recuerdo algún momento en que las cosas hayan sido diametralmente diferente, tan solo una caída hacia el abismo, hacia un fondo previsible, pero no cercano, pero con una distancia creciente en dirección a la salida... Tan lejos.

La paciencia radica en las acciones de los otros. Esos extraños habituados con costumbres tan decibles, tan ciertas y esperables que la paciencia no debería faltar. Existe una explicación a todo lo que hacen, a todo lo que dicen, sus vidas son abarcables, aun cuando estén llenas de energía, alegría. Es un poco la dicha de la inconsciencia, el resultado de los estados inertes, de la poca reacción ante los estímulos del mundo. La seguridad falsa que da existir sin poder ser del todo, por vivir sedado por cuenta de las recompensas que ha enseñado el marco de acción limitado al cual se ha aprendido a entender, a interpretar como parte de sí, la costumbre ciega. La misma estructura de seudo reacción que dice como acontecer, como comportarse ante ese último día de la semana, quizá no se den cuenta, no logren observar lo que causan con otro. Se detesta este día por lo que otros hacen a través del mismo.

¿No?

lunes, 3 de agosto de 2015

El que espera, pues espera

Esto se corresponde bien con la idea de que quien se levanta temprano es ayudado por la divina providencia, porque no basta con que debamos hacer las cosas por nosotros mismos, sino que está bien metida dentro del imaginario colectivo la idea de que existe un poder superior que en principio está ahí para suplir la falta de voluntad de cada cual. Dicho esto, la idea misma no se correspondería a otra cosa que a la justificación, y a la pereza (por supuesto). Después de un largo rato, me he visto abocado nuevamente a hacer uso de este espacio, con el tiempo respirándome en el cuello y mostrándome lo agobiante de la finitud.

El uso de la paciencia podría ser uno de los más complejos tópicos para una disertación del tipo especulativo, porque no podría definirse de una manera que no resulte escueta, o como mínimo conveniente. En principio he usado esta reflexión como pico esgrimido dentro de la cortés forma en que se ha revertido mi tolerancia, o incluso desde un punto de vista un poco más regular y por tanto pusilánime, la ausencia de la misma, como si esta implicara la aceptación completa sin ninguna arista, de este tipo de situaciones. Aceptar, respetar, tolerar, no son exactamente sinónimos, ni implican en momento alguno la anulación del ser, o el simple repudio de la concepción y consciencia individual. Pero no es esta manera en que se pone a prueba mi voluntad, mi tranquilidad y mi capacidad para acallar cualquier pensamiento homicida el que me ocupa actualmente, no, no se trata de eso.

Se trata de la otra forma en que se ve este asunto, en tanto la paciencia es esta virtud de oponerse al malestar mismo que supone el hecho de dejar ser, de permitir que las cosas vayan, aun ante el sobresalto que supone poner algunas cosas al cuidado de otros, funcionar entonces a expensas de ese otro. La otredad es ajena, extraña por definición y eso implica necesariamente perder el control, muchas veces por completo.

Este tipo de circunstancias en las que se consolida la forma de ser, la forma de estar a través del manejo del tiempo, son las que consolidan esa otra forma de paciencia, la que se forja por espera. Existe entonces una manera de ver, de hacer, de contar, de vivir, que implica una agobiante y a la vez nutrida realidad: El ritmo de vida es uno solo, y nuestra percepción acelera o ralentiza las situaciones en atención a múltiples situaciones, que a su vez son también circunstanciales. Y es que entender la realidad es un gesto complejo, un guiño a la materialización de la razón, que seguramente no puede ser del todo realizada, pero que resulta todo una experiencia en hacer al menos alguna que otra aproximación, como seres pensantes y conscientes de la realidad que nos rodea, que nos ahoga a veces, porque el aire es solo una sustancia en la que podemos subsistir, en donde nos es natural existir, pero lo que no implica que no nos rodee, puesto que el espacio a nuestro alrededor tiene algo, muchas cosas, y la resonancia de estas, su reflexión, refracción, frecuencia, es lo que nos permite sentir, incluso el paso del tiempo.

El que espera entonces, generalmente no tiene de otra. Somos dueños únicamente de lo poco o mucho que las restricciones que nos rodean permiten, y la nuestra es la ilusión de la libertad, sometida a leyes tan determinantes y difíciles de romper como la gravedad, e incluso a aquellas de corte social que limitan total o parcialmente el desarrollo de nuestras mentes.

El grado de limitación es proporcional a la consciencia, a la aceptación de la lógica que subyace al límite, incluso porque se nos ha mostrado históricamente que somos débiles, y que hacemos lo que hacemos, para sobrevivir, casi como si toda circunstancia endógena y exógena correspondieran a la naturalización, porque claramente toda evidencia y lógica muestra que el deber ser es constantemente un equivalente del ser, para hallar el primero, de tal suerte que la imaginación usualmente es tan valiosa y constructiva como la corriente generalizada lo permita, y esto aplica a todas las ciencias, a toda disciplina, a todo acto o valor humano.

Esta es una reflexión inacabada, escueta y agobiante. Como todas las importantes.

También aplica:

Paciencia (2008)
Consecuencias
Sólo
Tiempo y espacio
Paciencia (2011)
Martes: Desafío de paciencia
Exaltaciones y Calmas 



martes, 21 de octubre de 2014

Martes: desafío de paciencia

Nada como el medio día para sentarse a escribir... Bueno, en realidad ya estaba sentado desde hace rato, ocupado con las crecientes o constantes cargas laborales, porque siempre habrá algo para hacer, igual que constantemente hay algo que decir, pero como no me atrevo tan a menudo como debería, pues todo se queda en una afirmación con tintes axiomáticos.

Lo primero es hacer un paréntesis de claridad existencial, en cuanto a que mi espacio está colmado en este momento, mezclado, con la sazón oficinística en amalgama con los aliños típicos de la cocina de mi país. En realidad, el olor a comida de los demás me distrae bastante, y tengo la 'fortuna' de trabajar cerca del lugar en que la gente calienta sus almuerzos, y come. Porque mi suerte siempre es de este talante. Aunque la suerte no es tanto por el olor de las comidas, es un poco más por el asunto de las charlas, de esas amenas conversaciones de medio día que supongo, hacen más cómoda cada una de las comidas, porque la palabra es digestiva. Han pasado casi dos horas y aún concurren personas a tomar parte en discusiones variadas, casi todas sobre experiencias personales y sucesos de la cotidianidad, de aquella relativa a la mecánica familiar de cada cual, y de cuando en cuando, las dinámicas del trabajo, porque nada mejor que hablar de lo rutinario para escapar de la rutina.

Algunas personas que me conocen, saben perfectamente que tengo un potente sentido del olfato, acompañado de un no menos efectivo sentido del oído. Escuchar, gustar y oler, son cosas que me agradan y le dan un poco más de experiencia a cada uno de mis días, lo malo es que cada cuanto me encuentro con que huele a rayos, apesta a m', porque como lo he dicho antes, esta ciudad está cagada, sin contar con que varios seres humanos la marcan diariamente a la mejor manera canina; Y en cuanto al ruido ni se diga, hace parte del diario vivir el constante martilleo, los motores, los estallidos, los pitos, las sirenas, la calle está compuesta principalmente por ruido, continuo y desesperante, de aquel que hace que las personas huyan cada vez que pueden, lejos de sus vidas, porque todo se hace a la mala, nada está bien y siempre habrá algo de que quejarse. En todo caso, el volumen del habla de otros también es exagerado, tanto para cualquier conversación de hora de almuerzo como para la exposición más elemental de ideas, al parecer porque los argumentos hacen eco según el tono con que se disparen, por encima de los demás para ratificar su peso.

Creo que he expuesto mi punto, porque a esta hora, ya colmado aquel ejercicio de tolerancia extrema al que me he visto obligado, he tenido que ocupar mis oídos con música a un volumen lo suficientemente alto como para acallar todas esas molestias. La otredad siempre será un asunto que me apasione, aun cuando resista su sola presencia, pero he de empezar a tomar las cosas con mejor y mayor humor, en tanto describo el lascivo comportamiento, la falta de toda cultura y la especificidad del ratón de a pie, que diferente a cada cual gato, solamente se ocupa de estorbar, ensuciar y hacerse odiar, es decir, empezaré a exorcizar ratas, conviertiéndolos de a poco en felinos... Si, claro.

Pido perdón a los ratones y ratas, puesto que no es justo que los compare con los odiosos chibcho-sapiens, pero ni modo, tenía que ilustrar mi punto de alguna manera.

martes, 30 de diciembre de 2008

Paciencia

No se si me haya vuelto menos elocuente, menos conciso, menos reflexivo; he estado dándole vueltas a mis ideas y la verdad es que no encuentro nada que sea lo suficientemente interesante como para escribirlo. Para que pensar, esto no tiene demasiado sentido, a veces es solo cuestión de tiempo antes de que cada cosa acabe manifestándose; la manifestación es una forma propia de las cosas de hacerse notar, por si solas, un evento natural. Todo puede hacerse sin el menor reparo de conciencia, sin la antelación, sin la premeditación de siempre; dejar que...

...que pase, que inicie, que concluya; el punto es que a veces nos hacemos tan conscientes que queremos controlar no solo la acción sino también la reacción. Y la cosa es que no se puede y debe dejarse la angustia, la ansiedad que produce la falta de control; el control es poder y el poder eleva a las personas, los hace tener o sacar lo mejor de si.

Quizá entonces haya que resignarse de buena gana, de esa manera que se desprende de la propia conciencia y no de la negación inconsciente; un proceso racional que lo lleva a uno a desprenderse de la duda y convertirla en curiosidad, que transforma el afán en sabia paciencia.